domingo, 15 de enero de 2006

Los motivos del santo



Para Brazil

Es un viejo tema. Más viejo, con certeza, que esta aseada Vida de Pitágoras de don Porfirio (Gredos, tr. Miguel Periago) donde tropiezo hoy con él:

Y si hay que dar crédito a sus biógrafos, antiguos e importantes, su acción consultora la ejercía, incluso, entre los seres irracionales. En efecto, a la osa de Daunia que importunaba a los lugareños, la capturó, según dicen, y durante un tiempo la amansó, le dio de comer torta de frutos secos y, tras hacerle jurar que ya no atacaría a un ser animado, la dejó libre. Y ya, retirándose a los montes de encinas, no se la vio atacar en absoluto ni tan siquiera a un ser irracional. En Tarento vio a un buey que, en un enorme pastizal, daba cuenta de unas matas de habas; se acercó al pastor y le sugirió que le dijera al buey que respetara las habas. El pastor, bromeando, le respondió que no sabía hablar en la lengua de los bueyes. Se acercó Pitágoras y le susurró al toro, al oído, que no sólo se alejara de las habas en aquel momento, sino que en lo sucesivo no las tocara.

Tras estos prodigios, tan comunes en vidas de santos y héroes, late sin duda una jerarquía, un dominio que implica (como todos) distancia y violencia (al modo de Heracles, domador y asesino de fieras). El hombre vence a la fiera (externa o interna), cocina lo crudo, tira sin pudor de las riendas. No es lo esencial, sin embargo, y quizá no pasa de una pista falsa. Los santos que amansan fieras (Pitágoras, san Francisco) son, por inclinación, contraculturales, hombres entre las fieras, más cercanos a la physis (Natura) que al nómos (Convención). No se imponen a los animales: los convencen, utilizando su propia lengua inhumana, como aquel jovencísimo Potter que habla sin saberlo en pársel con las serpientes del zoo. Para desconcierto de biógrafos, están, en realidad, de parte de las alimañas. Si el Cid acaricia sin temor al león que ha sembrado el terror en su corte es porque él mismo es un león de hombres (y si no tiene nada que temer de él, tampoco gran cosa —compruébese— que reprocharle). Pitágoras, vegetariano imperfecto, emplea el mismo ingenio en amansar fieras que en convencer a los pescadores de que devuelvan sus presas al mar. San Francisco, hermano del lobo, le habla en jerga órfica:

En el hombre existe mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.

Mas el alma simple de la bestia es pura.
(...) ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!

Carne de Baco, santo y lobo se entienden. Apartándose del happy end tradicional, la contradicción (humana) cierra el poema y se pilla los dedos.

5 comentarios:

Joselu dijo...

Interesantísimo el poema de Rubén Darío con su final atípico y que, además, comparto en cuanto a los motivos del lobo. No hay nada más desolador que la domesticación de lo salvaje en que tantos espectáculos nos han aleccionado. Que lo salvaje siga su senda podría ser la enseñanza, pero eso no conviene a la vida del hombre que necesita tener todo bajo control. Cada vez hay más normas, menos excepciones, más adaptación de las "fieras" a la ordenanza de turno. Uno añora tiempos que no conoció en que los hombres eran más singulares que ahora, en que los domesticados somos nosotros. Ya no hay lobos a que vencer o convencer. Ahora somos nosotros los domeñados y sometidos. Hace ya veinticinco años llegué a una Barcelona viva, llena de sabor y libérrima. Era un prodigio de alegría y ganas de hacer cosas. Hoy todo está controlado. Los ciudadanos nos hemos sometido. En lo único que no hay sumisión es en la suciedad, que parece la última escapatoria -deplorable- de los ciudadanos ante el férreo control de las ideas que sufrimos.

Al59 dijo...

Qué gran poeta Darío, ahora que no está de moda reconocerlo. Leyendo tu mensaje, Joselu, me he acordado también de La naranja mecánica, por aquello de que la cura puede ser tan mala como la enfermedad. (Sólo que nadie nace ultraviolento: también esa conducta es resultado de una instrucción pertinaz. Adiestrar a los perros para que muerdan va de la mano con domesticarlos.)

Joselu dijo...

Recuerdo una excepcional película de Samuel Fuller, El perro blanco, en que un perro era adiestrado desde cachorro para atacar a los negros. Luego su reeducación era imposible. Era la enseñanza de la película.

Fernando Peregrín dijo...

Juro por mi honor que la dedicataria es una mujer de bandera. Buen gusto, sí señor, espléndido gusto.

Suerte, amigo.

Al59 dijo...

Mil gracias, Peregrín. No sé si sabrá que don Rubén lo retrató en uno de sus poemas: Guiome por varios senderos / Eros. ¿Hubo, al fin, novia de Nochebuena?