martes, 25 de enero de 2011

Hojas del Facebook caídas


...juguete de blogger son. Facebook es un torbellino: pura fugacidad. A lo mejor no es mala idea ir trayendo aquí algunos de los apuntes que surgen al calor del momento. Ustedes dirán si la fórmula funciona.

*

La distancia entre lo que yo entiendo por poesía y lo que me traen algunos alumnos para que les dé mi opinión es tal que no sé qué decirles. Termino diciendo tonterías, probablemente. Hoy les he sugerido que si no van a darle al verso un ritmo reconocible, prescindan también de la rima. No hay cosa más horrible que una prosa rimada.

*

No diré que me consta que no las hay, pero al menos no me consta que haya reglas válidas para el acierto artístico. Justo al revés: uno va constatando que hay procedimientos que, a pesar de ser comunes, o por eso mismo, (casi) nunca funcionan. Huyendo de ellos, cualquier hallazgo es posible (que no probable).

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Ahora que volvemos a tocar El príncipe de Beukelaer, he vuelto también a comer sus galletas. Leo por ahí que, a su vez, Lu ha vuelto a la fórmula original. Es el signo de los tiempos: el eterno retorno.

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Dicen aquí que 'la creatividad es la celebración de nuestra propia grandeza'. No le pondría pegos a lo de grandeza si no fuera la 'nuestra propia'. Es cierto que el arte produce la sensación de una conexión, aunque sea fugaz, con algo grande. La cuestión es que no es 'nuestro', en el sentido de que podamos contar con ello en todo momento y manejarlo a nuestro gusto. De ahí su gracia.

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Revista de blogs. Leo acá esta historia de Alejandro Sawa:

Vino el duende que era embajador de la Dicha. Yo estaba ocupado en cosas inútiles, pero que me placían momentáneamente...
–Ven luego –le dije.
Y mi vida, desde entonces, ha transcurrido aguardando desesperadamente al emisario, que no se ha vuelto a presentar jamás.

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Relámpagos sueltos. Intentar razonar con un español es tan inútil como tener tos y rascarse los cojones. (Marqués de Cubas Libres). Cuando uno dice que está 'saliendo' con X, en realidad quiere decir que está 'entrando' en ella (Funes).

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Mis muertos no han perdido el sentido del humor. Después de ver Déjame entrar soñé con dos de mis queridos amigos. Se presentaban a una fiesta en un local y me rogaban que les dejase pasar. Consciente de su situación, yo dudaba, pero al final les invitaba a entrar. Al instante siguiente, sin haber cruzado la puerta, los tenía a mi lado. La situación, un tanto tensa, la rompió uno de ellos diciendo: 'Bueno, pues ya nos ves. Aquí estamos, ¡hechos unas momias!'.

domingo, 23 de enero de 2011

La cultura de la muerte


Ya lo sabrán: en uno de esos ciclos de cháchara compulsiva que organizan, a un político ruinoso del PP se le ha escapado la frase, a propósito de los socialistas y su presunta inclinación por el aborto. Pura banalidad. Pero puede que palabras de este tipo nunca se combinen en balde: en cuanto se quedan abiertas, dicen más (y distinto) de lo que se quiso decir con ellas.

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La asociación es vieja. En el Poema de Gilgamesh, Enkidu, creado por los dioses como un hombre salvaje, aprende de una prostituta las maneras de los hombres. Cuando vuelve entre los animales, que habían sido sus compañeros, éstos le huyen: huele a muerte (y no tardará mucho en ganarla). Más cerca cae lo de Freud: el malestar de la cultura como agonía del deseo. O aquello de Lévi-Strauss: lo culto como lo cocido (y antes debidamente cazado, segado, etc.). El fuego (infernal) como entrada a la boca —y al alma.

*

'Cultura de la muerte', pues: pleonasmo. Toda cosecha es una matanza. Es imposible cocinar (y comer, y asimilar) nada que no esté muerto o vaya a perecer en el invento, como las ostras que la Morsa de Carroll invitó a cenar. Otra cosa es que esa muerte sea total. No es materia inerte la que contiene carne o pulpa, y en ella, aunque esté disgregada, energía vital, mana.

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La muerte, por otro lado, no es sólo condición del guiso. También entra en la olla: hay una digestión de la muerte, una muerte que muere (y da vida) encapsulada en sus avatares: personificaciones, imágenes. Sin baile con la Muerte, ésta se vuelve un frío invisible, que se extiende sin testigos. Una torpeza más del positivismo, que nos deja sin nada que decir sobre (contra) ella: esa censura esencial de nuestros días que prohíbe como indecorosa (porque así ha decidido concebirla) la tristeza inmanejable, sin azúcar, del duelo. James Hillman, en su libro sobre el sueño y el inframundo: Without an imagination of death, there is a death of the imagination.

*

La muerte como danza de las transformaciones. Esta canción tradicional inglesa sobre John Barleycorn, cuyas muertes sucesivas, osiríacas, narran en clave cómo, a partir de la muerte de la cebada, se fabrican la cerveza y el whiskey.


viernes, 21 de enero de 2011

Libro de conjuros


Me he dado cuenta, al ir a citarlo, de que ya no tengo este libro, uno de los que más quiero del maestro Agustín. Imagino que lo regalé, o al menos presté, en algún rapto de entusiasmo. Por suerte, en la Red va estando casi todo. También este poema inmejorable que abre el libro.

A ti, negrura del agua,
madre mía, mi reína mora, raíz del mundo
maestra de niños ciegos,
...aqui te conjuro.

De pensamiento vacía
calavera, preñada de algas y escaramujos,
mi luz de mi luna blanca,
aquí te conjuro.

A ti, que nombre no tienes,
yo te nombro, y por ser quien eres y por lo mucho
que con tu falta me llenas,
aquí te conjuro.

Yo mismo, a falta de otro
yo, al que otros le dicen "tú" para hacerlo suyo,
a ti, la que yo no eres
aquí te conjuro.

En tu regazo, y tus pechos
derramando las rosas negras y el vano humo
de letras y letanías
aquí te conjuro.

Para que huyas y vengas
y que acudas y que te vayas, que todo es uno
que te hundas y que amanezcas
aquí te conjuro.

con fuertes nombres vacíos,
ordenando tu miedo mío en dorados números
de lo hondo de mi y del cielo
aquí te conjuro.

y por Poniente y Naciente,
por delante y detrás, por lo alto y lo profundo
y a izquierda y derecha mía
aquí te conjuro.

Eh, madre, aquí te conjuro,
mi verdad y mentira mía, mi propio luto,
luciérnaga de mi noche,
relámpago mudo.

jueves, 20 de enero de 2011

El traje de reptil de la agonía


Ah, si acaso, tal vez, si todavía,
si mañana, tal vez, o sin embargo...
posiblemente sí, me quede largo
el traje de reptil de la agonía.

¡Ah, si siempre, si nunca, si de día,
si en un instante nulo, si el amargo
frescor del horizonte bajo el cargo
de nacer de la luz me desafía!

...Por más inverosímil que pudiera
parecerme después, después de ésa
y otras muchas mañanas, si mañana,

al final me estalló sin que la oyera
una risa espaciosa, una sorpresa,
y un ojo, siempre azul, en la ventana.

(Antonio Hernández Marín, 1995)

miércoles, 19 de enero de 2011

Actualidades


Le tomo prestado el título a aquel viejo tomo del maestro para traer algunos apuntes sobre lo que pasa (o más bien nos arrolla).

*

Murcia, Grecia, el mundo: primero miserabilizas la vida de la peña. Luego, cuando se revuelven, te rasgas las vestiduras: ¡ah, la canalla!

**

Un experimento en marcha: ver hasta dónde se puede dinamitar el estado del bienestar sin que se produzcan protestas violentas de cierta envergadura. Luego, cuando inevitablemente se produzcan, culpar a la canalla (esos que parecían pacíficos contribuyentes y que habrán mostrado, nos dirán, su verdadera cara). Habrá llegado la hora de cauterizar las heridas: dar por concluido el ajuste e incluso retroceder levemente, sabiendo que el mercado laboral habrá quedado ‘flexibilizado’ (precarizado, miserabilizado) de forma irreversible.

***

Leo que, probablemente, el presunto agresor de Murcia salga en libertad sin cargos. Pero la mercancía ‘informativa’ ya se ha vendido, y no se admitirán devoluciones. En lo que se confirma que el hombre no estuvo donde tenía que estar, me tranquiliza comprobar que, en vez de explorar otras vías de investigación, la policía se esfuerza por incriminarle como sea. Sería un crimen dejar que se escape un sospechoso tan prometedor sin sentenciarlo debidamente: «José David Baño Lorente, el drogadicto vago y maleante que agredió a Pedro Alberto Cruz». ¡Hágase justicia!

martes, 18 de enero de 2011

Del amor de las cometas


Hay canciones de Ciento Volando (y no son pocas, ni las peores) que dejamos de tocar al poco de haberlas arreglado, y que no llegamos a grabar nunca. Entre ellas contaba yo ésta de Dani, que ahora sin embargo reaparece en estupenda grabación casera, solas su voz y la guitarra española. La letra, que ha crecido en sorna con los años (atrapado en un recuerdo / más productivo que yo), se publicó en el primer número del fanzine de poesía La Rosa por Defecto, del año 95, así que la composición debe ser un poco anterior (aunque no mucho, si la memoria no me engaña). Así va:



Del amor de las cometas
no nos queda ni el dolor
y están tristes las colinas
de Ciudad.
De los que veníamos siempre
solamente quedo yo,
solamente.

Y sentado en el bordillo
de mi próxima canción
me avecino por la angustia
de no estar
atrapado en un recuerdo
más productivo que yo.
Un recuerdo que me salve
de las cosas que se olvidan;
de la soledad
palpable.

Que el amor que yo te tengo
no sé si lo tengo yo,
que en el sur uno se muere
sin pensar
y dos filas más alante
se sentó un posible amor
ignorante,
que no sabe que le aguardo
y soy capaz
de tomarle las medidas
para alguna otra canción
parecida.

Del amor que nos tuvimos
cada vez me duelo más,
cada vez que cambia el tiempo
por aquí.
Y frecuento los andenes
aunque sé que tiempo atrás
nunca vienes a salvarme
de las cosas que se olvidan,
de la soledad
palpable.

Del amor que se avecina
cuatro filas más allá,
de canción desconocida aún por hacer,
al que aguardo en la colina
sin saber si va llegar
o se pira con sus cosas
y los labios se me esconden,
quizás nunca vuelva a verlos
y no sé cuál es su nombre.

lunes, 17 de enero de 2011

El aula de Juan Poz


Con permiso del interesado, publico aquí un mensaje que me envió hace unos días Juan Poz, bloguero y profesor de los que no quedan (ni hubo nunca abundancia). Pensaba extractarlo, pero Poz no es hombre que escriba una palabra en vano, y al final cualquier intento de resumir abarata y falsea el contenido. Me atrevo, pues, a traerlo tal cual. Lo hago porque constituye la mejor respuesta que uno podría esperar al empeño de El aula encantada. Se trata de la reacción de sus alumnos marroquíes, de un instituto de Barcelona, ante el libro y (sobre todo) ante su planteamiento. Como también les pasó a los míos, lo primero es la incredulidad: ¿de verdad puede interesar a los descreídos profesores españoles una cosa tan musulmana, tan suya? Vencido ese escollo, viene el aluvión: la evidencia de un material tan rico como caótico y contradictorio, cualidades que uno ha aprendido a asociar a lo genuinamente 'popular', sea eso lo que quiera o pueda. No todo es miel: en ese magma aparece también extractada en forma hiriente (especialmente hiriente por lo lograda y sintética: bella, en suma) la misoginia que uno querría considerar accidental o negociable dentro del Islam (acordándose, sobre todo, de aquella hermosa esclava de Las mil y una noches, que sabía sobre el Corán más que ninguno de los talibán que la interrogaban), pero que está, como se ve, clavada en el núcleo de lo islámico actual, en el doble sentido de la palabra: el único Islam que tenemos a nuestro alcance aquí y ahora (aunque quepa recordar o soñar otro).

Mil gracias, Juan. Con un lector así, vamos servidos.


*

Querido Alejandro:

Ya he tenido ocasión de leer vuestro libro en mis clases dedicadas a la lectura en voz alta y la recepción ha sido entusiasta. Así que vieron que el tema era el que es, los de 2º de ESO no pararon de levantar la mano con una insistencia tremenda, porque todos querían contar alguna anécdota de los maléficos seres, como después te detallaré. Lo que más me impresionó fue la aceptación acrítica del personaje y la convicción de no estar hablando de Literatura, sino de la vida real de cada día, pues todos ellos tenían “experiencia directa” de las diabluras o travesuras (o travesuras diabólicas) de los personajes en cuestión. Te transcribo, a continuación, algunas de sus intervenciones:

· Si se le pisa la sombra a un Yin puede matar a quien lo ha hecho.

· Si un leñador corta el árbol donde vive un Yin, éste lo mata.

· Ella (Laraib) ha visto el yin que habita en casa de su tía: es blanco como una sábana. También hay una raya de sangre en el suelo, trazada por el yin. Si se salta, el yin las puede matar. Primero hay que limpiarla muy bien, para poder salir después.

· Iba (Kulwant) en bici con un amigo y éste le dijo que si se cruzaban con un yin tenían que arrojarle 7 piedras, y él decía que no, y, por no hacerlo, tuvo un accidente. Después se cruzó con otro, se bajo de la bici y le tiró las siete piedras, ya no tuvo ningún accidente.

· Los yin tienen miedo al fuego.

· Los “Churel” son los yin femeninos.

· En las casas abandonadas se lee cuatrocientas veces ciertas partes del Corán y se consigue dominar a los yin.

· Si a algún yin le gusta algo y nos lo dice mientras soñamos, se lo hemos de dar.

· Al yin le gusta la sangre de las personas.

· Samia dice que su tía está poseída por un yin y que se contorsiona y saca espuma por la boca, se da golpes y se comporta como una loca.

· Si dentro de la mezquita se molesta a un yin, éste le rompe la pierna a quien lo ha molestado.

· Hay yin que son glotones.

· El yin mata a las chicas que leen el Corán.

· Los yin pueden vivir cien años.

· Los yin pueden tener cara humana.

Como ves, se trata de una relación caótica que refleja con exactitud el modo como se quitaban unos a otros la palabra para decir ellos la última. Con todo, a pesar de tratarse de algo a lo que le conceden una realidad inequívoca, discutieron mucho entre ellos si los yin pueden hacer o dejar de hacer ciertas cosas, pero hasta las chicas estuvieron de acuerdo en la acción homicida del yin contra las chicas que leen el Corán. Tuve la impresión de que había un margen de creación en sus declaraciones sobre los yin que formaba parte de la aceptación tácita de los mismos. Daba gusto verles competir en “invenciones”, a cual más truculenta, para sorprender a sus compañeros, quienes escuchaban con muestras de escepticismo o asentimiento en función de sus propias experiencias.

En fin, te agradezco enormemente el trabajo que has realizado y que tan bien se ha plasmado en un libro cuya dignidad intelectual ya quisieran muchos otros que se publican con bombo, bombín y , como decimos en catalán, rebombori…, esto es, con mucho eco mediático. Aún he de sacarle más partido pedagógico, por supuesto, y durante algunos años, lo leerán todos mis alumnos de ELE. Tan pronto como me encuentre con alguna revelación extraordinaria sobre el asunto, la pondré en tu conocimiento, siquiera sea a titulo anecdótico.

Te deseo un feliz, inspirado y trabajado 2011

Un abrazo.

Juan

domingo, 16 de enero de 2011

Vuelve de la nieve



Primera cosecha de cientovolanderías rescatadas de viejas cassettes. En este caso se trata de un poema del maestro Agustín, el VIII de su libro (a mi gusto) más logrado: Valorio 42 veces. La grabación será del 99, más o menos, con Dani en la flauta y Luli y yo mismo en las voces. Dice así la letra:

Vuelve de la nieve
bufando alegre
nuestro arroyo al bosque
y Valorio tiembla:
¡tantos vencejuelos
y de repente
tantas violetas!

Todo está lo mismo:
los doce chopos
mullen la abrigada
con hoja seca,
y hasta entre las zarzas,
igual que entonces,
¡susto y culebra!

Oh Yosefe, vuelve:
los siete años
no han soplado en balde
por mi cabeza,
y en tus ojos garzos
(¡bendito el vientre!)
dos niños pesan.

Pero ven: hoy que andan
los diablos verdes
desnudando el hombro
a la primavera,
oh ¿quién sabe?: acaso
tras esos chopos
¡dulce sorpresa!:

a unos noviecillos
sorprenderemos
siete años besándose
entre la yerba,
oh Yosefe: aquéllos
que en abrazarse
¡qué torpes eran!

sábado, 15 de enero de 2011

Secretos y fantasmas (redux)


En clase de música andamos con esta pieza, que suena estupendamente para dos guitarras, y el maestro Aníbal me ha sugerido que la desarrolle un poco. Le he hecho caso a medias: la pieza dura lo mismo, pero en vez de repetir la melodía estrena otra sobre los acordes ya expuestos. Nuevos secretos; pero los mismos fantasmas.


jueves, 13 de enero de 2011

Cada tarde trae su enigma


Cada tarde, sí, trae su enigma. Pocos se dejan domeñar. El de esta tarde ha querido prestarse. Traía un aire a medio camino entre las gnossiennes de Satie y ciertas armonías de King Crimson. Una vez traducido a corcheas, se probó todos los timbres hasta hallar el sitar y declararse resuelto. Mentía, sin duda. Pero algo es algo: así suena.



(O quizá de esta otra manera.)


lunes, 10 de enero de 2011

Te es molesto el ocio, Catulo


Los Reyes me han traído un regalito con el que espero ir pasando en estos días a mp3 las muchas cassettes cientovolanderas y asociadas que han sobrevivido hasta hoy. Ha querido el azar que la primera entrega sea ésta: un poema de Catulo, el carmen LI, que interpretamos un grupo de amigos en directo en el Paraninfo de la Complutense en 1993, en un congreso sobre lenguas muertas y agonizantes que se llamó El Cementerio Animado. La música es del amigo Rafa Herrera y cantan Claudia Paz Yanes y él; a las guitarras, Rafa y yo mismo. Así dice el texto en su latín y en la esmerada traducción de Rafa:

Ille mi par esse deo videtur,
ille, si fas est, superare divos,

qui sedens adversus identidem te

spectat et audit


dulce ridentem, misero quod omnis

eripit sensus mihi: nam simul te,

Lesbia, aspexi, nihil est super mi

vocis in ore;


lingua sed torpet, tenuis sub artus
flamma demanat, sonitu suopte
tintinant aures, gemina et teguntur
lumina nocte.


otium, Catulle, tibi molestum est:

otio exsultas nimiumque gestis:

otium et prius reges et beatas

perdidit urbes.


*

Él igual a un dios ante mí parece,
él, si puede ser, que a los dioses gana,
quien sentado ahí, frente a ti, sin pausa
te oye y te mira

mientras dulce ríes, lo cual me arranca,
triste, mis sentidos, pues al momento,
Lesbia, en que te miro, ya no me queda
voz en la boca;

mas mi lengua trábase, tenue llama
corre por mis huesos, con son interno
suenan mis oídos y doble noche
cubre mis ojos.

(Te es molesto el ocio, Catulo, el ocio
hace que te agites y exaltes mucho.
Ya ha perdido el ocio primero a reyes
y urbes felices.)



(La grabación comienza en el segundo verso. Nadie es perfecto.)

domingo, 9 de enero de 2011

El universo tiene un verso cojo


Anoche anduve de versos con David Coll y Carlos por el Café del Espejo, de Madrid. Mis compañeros, fumadores empedernidos, salían de vez en cuando a helarse bajo la lluvia, disfrutando la nueva salubridad. David traía un buen juguete: el esquema de las rimas de las ruibaiyat de Omar Khayyam. Al parecer, en su persa original queda libre el segundo verso y riman en consonante los otros. Como se trata de cuartetas, entre licores y cigarrillos tocábamos a verso por persona, más la coda, que cerraba quien había iniciado el texto. Como todas las improvisaciones, molan más en el momento; pero tienen sus brillos. Aquí van algunas.

Omar Khayyam, guasón, nos guiña el ojo
y un verso flota, ciego, en la escalera.
El universo tiene un verso cojo;
la cuenta del amor siempre está en rojo.

*

El olvido reluce en tu mirada
como un violín de fuego intermitente.
La música reduce la jugada.
Tanto todo, al final, es tanta nada...

*

La noche es una herida interminable.
Bebe la copa de la eternidad
como el encantador devora el sable
de un silencio sin fin, inapagable.

*

Es hora de dormir. Abre las manos
al interior infierno que te nombra.
Monto un circo y me crecen los enanos:
el mismo mar de todos los veranos.

*

No hay día que no traiga la promesa
de un manjar que nos colme sin cebarnos;
que no se marche, negro, sin dejarnos
las manos frías y los dientes largos.

miércoles, 5 de enero de 2011

Esdrújulas


Hablando de Villaespesa señalaba JRJ que las esdrújulas de aquél son las mismas de Guillermo de la Torre: representan lo poético artificioso, gongorino, vacuo. Como suele, acierta. Pero las damas tienen su gracia. El juego con ellas comienza en la poesía popular (¡Por lo finústico, por lo simpático, por lo poético y lo democrático!) y continúa en dos grandes canciones 'cultas': Construcción, de Buarque, y Antípodas, de Krahe. Por mi parte, no estoy libre de contagio: en una ocasión, salíamos de ver a nuestro amigo, el poeta Antonio Hernández, y en el camino de vuelta vinieron a verme estos versos, que se fueron componiendo casi solos en la memoria. No es que valgan gran cosa, pero tienen ese punto hiperbólico. Fluyan:

Alejandrinos cóncavos (convídate a ti mismo)

Me gustan las esdrújulas: son bellas, algo frívolas,
un prodigio dogmático de incierta trinidad.
La sangre me horripila, y el miedo me convence:
en este cáliz sórdido se oculta la verdad.

Con el ocaso salgo cual perro macilento
para lamer tus llagas, agónico inmortal.
Mis cinco dedos trino: son cómputos privados.
Por once o por catorce declino siempre mal.

Ya pleno de tu gracia, crepúsculo potable,
retorno a los columpios, que empiezan a temblar.
Qué soy que nada soy: sin voz un eco incierto,
reflejo de una lámpara fundida sobre el mar.

Cuando no quede nada, nos sobrará de todo:
en un vaso de témpera tu nombre flotará.
Ascienden hasta el cielo, colmados, los columpios.
Cuando la cuerda ceda, tal vez lleguemos ya.


martes, 4 de enero de 2011

Victoria


...Y abrir, por ejemplo, el año con este poema de Emily Dickinson:

El éxito es más dulce
para quien no lo tuvo.
Hacer justicia al néctar
requiere mucha sed.

Entre la hueste púrpura
que hoy alza la bandera
ni uno definiría
tan bien qué es la victoria

como ese moribundo
en cuyo oído sordo
el triunfo ya imposible
suena mortal y claro.


domingo, 26 de diciembre de 2010

Querido diario


Días extraños, felices pero un tanto automáticos. Tengo poco sosiego. El trabajo me ha seguido a las vacaciones y no se deja fulminar en una tarde, ni en dos. Como todos, a veces sueño. Una de estas noches fui a sacar a Leopoldo María de su encierro: yo era su hermano menor. El poeta no estaba preso en un psiquiátrico, sino en una cárcel. Mientras tomábamos una coca-cola, repasamos travesuras infantiles. Antes o después de aquello, pasé una hora muy grata, creo que despierto, con Carlos, y estuvimos recordando otras hazañas, verídicas ellas: cuando grabamos con una lima en la barandilla de la escalera metálica del colegio aquellas iniciales que nos parecían el summum de la rebelión: PSOE, PCE, CNT. Nuestras pintadas eran así: 'Amnistía general'; 'Libertad a los presos antifascistas'; todo rubricado con la A en su círculo mágico, anónima y pentagramática. Sueños heredados, vagamente frentepopulistas. En una de esas, el capo de los fachas del colegio nos hizo comparecer ante él y en presencia de sus matones nos preguntó, muy serio, si éramos cenetistas o faístas. No recuerdo que tuviéramos miedo. Dimos con la respuesta correcta, vete a saber cuál, y ahí se selló un acuerdo de vago respeto mutuo. El enemigo era otro: los profesores. Yo mismo, o sea. Procuraré recordarlo cuando redacte mi próxima amonestación.


jueves, 16 de diciembre de 2010

La Sixtina


Sorpresas. Algunas gratas. Por ejemplo, que en medio de una reunión tediosa alguien te pase una copia de este lindo soneto anónimo.

Si hubieras bien dispuesto la Sixtina
o aquel docto Tractatus homoerótico,
se podría entender que de teórico
o práctico te dieras vaselina;

mas cabiendo tus obras en la fina
superficie de un sello metafórico
y debiendo tu ascenso meteórico
y proverbial caída a una vecina,

¿a qué bramas, ciclán? Más te valiera,
Ciorán de pacotilla, callar hondo
que seguir revolviéndonos las bolas

con tu palabrería siempre huera,
esparciendo tu baba desde el fondo
de reptiles que ocupas y estercolas.

martes, 14 de diciembre de 2010

Adversus atheologos (II)


Dawkins y Hitchens: dos pingüinos perorando sobre el trópico. No ven más allá del hielo. Pedirnos que hablemos de la religión olvidándonos (por resumir) de la antropología, como si ni Lévi-Strauss ni su reverenda madre nos hubieran aclarado cómo se produce el discurso religioso y en qué sentidos funciona, podrá tener su razón estratégica, para levantar un muro contra tales o cuales fundamentalistas, pero fuera de esa confrontación no es de recibo.

Por ejemplo, el mito de la creación en siete días es totalmente desdeñable si lo leemos literalmente, como una explicación de la evolución del universo; pero es un documento inestimable y revelador sobre cómo dividían el tiempo y el espacio quienes lo trujeron. Los mitos nunca hablan sobre lo que parece que hablan: o, mejor dicho, hablan sobre eso (falazmente) y, al mismo tiempo, sobre muchas otras cosas (y sobre esas suelen tener cosas muy interesantes que decir). Es un lenguaje simbólico, en suma. En todas las religiones hay un contraste entre la fe del carbonero, que no entiende lo que cree que cree, y la intuición del poeta o el mitógrafo (que, en tiempos dogmáticos, acaban en la hoguera). Dawkins y cía. reducen la religión a la fe del carbonero. Nada justifica esa trampa.

Religioso, por ejemplo, es también aquel apólogo sobre el mono que desde su árbol, a prudente distancia, acierta a ver cómo unos viajeros se reúnen en torno al fuego y pasan una noche estupenda contándose cuentos. Al día siguiente, lleva la buena nueva a la tribu. Desde entonces, seducidos por la novedad, los monos celebran sus fiestas en torno a un círculo pintado de rojo y mueven los labios con empaque, convencidos de haber alcanzado el summum.

La religión es eso: un ciclo de historias. Algunas tan inteligentes como ésa, que resume de forma inmejorable el problema. La tensión entre la experiencia, válida, y la fórmula que se deriva de ella, mecánica. Con todo, un mono inteligente podría llegar a diagnosticar que el rito es un simulacro, e imaginarse lo que hay detrás, como un antropólogo detecta en la hostia el sucedáneo de un enteógeno.

Lo que deberían aprender los literalistas (y los fanáticos religiosos no son otra cosa) es a leer, a distinguir 'me he puesto morado de pasteles' de 'me he pintado de morado con un pastel'. Pero lo mismo puede decirse de los neopositivistas, empeñados en ponerse las anteojeras de Comte, con lo que ha llovido.

La antropología, en fin, o cierta manera de entenderla, encara el cientificismo como un ismo arquetípico más: Apolo intentando desterrar a Dioniso, en vez de alcanzar una entente provechosa con él (como sucedía en Delfos). Es la historia de Las Bacantes, vaya. Que, por supuesto, no da la razón a ninguna de las partes: un exceso de retención provoca que la vejiga estalle, pero ese estallido no es 'razonable', 'provechoso' o 'justificado'. Simplemente es.

Mi problema con los neopositivistas es el mismo que se me plantea cuando un cristiano me pregunta si creo en Dios o soy ateo. A lo que sólo cabe responder lamentando que quien pregunta no conciba más posibilidades que ésas. Así con estos otros: no me reconozco en su retrato del creyente, pero tampoco, para nada, en el modelo de descreído que me ofrecen.

‎(Reveladoramente, ambas partes están de acuerdo en condenar que algunos nos salgamos del tiesto, nombrándonos paganos, un suponer, o negándonos directamente a nombrarnos de ninguna forma: ésas son las opciones y no hay más, nos dicen. O con nosotros o contra nosotros, al evangélico modo. Lo especular del caso da para meditar.)

No se entienda por lo dicho que uno arremete contra la ciencia, es decir, contra el método científico, como quien se da de cabezazos contra la pared. Otra cosa es estar, decididamente, en contra del cientificismo, entendido como una pretensión de dar por zanjadas cuestiones que no han sido abordadas ni adecuada ni íntegramente (así, al analizar como 'religión' sólo lo que nos conviene considerar, tácticamente, como tal). Es como si alguien me viene con la buena nueva de que la literatura no es más que palabras y las historias a las que tanto tiempo hemos dedicado y dedicaremos usted y yo, querido lector, son 'sólo' ficción. Lo cual, si se quiere ver así, es totalmente cierto; pero considerado como 'todo lo que hay que saber sobre el tema' o 'lo único decisivo' sobre el mismo constituye una engañifa monumental.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Secretos y fantasmas


Otra pieza, ésta recién hecha de cabeza (doble) a pies, compuesta y arreglada en el mismo día. La trompa va comentando la melodía del violín, y el piano, muy suyo, dibuja los acordes. Vamos sin prisa, pero aquí al lado: aunque todo se repite una vez, el invento completo no llega al minuto.




*


Edito: en esta nueva mezcla se aprecia mejor la segunda melodía, con fagot. Resulta que la trompa es monofónica, y parte de la armonía no llegaba a sonar.




lunes, 6 de diciembre de 2010

Qué profunda distancia (instrumental)


En el último concierto de Ciento Volando, Luli rescató por sorpresa, en los bises, esta vieja canción, una de las que solíamos tocar por el 92 o así. No he podido parar hoy hasta sacar la partitura (no sin dificultad: la melodía tiene un ritmo extrañísimo) y exponer la pieza a todo tipo de maldades. Así suena la versión instrumental 2010, para trombón, coro y cello. (Como GoEar anda tonto, no me queda otra que subirla a megaupload. Espero que funcione.)

*

Actualizo: si Megaupload se pone tarasca, aquí está Rapidshare, al rescate.

*

Resucitó GoEar. Hela.




*

Y aún diría más (o menos).


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Close to the Edge (pero a cierta distancia)


En las corrientes artísticas que más valoro, que me han nutrido, hay una proximidad indudable a la religión. Así el surrealismo, el simbolismo y el abuelo de ambos, el romanticismo; así la psicodelia y, en fin, cualquier meandro o máscara del paganismo, tal como lo hemos soñado retrospectiva y algo improbablemente los que no lo vivimos. Sin religión (o sin eso que la religión pretende domesticar, pero a pesar de todo vehicula en cierta medida), no tendríamos la música de Bach, pero tampoco Tomorrow Never Knows o Close to the Edge.

Sin embargo, tan importante como el hecho de que estén próximas lo es que son distintas, distantes de cualquier dogma o jerarquía; inconciliables, de hecho. Frente a la promesa de otro mundo después, a mí sólo me importa el otro mundo aquí y ahora: el lugar donde las lindes se desdibujan.

Ese otro mundo, en fin, es extraño pero cotidiano también: lo atravesamos cada noche en sueños, y la mitocrítica nos ha enseñado hasta qué punto el desarrollo de la literatura y el pensamiento es otro nombre del baile de los dioses muchos. Arquetipos y sensaciones numinosas son hechos, no proposiciones de fe.

[Hay un libro del joven Savater, La piedad apasionada, que explica de manera inmejorable estas cuestiones. Leo que el autor no simpatiza mucho con aquellas diatribas neopaganas de sus comienzos, pero lo cierto es que no ha escrito nada mejor. Yo se las agradezco, igualmente.]


lunes, 29 de noviembre de 2010

El ojo en blanco


No 'acumulamos' saber. Tampoco lo archivamos ordenadamente. Lo que leímos o meditamos va cristalizando con el tiempo, volviéndose maleable, permeable, impuro, a fuerza de olvido y formando aleaciones insólitas. La mayor parte desaparece, aunque nunca del todo: quedan las trazas de los datos perdidos, sus patrones, alguna sensación asociada a lo que ya no recordamos, como un vínculo en rojo.

Leí a Jean Baudrillard hace tiempo. Es uno de esos filósofos franceses modernos, sofisticados y un punto impostores, o al menos sospechosos de alta palabrería. A mí me gustó. Se hizo famoso con aquel libro, La guerra del golfo no ha tenido lugar, o cosa parecida; pero yo leí otro anterior, sobre el azar y el sentido. Con el tiempo, lo que retuve y metabolicé viene a ser esto: el sentido es algo frágil, una suerte de calidez animal que tiende a perderse, y que es necesario arropar. Nuestra vida es una lucha con el absurdo, la trivialidad, el frío.

El texto enlaza con otra enseñanza, ésta del maestro Agustín: lo que vive es exterior y previo a su traducción a ideas; o al revés, que igual da: las ideas a las que tenemos que reducir lo que sentimos, recordamos, vemos, son previas y externas a la vivencia, prejuicios más o menos rígidos, corsés. Traducir a ese idioma, expresarnos en él, es matar.

Lo que Baudrillard (o lo que queda de él en mi memoria) llama pérdida del sentido y esa mortificación de la que habla Agustín vienen a ser, al menos para mí, lo mismo. Lo pienso ahora corrigiendo trabajos de mis alumnos. Algunos, los menos, son vivaces, hay en ellos chispa, sorpresa. La inmensa mayoría son mecánicos: la Red facilita de tal modo el cortapega que es complicado que los chavales conciban otra manera de hacer las cosas que ir a Wikipedia o al Rincón del Vago, hallar algo que se parezca más o menos al enunciado y regurgitarlo.

Por supuesto, uno intenta luchar contra esta tendencia: les indico, un suponer, que no deben reproducir ningún discurso sin citarlo adecuadamente, y que deben tomar el discurso ajeno sólo como un punto de partida; en el peor de los casos, parafrasearlo con sus propias palabras. Impongo un mínimo de tres fuentes consultadas, distintas, que deben consignar, y cuyos datos deben contrastar. Pero me cuesta un mundo que atiendan esas consignas; que entiendan, siquiera y mejor dicho, a qué vienen: es como si luchara contra una fuerza exterior poderosísima, intentando levantar con el dedo meñique un paquete de 100 kilos. En mi cosmogonía esto es, también, lo que la Weil llamaba la gravedad: la tendencia de lo trivial, lo descafeinado, a repetirse una y otra vez, a producir simulacros de lo vivaz o verdadero; y la pérdida del gusto que acompaña el fenómeno, permitiéndonos aceptar esos sucedáneos como lo normal y suficiente.

Vive dios que no se trata principalmente, aunque sea una cuestión vecina, de despertar en los alumnos la pasión por la excelencia o su hijo menor, el trabajo bien hecho. Es otra cosa: uno querría despertar en ellos el olfato que permite distinguir lo que está vivo, la pasión por lo que no está dicho, por lo que aún podría, quizá, hacer algo (emocionar, sorprender, inducirnos a dejarnos hablar en respuesta).

Es cierto que los ojos del profesor, del adulto, los míos en fin, son fríos. Quizá en estos trabajos que presentan dos o tres párrafos mal casados tomados de otras tantas páginas webs, el alumno haya encontrado después de todo algún alimento. Pero lo dudo: mi instinto me dice que ése es el camino de la resignación, el intentar dar por bueno lo que no lo es, porque no parece que vaya a haber alternativa.

Sigo en lucha, entonces, pensando planteamientos que se lo pongan difícil al adocenamiento del cortapega. Es fácil, en cierto modo, por el lado técnico: basta, con ejemplo, con no pedir resúmenes de una novela, sino un trabajo sobre cualquier aspecto lingüístico de la misma. Estudiar, por ejemplo, diez páginas: buscar en ellos los adjetivos y sustantivos que describen a los protagonistas y agruparlos de diversas formas. ¿Cuáles reaparecen en distintos personajes? ¿Son cualidades momentáneas o permanentes de éstos? ¿Cómo se agrupan por semejanza y contraste?

En fin: no se me escapa el repelús técnico de este tipo de planteamientos. También son fríos, tampoco son 'la cosa'. Pero al menos son fríos de otra manera: como aquel volatinero de Nietszche que o se caía o andaba, no admiten la simulación, el como si. Se trata, realmente, de *hacer* algo, con mayor o menor pericia.

Seguiré, en fin, dándole vueltas. Y agradecería muchísimo, esta vez más que nunca, los comentarios de los que tengáis la audacia y la paciencia de trabajar como profesores, o aún tengáis fresca la experiencia de ser alumnos y aburriros a muerte (y aburrir, quizá, a vuestros profesores), soñando de rechazo con otra manera de hacer las cosas, que es la que ahora nos interesa. ¿Os animaríais a aconsejarme?

sábado, 20 de noviembre de 2010

Escenas de niños


De niños, lo soñado es lo vivido
(quizás en otra octava) y todo es amplio
y al mismo tiempo íntimo: no sabes
si vuelves a tu casa o si tu casa
se vuelve a hacer visible. Tus amigos
provienen con certeza de otro mundo
y son como demonios familiares
que acuden y se van con flor de hechizo.
Tus padres, esos reyes tan solemnes,
esconden un bufón que te asesina,
romántico, a cosquillas. La desgracia
es sólo una muñeca polvorienta,
probablemente ajena. Siete y once
no saben todavía que son primos
y juegan a quererse. De pequeños,
el mundo es como el bosque; tú, la fiera
que no sabe por quién doblan los cuentos.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

El Aula Encantada, en Radio Navalmoral

(Ilustración de Alberto Villullas Pulido para El aula encantada.)

El jueves pasado, día 11 de noviembre, estuvimos en Radio Navalmoral tres de los alumnos marroquíes que han participado en el libro El aula encantada (Imane Gabli, Imad Barka y Ouiam Sanif) y yo. Fue visto y no visto, sin preparar la entrevista ni nada, pero ha quedado bastante bien. Mil gracias a Rosa Bautista, por invitarnos y hablar a menudo del libro en su programa. Si os apetece escucharlo, helo.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Fechas frescas


La muerte no, pero sin duda el miedo
besándonos a punta de navaja
y dándose a la fuga por el tiempo.
Hemos amado tanto lo imposible
que no nos cuesta hacernos a la idea
de que un día seremos una hipótesis
sin datos suficientes, un espejo
que ha vuelto su mirada para adentro.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Noticias de Antonio

Antonio Hernández, que mucha gozosa guerra nos siga dando, puede decir de su obra lo que Cirlot de Osiris: también él se repartió generosamente, en este caso entre sus muchos amigos. Antes de Internet, fue uno de los pocos que seguían escribiendo cartas con asiduidad (si no a diario, yo apostaría que casi todas las semanas), y cada una de ellas traía, además de noticias suyas, muestras de sus innumerables empeños: meditaciones sobre ciencia, poesía, política o emblemática, narraciones, poemas, diálogos.

Me escribe hoy, dándome un alegrón, un amigo de Antonio al que no conocía. Me recuerda, con muy buen criterio, cuánto amaba Antonio este mes, asociado al dios Sokari y a los senderos de los muertos; y me hace llegar este poema jeroglífico que nuestro amigo escribió por el año 94, en que publicó un artículo memorable sobre el círculo de oro de Uresh-Nefer.

El poema es un ejemplo extremo de la influencia de la escritura jeroglífica sobre la letra de Antonio: nos recuerda que sus invenciones, para los que las conocimos así, son indisociables tanto de su voz como de su forma peculiarísima de trazar las letras. Cualquier edición futura que se haga de su obra tendría que tener en cuenta este hecho, incorporando, si no imagen de todos sus textos manuscritos, al menos una muestra generosa que recoja todos los casos notables, como éste. (Sucede algo parecido, por cierto, con García Lorca: aunque, por desgracia, no ha emergido de momento ninguna muestra de su voz, que todos los que le conocieron coinciden en considerar inolvidable.)

Desde aquí, un gran abrazo para todos los amigos de Antonio: tanto los que le conocisteis en vida como los que le habéis seguido a través de lo que vamos publicando de él en este u otros medios. Y gracias a él por seguir, ahora como siempre, sorprendiéndome.

*

Actualizo: ahora haciendo click en la imagen se accede a una versión más grande. De todas formas, por si acaso, el texto dice así:

Señor, ¡qué grandes son las obras de tus manos!
¡Que por la eternidad te alaben tus criaturas!
¡Su número proclaman las estrellas!
Tu Belleza y tu Luz duran por siempre.
Has suspendido el Cielo Superior
y revelas en él la gloria de Tus pasos.
Del sueño de la tumba sacas la luz del día
y de noche iluminas a los inertes.
Los Tres Cielos recorres en un instante:
las Horas te obedecen cuando caminas.
Tú guías a las almas en los sarcófagos
y en el Valle de arena los reconfortas.
Los misterios abriste para los simples
y a los pequeños diste toda la herencia.
Tu luz radie en la frente de tu hijo Ornosofre
mientras rueden las Horas de su reloj de piedra.
Que coma el alimento que sacia a los Espíritus:
el trigo y la cebada que brotan de tu cuerpo.
Los Ancianos le abran el Horizonte.
Su gloria corra en pos de su descendencia.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Marcha de las gitanillas


Cada día trae su regalo. Ésta es la hora de los percusionistas: estaban al fondo de la orquesta encantada, aburridísimos, cuando vieron que se arrancaban el fliscorno y la tuba y decidieron sumarse a la fiesta. La tonada, brevísima, nació con letra, irreproducible; y un tonillo cantábile sí que le queda. Ahí vamos: una marcha paramilitar para muchachas de dedos ligeros.

*

Actualizo: de las gitanillas, dije, pero no sabía por qué. Ahora lo sé: el ritmo va por peteneras.



viernes, 5 de noviembre de 2010

Suspendidos


Los ingleses tienen esa expresión, entre el diablo y el profundo mar azul, que mejora la nuestra, ya excelente (entre la espada y la pared). Imagino que el dicho inglés alude a esa historia tradicional (yo la conozco como romance) en la que un marino naufraga y, cuando está a punto de morir ahogado, recibe la visita del Diablo, que le tiende la mano a cambio de su alma:

Voces daba el marinero,
voces daba que se ahogaba.
Le respondiera el demonio
del otro lado del agua:
—¿Cuánto diera el marinero
a quien lo saque del agua?
—Yo daría mis navíos
cargaditos de oro y plata.
—Yo no quiero tus navíos
ni tu oro, ni tu plata,
que quiero que cuando mueras
a mí me entregues el alma.

Me he acordado del dicho y la canción leyendo un libro estupendo de Walter Burkert, Cultos mistéricos antiguos. Lo compré hace ya tiempo, pero cometí el error de consultarlo para ver si hablaba de dos o tres cosas puntuales que me interesaban (y sobre las cuales no dice mucho). En realidad, la fuerza del libro está en el planteamiento, en la capacidad para Burkert para mirar los datos con ojos nuevos. Los Misterios, nos dice, duraron porque funcionaban. Funcionaban aquí, por supuesto: por mucho que algunos de ellos prometieran un trato de favor en el Más Allá, ese trato estaba aquí y ahora, en este mundo, como imaginación o esperanza, y quizá era más un despeje de miedos, de imaginaciones lúgubres, que una fe propiamente dicha. Importa, en fin, la experiencia, la alegría de vivir y el sentimiento de hermandad entre los iniciados que producían tan sacros eventos.

El capítulo II del libro se abre con una consideración memorable: la religión, nos dice, fue conocimiento de la realidad última en épocas dogmáticas; en el siglo XIX era ya arqueología del imaginario, historia de las ideas; para nosotros, en fin, 'los modernos', ha terminado siendo una ficción, la construcción voluntariosa de un significado donde sólo hay vacío, absurdo. Estamos, nos dice Burkert, «suspendidos entre el nihilismo y la lingüística». Supongo que el nihilismo es el mar, la pared; y la lingüística el diablo, con su espada o tridente. Pero podría equivocarme. ¿Cómo lo ven ustedes, queridos lectores?


jueves, 4 de noviembre de 2010

No hay dos días iguales (y todos los días, igual)


Leyendo:

Marx pensaba que la modernidad era una excitante historia de emancipación humana y desastre total. Si hay una buena razón para ser marxista, es precisamente porque no muchas otras personas hoy en día cuentan estas dos historias al mismo tiempo; o cuentan una o cuentan otra

(Terry Eagleton, Terror sagrado. La cultura del terror en la historia, p. 47).

Muy cierto; aunque creo que Vargas Llosa, liberal, también suscribiría esa visión contradictoria de 'la modernidad'. Su último libro, sobre los desmanes cometidos durante el colonialismo, es un ejemplo de que, contra lo que predican interesadamente algunos, nunca es tarde para revivir atrocidades, o lo que es lo mismo, resistirse al olvido interesado de tanto dolor y afrenta.

Esta consideracion digamos dialéctica de las cosas como contradictorias puede estar en Marx, como dice Eagleton, pero no abunda entre los marxistas o cualquier otro tipo de doctrinarios. En España vivimos un caso ya caricaturesco, en que se sataniza o blanquea la mercancía según venga del bando psoísta o ppopular, sin el menor escrúpulo.

La visión simultánea de dos cualidades contrarias en el mismo objeto o fenómeno tampoco es común en Platón, por ejemplo. En cambio, a Heráclito sí le debemos muchas observaciones en este sentido. Quizá no sobre recordar algunas, a ver si contribuyen a despertar a la peña de su exceso de certidumbre. Cito la versión de García Calvo (GC), pero indico también la ordenación de los fragmentos en la edición más conocida, de Diels-Kranz

Es el todo divisible / indivisible, génito / ingénito, mortal / inmortal, razonamiento / eternidad, padre / hijo (fr. 47 GC, 50 D-K).

El dios, día / noche, invierno / verano, guerra / paz, hartura / hambre: todos los contrarios juntos, ése es el pensamiento. (fr. 48 GC, 67 D-K).

Para el dios, hermosas todas las cosas y buenas y justas: pero los hombres tienen las unas concebidas como injustas, las otras como justas. (fr. 52 1º GC, 102 D-K).

Que bueno y malo son una y la misma cosa. (fr. 52 bis, 58 1ª D-K).

La mar, agua la más pura y la más sucia: para los peces, potable y salubre; para los hombres, imbebible y mortífera. (fr. 53 GC, 61 D-K).

Camino arriba, camino abajo, uno solo y el mismo. (fr. 60 GC, 60 D-K)

sábado, 30 de octubre de 2010

Historias del teléfono (IV)


Cuando me aburro, suelo descolgar el teléfono, marcar un número al azar y sentarme a escuchar insultos. A veces, como ahora, ni siquiera hace falta marcar el número. Las tormentas solares del verano barren, con sus ejércitos de electrones hambrientos, la circulación ordenada de nuestras comunicaciones terrestres. Las líneas hablan y gritan solas. Y el ruido de la batalla oscurece cualquier intento de diálogo coherente. Todo se vuelve loco y extraño.
Al descolgar, comienza a oírse alguna voz airada entre el fragor de los electrones:
—¿Sabes lo que te digo, hijoputa...?
Es la voz de una mujer aún joven y ya experimentada. Respondo:
—Dilo. Estás deseando.
Y ella grita como respuesta; y el estrépito vuela hasta confundirse con el bramido del Sol en erupción. Cuando la línea se recobra, añado:
—Nunca me han impresionado tus gritos.
—¿Sabes lo que te digo, hijoputa? ¡Pues que eres un hijoputa!
—Buena demostración...
—¿Ah, sí...? Pues me vas a...

Los electrones vuelven al ataque y su voz se pierde junto a otras voces secundarias. Viene sonando, entre las interrupciones, la voz de un hombre, de tono tranquilo, que llama, sin desesperarse, a Elisa. Al final, la voz del hombre prevalece y llegamos a un claro, en medio de un bosque de ondas retorcidas, mientras una voz lejana de mujer suena de vez en cuando llamando a Alberto, acompañada por un coro de risas y de gritos. Cuando puedo, reconozco, en la voz del hombre que llama a Elisa, el tono de voz de mi amigo Alfredo, perdido hace más de veinte años. Exclamo:
—¡Alfredo...!
Y él:
—Por fin. Te oigo fatal, pero vuelvo a oírte.
—¿Qué tal estás? ¡Cuánto tiempo...!
—Estoy bien. Pero aquí puedes eternizarte. Llevo, por lo menos, quince minutos esperando que la línea se aclare un poco mientras te oigo llamarme a lo lejos. Y, ahora, me parece como si no fuese tu voz. Con este ruido de fondo es imposible...
—Yo te oigo perfectamente, como en nuestros mejores tiempos.
—Sabes que soy un sentimental.
—A mí me ocurre lo mismo —le aseguro—. ¿Qué tal sigues...?
—Se me va la línea de vez en cuando, pero te oigo. ¿Qué me estabas diciendo de esos problemas antes de que un caradura se metiera por medio...?
—No comprendo.
—Antes de que la comunicación fallara entre nosotros.
—Pero eso fue hace muchos años... Una serie de errores de la vida...
—No me refiero a eso. Mejor, habláme de ese conflicto tuyo. No me digas ahora que tienes problemas sicológicos. Si es como justificación, no me sirve.
—Pareces haberme leído el pensamiento. Siempre me has conocido bien.
—A estas alturas... –Lo dice con un poco de ironía— ¿Qué problemas hay?
—Es que soy psicoléptico.
—¿Cómo...? No te oigo bien. ¿Has dicho Psicolepsia...?
—Así es.
—No veo ningún problema. ¿Qué te ocurre...?
—Es que me vienen presentimientos.
—Y a mí; y cualquiera. No hay que darles importancia.
—Es que a mí se me cumplen.
—Pero eso es normal si tienes Psicolepsia...
—Es que también soy epinoico.
—¿Cómo...? ¿Quieres decir que estás epinoica...?

Suenan ráfagas de electrones furiosos; entremedias, se oye la voz de una mujer desesperada, que llama a Alberto, perseguida por un coro de risas. La línea logra recuperarse. Antes de que pueda responderle, vuelve a sonar la voz de mi amigo:
—No conocía esa enfermedad. ¿Es la manía persecutoria...?
—Al revés: es el instinto de fuga. A los epinoicos nos da sólo por huir.
—Y tú, ¿de quién huyes...?
—Huyo de mi psiquiatra. Dice que no le pago y se propone extorsionarme.
—Creo que exageras. Un psiquiatra nunca es como un dentista.
—Es que también me persigue el dentista.
—Oye, la epinoia es una enfermedad muy delicada...
—Lo sé... También tengo algo de Parafrenia.
—Me lo temía... Pero eso es grave...
—¡Qué va...! Si no es más que una enfermedad cultural...
—¡Ah...!
—Es una enfermedad antropol—l—l—ógica, un estado cultural determinado, con sus rituales, sus comidas...
—Pero, ¿dónde está la enfermedad...?
—Piensa que practicamos la Antropofagia...
—No creo que sea ninguna enfermedad.
—¿Lo ves...?
—Sólo creo que es un caso de mal gusto.
—Pero eso lo dices dentro de tus esquemas culturales –me apasiono—. Hay otros esquemas. No puedes hablar por un parafrénico.
—Preferiría no hacerlo.
—Bah... Prejuicios.
—Mira, querida, a mí no me importa si te comes a...

Pero la línea se inunda de murmullos de risas electrónicas inoportunas y de voces de mujer, que siguen llamando a gritos. Respondo:

—¿Por qué has dicho querida...? Alfredo, sólo soy yo..., tu amigo.

Y él, con brusquedad:

—Oiga, ¿quién es Vd? ¿Qué está haciendo aquí?
—Lo mismo que Vd. Estoy hablando.

Vuelve a cortarse la comunicación entre la marea solar y las voces, cada vez más cercanas, de una mujer que, al fin, parece llegar a puerto. Y se la oye claramente decir:
—Querido, ¿eres tú...?

Y la misma voz de mi amigo contesta en un suspiro de alivio:
—¿Me oyes ahora, Elisa...?

Y ella, con un suspiro gemelo:
—¿Alberto...?
—Sí, soy Alberto –confirma la voz que creía de Alfredo—. Es que acaba de meterse un gracioso por medio y volví a perder la comunicación. Pero sólo ha durado un par de segundos. Ahora te oigo con tu voz de siempre.
—A mí me viene pasando igual con ese tipo. Estoy convencida de que me persigue, de que va a por mí y quiere destruirme.
—No lo plantees así. No puedes seguir con esa obsesión por huir de todo.
—Es que me asalta a diario. Además de imbécil, es idiota.
—Probablemente.

Entonces, yo, que sigo oyéndolos en la bruma electrónica, intervengo por si acaso y digo cualquier cosa como:
Los idiotas serán perseguiiidooos...
Y estalla un coro de insultos. Los dos se descargan a dúo contra mí y me llaman psicópata, terrorista y gilipollas. Después, siguen hablando, convencidos de haberme echado. Él toma la palabra:

—No me habías dicho antes que estabas epinoica...
—¿Para qué...? No quería que me huyeras...
—Se supone que tendrías que ser tú la que saliese huyendo.
—¿Por qué...? Yo nunca pensé en dejarte. Fue por la enfermedad.
—Pero, vamos a ver: ¿La Epinoia es instinto de fuga o no...?
—Qué va, querido... La Epinoia es..., no sé..., es lo mismo que los presentimientos.
—Acabo de decirte que todos tenemos presentimientos.
—Pero a mí me perseguía el presentimiento de que nuestro matrimonio acabaría mal.
—Eso es obsesión, Elisa.
—Qué va, Alberto: es Epinoia.
—Yo no le veo ningún problema siempre que no te lo tomes en serio. Todo el mundo tiene presentimientos...
—Eso es verdad... Pero es que soy, también, paraléptica.
—¿Y qué...? La Paralepsia es algo físico, digo yo..., y no algo imaginario.
—Claro: al menos, te revuelcas por el suelo hasta romper las baldosas, echando espumas amarillas y gritando auggrrr...
—Pues, en fin... Mientras no haya fotógrafos, no pasa nada. Lo malo de nuestra profesión es hacerse famoso. Como periodista, prefiero que hablen mal sólo de los demás.
—Gracias, Alberto, por comprenderme así.
—No te oigo, con este ruido. Elisa, ¿sigues ahí...?
—¡Alberto...!
—Mira, Elisa, que me vas a poner sentimental.
—Pues yo estoy casi llorando...
—Vamos a cambiar de tema. Te veo estupendamente.
—Y yo también a ti.
—Hemos perdido algunos años. Pero los vamos a recuperar todos. Anda y no llores así.
—Si no lloro... ¿Cómo habré sido tan tonta...?
—No hay que culpabilizarse nunca, recuérdalo. Y no pienses que te ocurre nada. Ni aunque estuvieses katafrénica, si he dicho bien, je, je...
—¿Quieres decir frenotrófica...?
—Es posible. ¿Por qué...?
—Porque la Frenotrofia no es una enfermedad...
—¿Qué es...?
—Es una actitudd cultural—l—l mal entendida.
—¡Ah...!
—Es una posición antropol—l—ógica respecto a los sistemas culturales.
—Sí, ya lo sé... No le demos más vueltas. Es lo de la Antropofagia. No lo disfraces ahora.
—Pero si no lo estoy disfrazando: eres tú el que no entiende. Deja, por un momento, tus posiciones culturales. La Antropofagia no es la enfermedad.
—Te he dicho ya que te comprendo en eso.
—La Antropofagia es, precisamente, la curación.
—La curación, ¿de qué...?
—De la Frenotrofia, querido. No me entiendes.
—Olvídalo. ¿Cómo lo hacéis...?
—Se trata de comidas rituales, ¿comprendes...?
—Creo que sí.
—Nos reunimos en un gran hotel. Somos veinte más los dos antropólogos.
—Entre tantos, no tocaréis a mucho.
—Pero los dos antropólogos no ingieren. Sólo dirigen el sacrificio.
—¿Y a quién os coméis...?
—De entrada, que—ri—do, sólo comemos hombres para no perjudicar a la especie.
—¿Y se dejan?
—Claro que sí. Casi siempre son aborígenes, que vienen, incluso, desde Australia con tal de defender su cultura.
—Qué dulce...
—Desde luego, los antropólogos les han enseñado todo lo que saben. Antes, ni siquiera distinguían entre lo crudo y lo cocido.
—¿Se los comían crudos...?
—Ja, ja... Y yo qué sé... Lo mismo eran tan salvajes que ni siquiera se los comían...
—Qué inconscientes...
—Los antropólogos les han enseñado incluso a sentarse. Y a calcular los primos y las primas colaterales mediante un código algebraico. Imagina que, antes de los antropólogos, los primitivos eran capaces de sentarse frente a una prima de tercera generación por vía paterna viéndole la raja, ja, ja, ja, y sin que nadie protestara.
—Absurdo.
—¿Alberto...? ¿Alberto...? No puedo oírte con este ruido. ¿Qué habías dicho...?
—Quiero decir que, si los antropólogos les hubieran enseñado a ellas a vestirse, se habrían ahorrado las clases de matemáticas.
—Pero eso lo dices por tus esquemas occidentales.
—Es posible.
—Así nunca vas a lograr integrarte en la cultura del futuro, Alberto. Tienes que abrirte y participar un poco más.
—Si te refieres a comer de lo mismo, ya sabes... Creo que no me gustaría.
—Pero eso es normal... Hay unos buenos antivomitivos. Algunos órganos producen reparos..., imagínate...
—No sigas hablando...
—¿Por qué...? Tenemos hoy un éxito que nunca pudimos esperar. Piensa nada más que, cuando fuimos a celebrar un banquete al que el aborigen no pudo acudir por haber quedado en la aduana confundido con un salvaje, ¡convencimos culturalmente al electricista del hotel para que lo supliera!
—No me lo explico...
—Siempre por esos malditos esquemas. ¡Si hubieras oído hablarle a los dos antropólogos del grupo...! El electricista no pudo resistirse o habría quedado en ridículo, ¿comprendes ahora...?
—Sí.
—Por fin. Lo que tienes que hacer es probar por ti mismo y decidir. Ya lo verás...
—No sé, no sé...
—Hasta podríamos comernos al conserje del hotel, nosotros dos solos, ¿eh...?
—Pero yo no estoy frenotrófico, Elisa...
—¿Y qué...? Tampoco yo lo estaba...
—Es que no me imagino comiéndome al fontanero.
—Si es por eso, no te preocupes. Antes de sacrificarlos, los antropólogos les ordenan seriamente depilarse y cortarse las uñas de los pies.
—Aún así, no me abre el apetito... Preferiría comerme a la secretaria del hotel.
—¡Eso es machismo y desenfreno! Mira, Alberto, no vuelvas otra vez por ahí...
—Ya, ya...
—¿Me oyes...? ¡Alberto...!
—Sí, sí. Te sigo oyendo pese a la interferencia.
—Tienes que abrir un poco más tus planteamientos cultural—l—les...
—Y, a todo esto, ¿qué sabe la Policía de vosotros...?
—¿La Policía...? Como los aborígenes, los policías son las personas más sensibles ante la cultura y la conducta como vectores de sistematización social—l—l.
—Cómo no lo había pensado... ¿Es que os habéis comido alguno...?
—Bah..., casi nada... Pero los antropólogos no tuvieron que hacer ningún esfuerzo para convencerlos: ya estaban convencidos. Y no digamos los pol—l—líticos...
—¿Sabes, Elisa...?: prefiero estar siempre de tu parte y no en contra..., je, je...
—No exageres, je, je...
—¿Hasta dónde te propones llegar con tus banquetes...?
—¡Uy...! Ja, ja, ja...

Pero yo, entonces, considero que es el momento oportuno de las aclaraciones, de interrumpir el contrapunto de estas dos voces de caramelo y de contestar con una frase cualquiera como:
Hmmmm... Dentro de poco os meteré en mi olla...

Y me insultan enrojecidos, entre descargas, y me llaman petromínido, genocida y epizote. Comienzo a sentirme un poco molesto.
Cuelgo con hastío; pero, aunque sé que no tienen realidad y no son sino apariencias agitadas por las tormentas solares, los sigo oyendo:

—Creo que ha colgado ya.
—No puedo más con ese tío asqueroso.
—Olvídalo de una vez y acabará pasando..., etc, etc...

Es por mi glucotimia. En verano, los glucotímicos nos volvemos extraordinariamente sensibles a las alteraciones magnéticas. A falta de una buena estabilidad, el funcionamiento de nuestros aparatos podría conducirnos a la locura ajena.
Y, entonces, envío un correo electrónico al periódico de mayor tirada, aunque no sepa en qué se pueda convertir su texto. En él, acuso a la Compañía Telefónica de corrupción estival y pasividad interesada frente el Sistema Solar. Sin más comentarios.
Pero, en la edición del día siguiente, encuentro, en la sección de Breves, un pequeño recuadro con esta nota:

La Compañía Telefónica ha sido acusada por un conocido paratrófico de practicar la Antropofagia, y de llevar a cabo, entre sus directivos, banquetes culturales de carne humana (y de no haber invitado todavía al paratrófico, suponemos).

(Antonio Hernández Marín, 27—7—06 )