martes, 27 de agosto de 2013

Hay cosas que admiten los inviernos



El libro de Marta Fuentes se abre con una dedicatoria:


A mi hermana Sara
porque voy a su habitación
y miro a través de su ventana,
porque viene a mi habitación 
y mira a través de mi ventana.

Tras el prólogo, sigue esta cita de Fichte:

Según esto, la realidad de cada momento, lo que real y verdaderamente es un hecho vivido, es eso en que tú te olvidas.

Y el primer poema:

HAY COSAS QUE ADMITEN LOS INVIERNOS

de terrazas altas en ciudades visitadas.
Hay cosas que requieren su forma de ver,
visiones de viajes que remontan
a una forma más ancha de morir,
de concebir la risa del cosaco.
Hay cosas tremendas como un naufragio
o nieve matutina en la contraventana.
Son como vestidos, recuerdos, figuraciones,
despistes hechos tragedias
en la conciencia de un tiempo.

domingo, 25 de agosto de 2013

El libro de Marta: prólogo



Este mes de agosto ha sido generoso en encuentros. Cierro mi estancia en Madrid en compañía de Marta Fuentes, la poetisa viva que más admiro, y cuya obra permanece secreta, o casi. En 1994 ganó el premio Blas de Otero que solía convocar (lo hizo entre 1986 y 2009, con algún paréntesis) la Universidad Complutense de Madrid con el libro de versos Servidumbre de vistas. Tuve la suerte de escribir el prólogo de ese libro, y hoy he vuelto a leerlo, después de muchos años: víctima del entusiasmo juvenil, le presté mi ejemplar a algún amigo de memoria frágil, y he tenido que pedirle uno nuevo a la autora.

Hay mucho que saborear en este libro. Haciendo caso al refrán (el burro delante, para que no se espante) traigo para empezar mi prólogo, corregido en una sola pero brutal errata: resurga, dice el texto impreso.


A LA HORA DEL VENCIMIENTO
(las facturas sonreían, ilegibles)

Pero nunca se pierde el deseo de que alguien nos hable de aquello. Que llegue ese día en que todo coincida, las frondas desciendan, se abran las terrazas de los bares clausurados; y que, haciendo memoria de puntillas, pintando al recuerdo, vaya alguien a evocarnos de repente ese secreto que las cosas se guardan siempre, eso que, por no decirse, a punto está de no existir, de no figurar en los catálogos, y sin embargo. La otra parte de un comienzo. Una ternura postrera.

Cosas terribles, calladas. En los poemas de Marta se dejan decir algunas cosas, se aclaran ciertos extremos; nos dan, en estos largos paseos por meses y calles de invierno, unas pocas y sobrias palabras, pero exactas como heridas de limpieza azul en frío. Si escribir sirve para algo, seguramente sea por clavarnos su elegancia; para hallar las tijeras entrañables, la distancia y frialdad precisas para contar lo que, por extremadamente conmovedor, resulta trivial y desmentido al declararse. Y hay que esperar a haberlo, casi , olvidado, a olvidarse, para hacer sitio donde nos resurja: donde campe, en toda su incertidumbre, la tristeza abrumadora de ciertas tardes, la risa inmensa del cosaco que acechó la caída de nuestras buenas formas. Una forma más ancha de morir. El cansancio de haber bebido el alma. 

Cuando vas a traicionar el secreto, descubres que no puedes decirlo, que has olvidado su enunciado y soluciones. Sólo Marta, desde su ventana, tiene el secreto de estos tomavistas. Te asomas y no sabes qué herida estás mirando, qué mustia delicadeza es ésta en que la lengua se queda prendida. No nos irá a doler todo esto. 

¿No nos habíamos hecho mayores? ¿No habíamos, trampa mediante, aprobado el catecismo ramplón de los maestros? Y de repente, esto. Vaya, vaya. Quién sabe si será lo que Dios sabe. Quién sabe tanto de cuanto se calla.

 

domingo, 4 de agosto de 2013

La Balada del Amor Ciego

Me recuerda Ricardo esta canción de Fabrizio de André que tradujimos en su día con Giulia y Emiliano, más bien libérrimamente, para cantarla en español. Algo así era:



Un hombre honrado, un hombre honesto, 
se enamoró perdidamente 
 de una que no le quería ni esto.

 Le dijo: Tráeme mañana,
le dijo: Tráeme mañana 
picado el corazón de tu madre amada. 

 Él a su madre se fue y mató, 
 sacó del pecho su corazón 
y al perro de su amada se lo sirvió. 

No era, no era el corazón, 
no quedó contenta con aquel horror: 
quería otra prueba de su ciego amor. 

Le dijo: Amor, si por mí te quemas, 
 le dijo: Amor, si por mí te quemas, 
córtate de un tajo las cuatro venas. 

De un solo tajo se las cortó;
cuando la sangre negra brotó,
 corriendo como loco hasta ella volvió. 

 Ella le dijo riendo fuerte,
 ella le dijo riendo fuerte: 
Tu última prueba será la muerte. 

Mientras la sangre fluía lenta
 e iba perdiendo ya su color, 
ella, orgullosa, ríe contenta:
 un hombre se mataba por su ciego amor. 

Fuera soplaba muy suave el viento 
y ella fue presa de aturdimiento
 cuando lo mira morir contento:

morir contento y enamorado 
sin que le deje ningún regalo,
 ni su calor ni su dulce pena, 
sólo la sangre fría de sus secas venas.

sábado, 27 de julio de 2013

Viaje en tren



Esto soñó Carmen, cinco días antes del accidente de Santiago. Y así lo apuntó, con la vaga pero imperiosa  sensación de que era importante hacerlo.

 * 

Tengo como una especie de flojedad de no comer bien, y ando sin fuerza para acordarme de él, fue como muy vivo, me duele acordarme, pero tengo que escribirlo antes de que se me olvide.

No puede el tiempo meterse en un tren e irse, no puede. No pueden mis huesos acordarse del todo de ese sueño, no pueden. Y sin embargo, aquí estoy, voy a intentarlo. En el sueño son tres, la que sueña quedó por ahí atrapada. Soñé con un viaje en tren. Era como una ciudad que viajaba. O era un tren, no sé si era yo la que viajaba a esa ciudad, o era ella la que venía a mí. El tren y ella parecía una sola cosa, alguna arquitectura había conseguido un paso más de lo inconcebible, un paso más de lo acontecido hasta ahora, una belleza sin par entre construcción y necesidad, utilidad y belleza. Lo útil es lo bello. Que la ciudad y el tren fuesen una y la misma cosa y a la vez que no lo fuera, que fuera y consiguiera con ello el brote y olor de cada rincón como distinto. A lo mejor el mismo tiempo pasaba por la ciudad, a lo mejor la ciudad pasaba por el mismo tren.

Recuerdo sus torres, además de su relación con el tren, la belleza de unas torres altísimas. Las torres de las ciudades eran bellas, altas, muy altas, tenían un encanto de modernidad, algo marchita, como si otra cosa con más gracia que hoy no tienen, la tuvieran. Tenía color rojo en los techos, y azul, colores hermosos. Recuerdo que en altura estaba su belleza y el tren era como si hubiera conseguido lo contrario que en N.Y. que el tren se aleja de la ciudad, es un monumento más, en esta ciudad era un elemento con tal gracia integrado que no se distinguía lo que era rincón de fuentes y aguas y lo que era tren. Y esa viveza y hermosura de esa ciudad se empezó de repente a caer.

Siempre que sueño, suelo soñar como si de ver una película se tratase, la acción de ella está adentro y yo la veo desde afuera. ¡En este caso al principio sí! Cuando estaba como absorbida por la sensación de llegar a un lugar tan hermoso, aquello de estar asombrada. La vía del tren estaba en alto pero se entremetía por todos los rincones, la ciudad tenía rincones, rincones hermosos y belleza, pero de alguna manera…, envejecida. En instantes y desde el tren, ahora, sentimos la noticia como de un Apocalipsis, un terremoto azotó por momentos la ciudad, partes de ella y partes de afuera, como si no se supiera bien cuáles eran los límites de aquella ciudad reino y si aquellos terremotos afectaban a más lugares. Había confusión, mucha confusión, y yo iba en el tren. Ahora sí, sentía que iba en esa máquina a punto de desbordarse por los precipicios, porque como no se sabía bien qué y cuántas partes ni cuáles de la ciudad había afectado, era un descontrol, a cada paso el tren se caía, pero casi como fiel a sus recovecos iba y volvía a la estabilidad (y se iba) según iba pasando por los lugares más o menos afectados.

El tren estaba muy afectado, en cada momento se partía y salían disparados los trozos de gentes hacia abajo. Yo estaba con A., tenía mucho miedo y un pánico muy fuerte. Pánico que iba y venía a ratos, vi y sentí que me moría, allí en ese tren, y en medio del gran alboroto la contraposición de unos niños que se reían, miraban la televisión y sonreían, agarrados de sus madres. El espectáculo no estaba en el tren y su inminente desgracia a desbocarse abismo abajo, sino que la desgracia casi no se sentía, había como una mudez, los cuerpos caían rectos, casi no alborotados, mirando la madre televisión. Yo estaba ya cansada de aquellas cabezas cortadas, de aquellas noticias, indignada porque todo se retransmitía al ciento por ciento de realidad y verdad. Todo era de una verdad y una mudez que me hacía más daño que la misma desgracia de lo que iba sucediendo. Pasaba todo a la vez, pero eran cuerpos casi muertos que caían en medio del desconcierto.

Tenia yo mucho miedo, y no me servia agarrarme a A., me caía literalmente, pensaba que ella era segura, pero no, era como si a una madre te agarras o crees que era como una madre, segura, y aquello no era seguro se desmoronaba. Pasé también como una especie de decepción, decepción de una amiga que no lo era, como si de una madre se tratase, que traiciona y te deja caer. Aquella amiga en medio de todo se descuajaringó, o la misma tragedia la hizo caer y yo andaba decepcionada porque la sentí como un monigote extraño y lleno de temblores, que algo me reclamaba. Pero voló, se cayó al abismo y yo dejé de tener miedo. Me dispuse a ayudar al guía del tren, y me dio aquella noticia fatal, que la sentí como si de una muerte que no llega fuese, era como si te hubieran dado la peor noticia que te podían dar pero no la sientes, ya no hay temor, y la noticia era que volvíamos dando un regreso, la vía estaba cortada y regresábamos al lugar donde empezaron los terremotos, al centro del ciclón, no quedaba otra para salvarse que pasar por allí. Todo se desmoronaba y caía.

Ahora que lo recuerdo, ahora pudiera el derrumbe, los terremotos, ser múltiples y traspasar más estados, más territorios, recuerdo lo hiriente de la televisión, yo me negaba a mirar. La televisión era el padre de todo aquello, las noticias escrupulosamente claras, me dolían en las yemas, pero parecía ser yo la única persona en aquel tren que lo sentía. El mundo que salía por aquella televisión de unas escrupulosas imágenes de cabezas cortadas delante de los niños…, la gente en medio del tren que pasaba por aquella ciudad apenas miraba entre las resquebrajaduras del tren que aquella máquina estaba a punto de desmoronarse junto con la ciudad, aquella que alguna vez habían el tren y ella hecho un juego de tal belleza sin par y maravilloso. Ahora sentía pánico del pánico, mudo y tan extraño que conseguía que corriesen de acá para allá, pero ellos nunca miraban lo que iba sucediendo en el tren. La televisión dictaba la orden de informar y aquello me dejaba en gran tristeza.

El viaje de vuelta fue de días, no había de nada, ni ropa, ni cosas para el aseo, todo estaba derrumbado, y allí encontré a R. que andaba por ahí. Recuerdo lo incómodo que era vestirme y estar guapa, para marcharme todavía a ver al Arriero, sentía como si a D., el dueño del bar, le hubiera pasado una apisonadora, que aunque dolido y confuso por todo aquello seguía con su bar maltrecho, más que nada, por la muerte de su padre, me dieron como ganas de abrazarlo, de darle el pésame, pero no se lo di, parecía entender que no hacía falta. No sé cómo pude bajar del tren para ir a este lugar a tomarme un café, puede que el bar fuera el bar del tren, esto no lo recuerdo, pero recuerdo la imagen. Volvíamos al tren y moría en la vuelta, o sentía el mundo morir sin retorno. La noticia devastadora era la muerte, pero no me vi morir y desperté.

viernes, 26 de julio de 2013

Lo que solía contar García Calvo


Se ha caído del artículo sobre Agustín de Wikipedia, y no sé si retornará a él o no, la sección que había sobre su pensamiento político. Por si fuera de alguna utilidad para alguien (cosas más raras se han visto), la traigo aquí.


*

En sus obras e intervenciones, García Calvo trató de dar voz a un sentir anónimo, popular, que rechaza los manejos del Poder. Esencial a esa lucha es la denuncia de la Realidad, una idea que se presenta como reflejo fiel de «lo que hay», cuando de hecho es una construcción abstracta, en la que las cosas son reducidas por la fuerza a ideas. De ese modo se mata cuanto pueda haber en las cosas de impredecible e infinito, y resulta posible someterlas a planes, esquemas y manejos. La gente, un caso más de cosa, queda organizada de este modo en Individuos, sometidos a una doble exigencia contradictoria: cada uno tiene que ser individual, y sin embargo todos han de ser sumables en una Masa numérica. Por fortuna, esta organización deja siempre cabos sueltos: a lo que pueda quedar en la gente de ocurrencias imprevisibles, no sometidas a plan ni cálculo, se refiere García Calvo como «el pueblo».

El progreso del Poder llega a su cúspide en las sociedades democráticas, compuestas por Masas de Individuos. Dado que el plan del Progreso es introducir este sistema en todas partes, la lucha popular debe dirigirse contra la Democracia, por ser ésta el régimen que administra la muerte (dado que lo único cierto del futuro es la muerte, anticipar éste —como hace el Poder— con planes o propósitos constantes es acercar la muerte para desvivir la vida) del pueblo en las sociedades más avanzadas. La pervivencia de formas más atrasadas de dominio (como las dictaduras comunistas o las de los países musulmanes) sirve para legitimar, por comparación, la Democracia burguesa, y debe considerarse por tanto un trampantojo.

Esencial para el Poder y la Realidad es la figura de Dios; que, tras tomar muchos nombres, como el de Hombre, en su forma más moderna o progresada se presenta con el nombre de Dinero: una idea omnipresente a la que todas las cosas son reductibles (todo tiene un precio). La religión de este nuevo Dios es la Ciencia, cuya misión esencial es mantener actualizada la idea de Realidad y convencer a los Individuos de que todo está bajo control: hay conocimiento seguro de todo, o lo habrá con el tiempo. Sin embargo, la investigación de los científicos, en especial la de los físicos, en la medida en que es honesta, no deja de presentar indicios de la resistencia de las cosas a su reducción a ideas.

En la Democracia, el Estado y el Capital son dos rostros de la misma cosa. La lucha popular debe dirigirse contra ambos, sin convertirse nunca en una reivindicación (que supone reconocer legitimidad al Poder) ni una alternativa de gobierno (que no haría sino contribuir al progreso del Poder). Esta lucha no es individual (pues el Individuo, construido a imagen y semejanza del Estado, es esencialmente reaccionario y constituye el primer enemigo del pueblo), sino de la gente, de lo que quede de pueblo, por debajo de los Individuos y en contradicción con éstos.

Respecto a los nacionalismos, señala García Calvo que parten de la conversión del pueblo indefinido e inmanejable en una idea (los pueblos) manejable y sumisa al Poder.

El lenguaje tiene un papel destacado en la opresión del pueblo, pero también en su rebelión. Las palabras con significado de las lenguas configuran la Realidad, distinta para cada tribu. En la medida en que el lenguaje contribuye a crear la ilusión de que sabemos todo lo que hay y cómo llamarlo y manipularlo, constituye un arma contra el pueblo. Sin embargo, en el uso común de las palabras se producen continuamente vislumbres que apuntan a lo contrario (a que no sabemos lo que hay, ni la Realidad cubre todo lo que se da), y en ese sentido el lenguaje, que cualquiera puede usar pero que no es de nadie, es la expresión popular por excelencia.

Ejemplos concretos de la lucha contra la Realidad los podemos encontrar en el ataque al automóvil (vehículo individual por excelencia) y la defensa del tren; en la lucha contra la concepción de que "Hacienda somos todos"; o en la decisión de "escribir como se habla", frente al uso pedante del lenguaje por parte de eruditos, funcionarios y periodistas.

domingo, 7 de julio de 2013

Divinas palabras


Una de las características recurrentes de los textos sagrados es que utilizan un lenguaje simbólico: lo que se dice casi nunca es solo ni principalmente lo que parece que se dice. En los Evangelios, se hace evidente este punto en las parábolas que cuenta Cristo, y en su advertencia: quien tenga oídos, que oiga.

Esto mismo sucede en la poesía popular, donde morir puede significar alcanzar el orgasmo:

Dentro del vergel
moriré,
dentro del rosal
matarme han.

Y es también, claro está, moneda corriente en la poesía culta de los llamados simbolistas, que en cierto modo aspira a ser una nueva poesía sagrada. Pero lo he recordado ahora en otro contexto: leyendo un cuento popular argelino en el que la protagonista, una niña maltratada por su madrastra, huye de su hogar y va a parar a un jardín paradisíaco (dentro del vergel, dentro del rosal) en el que vive una  ogresa. Por suerte para ella, la niña ha oído contar a las mujeres del pueblo que la ogresa no te hace ningún daño si tienes la precaución de mamar de sus senos (convirtiéndola así en tu madrina).

Y así sucede:

Cuando la niña llegó cerca del jardín y de las otras plantas, todas abrieron sus flores ante ella, y así fue como la ogresa fue avisada de la presencia de la niñita. La niña paseó por el jardín, hasta que llegó al castillo donde estaba la ogresa. Esta la llamó:
—¡Eh, niña!
—Aquí estoy, madre.
Se dirigió hacia ella y la vio con los pechos que le colgaban sobre el vientre. Se agarró a uno de ellos y se puso a mamar.
—Ah —exclamó la ogresa— si no hubieras mamado de Aissa y de Mussa, te habría comido de un bocado, me habría bebido tu sangre y tus huesos crujirían entre mis dientes como el trueno en el firmamento, así es que siéntate —añadió— y sé bienvenida.
Hay que decir que la niña estaba dotada de una gran inteligencia. Dios le había concedido la comprensión de los discursos enigmáticos

(J. Desparmet, Cuentos populares de ogros, Palma de Mallorca: Olañeta, 1992. p. 27)

La niña manifiesta esta inteligencia interpretando correctamente las órdenes que le da la ogresa, que en aparencia le ordena agredirla (golpearla en la cabeza con un hacha, romper las ollas y las cacerolas). La niña entiende que lo que quiere la ogresa es que la peine y que lave y ordene los cacharros. La ogresa, satisfecha, la recompensa con una bolsa llena de monedas de oro.

Como es de esperar, la madrastra piensa que si su hijastra ha conseguido aquello, qué no logrará su hija legítima. Y la envía a ver a la ogresa. Pero la hermanastra muestra su poca inteligencia siguiendo al pie de la letra lo que la señora le manda —y es recompensada como se merece.

La tradición contiene, pues, un elemento autocorrector (que, por desgracia, nunca es suficiente): se advierte a los creyentes que es un error ser literalista (hoy diríamos fundamentalista), que siempre es necesario interpretar las órdenes, y que a veces hay que cumplirlas haciendo justo lo contrario de lo que en apariencia se nos manda. Por supuesto, esto repugna a los que no quieren enigmas ni parábolas, sino ordenanzas claras (y terribles castigos para los que las desafíen). O sea, el tipo de personas que convierte una revelación más o menos numinosa en una religión organizada, con sus jerarquías, excomuniones y demás verrugas del alma.

miércoles, 3 de julio de 2013

3 de julio: abierto por obras


Se recuerda en Twitter el tresjulismo, curiosa herejía poética que le nació al blog de Arcadi Espada en 2006, impulsada por el poeta Clonclón (Miguel Postigo in partibus infidelibus). En este blog se pueden leer los comentarios de aquel día que se negó a acabar. Aprovecho el aniversario para traer los versos que fui enviando entonces, y que en su mayoría tenía olvidados.

ABIERTO POR OBRAS

Un tres de julio el mundo se renueva
negándose a girar donde solía:
ubicuo, sempiterno, el nuevo día
aguarda la palanca que lo mueva

como Lilith aguarda ver a Eva
o Ajab a Moby Dick. En armonía
el lobo y el cordero beben fría
la miel de la venganza. Algo nos lleva

de vuelta al Paraíso, que no existe
y tiene la solemnidad de un chiste
que brota de los labios del difunto.

Tanto entusiasmo absurdo, puesto junto,
burló la gravedad. Escapa vivo
el duende conclonero de este archivo.

OJO AL DATO

Éste que ves (reproches omitidos,
trabucos sin origen, zarandajas,
Pandoras perezosas en sus cajas
y pájaros que vuelven a sus nidos)

y el otro que te mira (los sentidos
atentos al trasiego de navajas,
consignas, estatutos de tartajas
y chistes sin gracejo concebidos)

uno son, que se ofrece sin rebozo
a la impaciencia súbita y al gozo
fraterno del lector que se acalora,

dispuesto a disparar a lo que haya
tras la pantalla azul: velo de Maya
que el aire ha sonrojado en tiempo y hora.

ABIERTO POR OBRAS (again)

Contemplen el milagro de Uroboros:
igual pero distinto, el día empieza.
Su cola va volviéndose cabeza,
corona predinástica, as de oros.

Como niños cristianos tornan moros,
el agua eterna sabe ya a cerveza:
los fragmentados quedan de una pieza
y el rumor vuelve incrédulos los foros.

Dulce eterno retorno: ya merece
un segundo trayecto cada coma.
Tornan al árbol bífido que crece

las pomas polvorientas de Sodoma.
Amor extemporáneo: ¡amor eterno
que hace fresas las brasas del infierno!

ABIERTO POR OBRAS (La Fiesta Sombría)

Rememora esta vez, que es la primera,
tu propia condición: declina el día
y exprime en su sonámbula agonía
el zumo de tu amarga primavera.

La conclusión es siempre traicionera:
el milagro feroz del mediodía
ya es un sorbo cansado de agua fría
que dirige al abismo tu escalera.

Desciende si atreves: no hay remedio
contra la mordedura de este tedio
poético tal vez. El ojo herido

recorre hasta el final su propia herida.
El tiempo es una bomba. Su latido
acompasa la siesta del suicida.

ABIERTO POR OBRAS (Variaciones)

La Parca por la Musa: Musa parca
que el universo inagotable abarca
en el filo fugaz de sus favores.
La Musa por la Parca: sin rencores,
la tierra va sacando de su arca
el rédito imposible de estas flores.

OCHO DE JULIO

Ese tufo a pescado del periódico
que envuelve un universo caducado.


lunes, 1 de julio de 2013

La Virgen Sangrienta



En el folklore de los niños de la calle de Miami, Bloody Mary (llamada también la Llorona) es la Virgen María —pero, por razones desconocidas, se ha rebelado contra su Hijo, convirtiéndose en una figura siniestra capaz de asaltar el Cielo al mando de un ejército de demonios y poner a Dios en fuga. El mismo Satán la teme. Sus ropas se mueven siempre como si el viento las agitara, incluso cuando aparece en una habitación cerrada. Con su rosario rojo, golpea a los niños en la cara y los mutila antes de matarlos. Llora lágrimas de sangre y se alimenta del miedo de sus víctimas; cuando algún niño muere en un tiroteo o es asesinado, canturrea llena de alegría. Su lugar como figura protectora lo ocupa otro personaje, la Dama Azul, que vive en el océano, pero acude siempre que es necesario a salvar a los niños que la invocan utilizando su nombre secreto. Bloody Mary es especialmente cruel con las niñas sin hogar, cuyos brazos rasca con sus garras bajo la piel, arrastrándolas para convertirlas en sus esclavas, en adictas al crack o integrantes de las bandas callejeras (gangs). Sin embargo, una niña de cada mil es, por su bondad y bravura, una Chica Especial: cuando Bloody Mary topa con una de estas Chicas, su figura se desvanece y aparece en su lugar un rostro bello y luminoso que brilla en la oscuridad. Es el rostro que tenía María antes de hacerse malvada.

domingo, 30 de junio de 2013

Leyendas augustóbrigas. La casa encantada


Vamos con el último apunte sobre lugares recurrentes en las leyendas y otras historias tradicionales.

*

There’s a house over yonder. Al final de la carretera que no lleva a ninguna parte (¿o al principio?) está la casa. La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones, escribió Juan José Arreola. Hay unas casas cerradas al fondo que no tienen llave. La casa temible, que expulsa, mata o devora a sus habitantes, y en las que sin embargo, aunque esté prohibido, se desea entrar, y se acaba entrando.

El sacrificio vuelve sagrada la casa: hace caer sobre ella un tabú y le otorga una vida prestada. Donde no vive nadie, viven los ‘negativos’ del ser: fantasmas, duendes, genios. O es la propia casa la que está viva (así, en los cuentos rusos la cabaña de Baba Yaga, la bruja, tiene patas de gallina y se mueve, como dotada de vida propia). Casos de la isla o la casa que en realidad son un animal: la puerta es su boca. No sorprende entonces encontrarnos una serpiente con cabeza humana que quizá sea en realidad una serpiente devorando una cabeza, o de la que una cabeza humana emerge. Subyace la casa de la bruja, la cabaña de la inicación, la hora de nuestra muerte, amén.

Orfanato abandonado, pasaje del terror, casa del duende y el diablo, viaje por un Infierno que no revela su identidad, va de incógnito. Como en el cuento irlandés en el que alguien viaja al Más Allá sin saber que lo hace. Cuando estamos suficientemente gordos, somos lo bastante grandes, la bruja nos come, la cabaña nos aprisiona, volvemos a un vientre que quizás haremos materno.

El canibalismo: muerte ritual y reversible, regreso a un nuevo claustro materno, algo que es mayor que uno pero de lo que uno forma parte, y de lo que eventualmente se vuelve a nacer. House of the Rising Sun. De ahí que el niño que entra en la casa salga poseído, con el sexo cambiado, con la identidad alterada: fenómenos propios del período de margen que se prolongan hasta que un alfaquí ‘cierra la sesión’ propiamente.



jueves, 27 de junio de 2013

Gozosamente Miserables


Los románticos inventaron su némesis: el realismo. En busca de lo pintoresco, de lo castizo, de lo característico; decididos a encontrar el alma, o al menos el rastro de su paso, en las entrañas de lo cotidiano, y aun en sus cloacas. Los miserables, de Victor Hugo, son un ejemplo insigne de esta exploración: el retrato de la Francia de su tiempo tiene una veracidad incontestable, no se ahorran detalle sórdidos, y sin embargo el propósito del narrador es 'idealista': quiere mostrar y muestra cómo la Gracia divina y el amor (si es que no se trata de la misma cosa) intervienen en los tejidos más degradados de la sociedad y dan un giro inesperable a los procesos regidos por lo que Simone Weil llamará más tarde la Gravedad. El hombre santo que salva al protagonista del cargo, por otra parte justo, de ladrón consigue no solo que la ley no vuelva a juzgarlo y condenarlo por tal, sino que deje de considerarse a sí mismo apto para tales desmanes. La plata robada y luego regalada le da la capacidad para ser otro; la piedad que recibe le permitirá más adelante perdonarle la vida a su perseguidor y forzar también en este un cambio imprevisto.

Como todos los criados en la galaxia Trivial, conocía la existencia de esta novela, pero ha tenido que cruzarse en mi camino el azar para que entrara de veras en ella: la simpar Caroline Masson me invitó a acompañar con la guitarra una de las canciones del musical basado en la novela, para la versión minimalista que se estrenó hace unos días en la sala TaKtá de Navalmoral, el 23 de junio. Ha sido una experiencia preciosa, tanto por la calidad de los músicos implicados como por el ambiente de colaboración y complicidad que ha presidido la preparación del montaje, recibido además con generosidad por un público estupendo. Mi implicación ha sido pequeña (una sola canción), pero muy feliz. Gracias a Marcos Fernández, que ha subido varias escenas de la obra a YouTube, comparto con vosotros este momento. Canta María Luisa Rodríguez, una voz única.


miércoles, 26 de junio de 2013

Leyendas augustóbrigas: La muerta con más vida



Otro apunte rescatado sobre las leyendas.

La muerta con más vida. Traicionada, abandonada, asesinada, la figura femenina triunfa sin embargo de la muerte, se resiste a desaparecer. Soy tan solo esa herida molesta: no está viva, pero no está muerta. Nótense los cuentos en que muere una pareja, pero es ella sola la que vuelve. El alma es femenina, como la Voluntad; y, como ella, compulsiva, reiterativa. Y detrás de los mitos y las máscaras, el alma, que está sola (Borges). Caso peculiar de Las mellizas: las protagonistas de este cuento marroquí superan su condición fallida mediante la muerte de una de ellas (la débil) y la reintegración de la otra al Poder: la muerta al hoyo (el de la tumba y el de la barriga) y la viva al bollo. La figura eternamente condenada es a la vez salvífica: un ejemplo ‘viviente’ de lo que no hay que hacer, de lo que no debe ocurrir. Don’t you do what I have done. Permite una katharsis en cabeza ajena: memento mori! Su muerte es la nuestra, pero no literalmente: somos como don Miguel de Mañara o Félix de Montemar, asistiendo a nuestro propio entierro para ayudarnos a sentar cabeza, a cambiar el rumbo, quemar el karma. Nuestra imagen (vera icon) en el espejo de la muerte: lo que realmente somos o la parte de nosotros que ‘no es’. Pero es cierto de toda historia en cuyos protagonistas nos proyectamos: ‘vamos’ con ellos in phantasma (los fantasmas somos nosotros), como en las películas en que se viaja al futuro o al pasado pero uno es solo espectador, no puede actuar (no está ahí para eso). La madre muerta que ayuda: esa es la verdadera ‘hada madrina’. Hasta el hada azul de Pinocho está en realidad muerta. Como la luna, viene y va de la vida a la muerte: tan pronto creciente como menguante.

martes, 25 de junio de 2013

Arrival



Y dudar ante todo de este viejo cansancio
que reduce las cosas a su cáscara hiriente.
La mirada decide por qué tunel abierto
se aproxima a tus ojos un herraje del sueño.


sábado, 22 de junio de 2013

Leyendas augustóbrigas: On the Road Again

Vuelvo sobre uno de mis empeños: el libro sobre las leyendas recogidas por mis alumnos del instituto. Encuentro unos apuntes, escritos con prisa en algún momento y que no recordaba. Así  comienzan:

Las leyendas: variaciones de unos pocos temas recurrentes, eterno retorno diferenciado de lo idéntico que vive en variantes.

1. On the road again. La autoestopista fantasma, el alma errante (como Nadja). Hasta la Virgen, convertida en estatua, es Andariega. La muchacha muerta de forma prematura (que retorna). Hija, novia o madre fallida. Su eterno retorno, como la acción eterna de lavar la ropa o peinarse de lavanderas y sirenas,como el castigo de las Danaides y el de Sísifo, expresa la noción de estar preso en un bucle, una cinta (la carretera), como en los sueños en los que uno trata inútilmente de avanzar, pero siempre vuelve al mismo sitio. Aunque sepa los caminos, yo nunca llegaré a Córdoba. Un pasaje sin salida: un laberinto. Correlatos masculinos: el Judío Errante, el Holandés Errante. El fantasma de Robert Johnson subiendo al autobús: You may bury my body / down by the highway side / so my old evil spirit / can get a Greyhound bus and ride (Robert Johnson, Me And The Devil Blues).

domingo, 9 de junio de 2013

Primavera (I) (Antonio Hernández Marín)


Abrumadora,
pesada,
pero transparente,
clara.

Hora de dolor
en calma.

El silencio reduce
las distancias.

Casi
no eres
nada.

lunes, 3 de junio de 2013

Unos y otras: encuentros con ¿Agustín García Calvo?



Todos los días me subo a un globo, vía Google, y recorro el ancho mundo a ver si alguien se ha decidido a reseñar por fin Unos y otras. Encuentros con ¿Agustín García Calvo?, el libro que acaba de editar Triacastela y que se presentó hace una semana en la fundación Juan March.  Como parece que nadie se anima, me lanzo yo mismo a dar mal ejemplo, en la esperanza de que no faltará quien lo agrave.

Antes que nada, conviene aclarar que sí, juegos terminológicos aparte, se trata de un homenaje póstumo, eso que el maestro tanto odiaba y cuya sola posibilidad le hizo sufrir y maldecir en vida.  Cuenta, por tanto, con la hostilidad razonada de cuantos sienten que la manera de mostrar cierta gratitud al difunto es no darle por tal y seguir enredándonos en las múltiples razones y juegos que nos dejó, en vez de fijar la vista en lo que él mismo consideró un excipiente desdeñable: su persona. Al final de la presentación [minutos 22:38 y siguientes] antes citada, Luis Caramés expone este punto de vista con elegancia, recia pero un tanto escéptica: en contradicción quizá con la indignación que encarna, parece cumplir buenamente un deber, más que seguir un impulso.

El libro se ha montado con prisas, quizá demasiadas, y se nota. Su ambición es que gentes diversas aporten 'su Agustín': una suerte de álbum de fotos que nos muestra al personaje aquí y allá, tan pronto dando lo mejor de sí (por ejemplo, cuando se queda con Savater como único alumno de sus clases de Desengaño y prosigue como si nada, con la misma convicción y entrega que si la salud de la Polis toda dependiera de ello) como haciendo con contumacia de sí mismo (cuando le invitan a un congreso erudito sobre Heráclito y decepciona al público especializado haciendo un discurso genérico contra la Realidad y sus males, sin contenido filológico alguno).

Como es de suponer, la lectura del Agustín de cada cual informa sobre todo sobre los gustos, logros y defectos personales del ponente. Hay un par de contribuciones magníficas que confirman el aprecio que uno ya tenía por las dotes del autor: Félix de Azúa juega maravillosamente con las expectativas del lector y Jesús Ferrero, que nos convierte en Jesús Ferrero durante su narración de los hechos, hace que nos quedemos con ganas de vivir más (sobre Agustín o no) desde sus ojos. Otros tiran de lo que ya escribieron: Savater, siempre simpático y zumbón, revisita sin mucho reparo el capítulo pertinente de su Mira por dónde y la necrológica que escribió en noviembre. El mucho oficio no disimula el hecho de que en su caso, más que en ningún otro, se trata de cumplir con un deber inexcusable pero engorroso: si Agustín fue esencial en su 'biografía intelectual', parece evidente que su figura acabó resultándole incómoda, y que su discurso en otras voces le resulta soporífero e insufrible. Leyendo la introducción que hace en 1996 a algunos de sus libros antiguos, reeditados en el volumen La voluntad disculpada, se percibe en el Savater maduro una suerte de envidia hacia el juvenil que se resuelve en ojeriza:

El lector es muy libre de simpatizar más con mis fórmulas pasadas que con las actuales. En cierto sentido, yo diría que es casi inevitable que lo disparatado resulte más simpático que lo verosímil: después de todo, la mayoría de nuestros errores provienen de querer creer lo que nos agrada o lo que nos edifica —por lo cual también pueden resultar más gratos o edificantes para otros— mientras que nuestros aciertos son más inhóspitos porque se deben casi siempre al reconocimiento de una realidad frecuentemente insípida y desde luego invulnerable a nuestros caprichos. 

A tan firme abogado del principio de Realidad, un evasor de infinitos como García Calvo no puede parecer sino un tozudo irresponsable, incapaz de descender de su nube para condenar de forma explícita el terrorismo etarra o para apreciar y defender las bondades del marco legal que hizo posible, de 1978 en adelante, que el maestro pudiera desarrollar en público sin demasiado escándalo su ataque sistemático contra la Paz y la Democracia. Que, a pesar de todo, el afecto le haya llevado a impulsar la confección del libro y a dar la cara (cierto que una cara de invencible hastío) en su promoción no deja de ser un triunfo.

Savater, en cualquier caso, no decepciona, o lo hace a la manera que Montano, su mejor fan, suele agradecerle. Es penoso en cambio que hayan encontrado sitio en el volumen las letrillas (o letrinas) en que Villena, un individuo que jamás apreció la obra del difunto y se complació a menudo en caricaturizarlo, hace del peor Villena: culto y vacuo, pero dispuesto hipócritamente a hacer causa común, o simplemente a apuntarse a los canapés, en cualquier milonga que suene 'progre'. Más penoso aún es que la contribución de Yolanda Alba intente endilgarle al muerto un discurso feminista al uso, que sus propias citas desmontan, y que, vencida acaso por la dificultad del apaño, se dedique a saquear el artículo de Wikipedia sobre el maestro, dándonos así a los que colaboramos en él la sensación extrañísima, aunque no inédita, de leernos bajo otros nombres y en compañía muy mejorable.

El volumen, en fin, es atractivo pero muy irregular: faltan nombres clave (¿dónde están Juan Bonilla y Javier Marías?) y hay mucho material de relleno. En lo que surge, si es que surge, alguien capaz de obsesionarse de veras con Agustín García Calvo y dedicarle un libro que sirva de puerta a su obra o que le añada un apéndice biográfico bien trabado, esto es lo que hay de momento: el peso de un legado inmenso que ha sido hasta ahora ninguneado en los días laborables y premiado en los festivos (3 Premios Nacionales, de Ensayo, Teatro y Traducción, no se los regalan a cualquiera). En lo que los filólogos deciden si lo incorporan o no a su discurso, contrariando una costumbre muy asentada, vivimos una zona extraña en que, por ejemplo, Carlos García Gual nos habla en este homenaje con cariño del montaje de Edipo Rey de Agustín y después, en su reciente libro sobre Edipo, logra recordar todas las traducciones al español de la obra menos la publicada en Lucina.

A día de hoy, en lo que vemos qué sucede con su pensamiento (toda una patata caliente), pinta mejor el uso continuado de al menos una parte de las aportaciones del maestro, las canciones y soliloquios de propia mano y la recreación de baladas populares.  Termino la reseña invitándoles a disfrutar de esta intervención recientísima de Isabel Escudero con Quesia Bernabé y Virginia, en la que se recuerda al maestro en su propia salsa: la oralidad, el canto y un poco, siempre sano, de teatro.

sábado, 1 de junio de 2013

Danza de las amapolas

 

Para Carmen la Bella y Rafa. Es cosa suya.

Amapola, ababol, rosella, 
badabadoc, quiquiriquic, ruella, 
ababolera, mitxoleta, poppy, 
lobedarr y popula, rosolaccio, 
papavero comune, pavot rouge, 
coquelicot, ponceau, red weed, corn rose,
Klatschmohn y Kornvalmue, paparuna,
paparina, flor roja, lulekuqe. 

¡Amapolina, amachirinka, populadora, 
rosopaverolucha, redweedichosa, 
coquetirusca, lobedarina, rosolaccioniña!

sábado, 18 de mayo de 2013

En las manos del tiempo

 

Así son las cosas: dadme una montaña de exámenes que corregir —y yo compondré para vosotros, en tiempo récord, la banda sonora de cinco o seis películas. Esta podría suceder en Tropicalia.

viernes, 17 de mayo de 2013

Nocturno (Antonio Hernández)

 

 Esta noche he soñado que encontraba en la biblioteca de una Universidad un libro inédito de Antonio Hernández Marín, Aker: era un ejemplar único, encuadernado de forma artesanal, que recogía varios ensayos, con el título De la forma en el fondo. El libro se había encuadernado a finales de los 70, utilizando originales variopintos en papeles de diversas calidades y tonos, unos a mano y otros a máquina. El autor había ido guardando dentro, en folios doblados, trabajos posteriores sobre el mismo tema: uno de estos afterthoughts era precisamente el prólogo, llamado 0 (cero). La página que llegaba a leer (y, alguna vez lo he contado, en los sueños rara vez o nunca me permiten leer de veras algo sin que las letras empiecen a bailar por la página o se conviertan en hormigas) hablaba de las correspondencias entre los modos musicales, las letras, los colores y los números. Así, el modo jónico, primero o A, es de color rojo y no es 'mayor' en sentido estricto (solo la escala mayor de sol lo es): Antonio (en el sueño) prefería llamarla 'escala de do-sol'.

Cuando encontraba el libro, recordaba su existencia: lo había visto antes en esa misma biblioteca, pero lo había olvidado. Solo hacia el final se me ocurría la posibilidad de sacarlo en préstamo. En el final propiamente dicho me encontraba en el andén de una estación con Roberto (alumno dilecto de otro maestro, Agustín) y hacíamos planes: el libro, sin dejar de ser De la forma en el fondo, era ahora también Letras y figuras, uno de los libros que planeó pero no publicó García Calvo (creo; aunque mi amigo Rafa jura haberlo consultado alguna vez). 

Como suele, el sueño funde muchas capas. Me recuerda, en primer lugar, que llevo tiempo sin emprender la necesaria ordenación y publicación de los papeles de Antonio; pero el título de la obra es también un juego sobre otra, un poemario, que tengo escrita pero no encuentra (ni apenas ya lo busco) editor. El celo con que los discípulos de Agustín han emprendido la recopilación y transcripción de sus intervenciones sirve de constraste con mi desidia, planteándome un elegante reproche.

Tengo, en fin, un libro manuscrito de Antonio que recoge sus poemas de los años 80 (Fuensanta atesora otro previo, con poemas de los 70). Lo abro al azar. Esto cuenta, aquí y ahora:


NOCTURNO

Tres de la madrugada, fumándome el insomnio
en la ventana abierta y silenciosa. Abajo, por la vía nocturna
de la calle, pasan perros, perros sin amo, perros
independientes, tal vez libres, quizás abandonados,
pasan, ajenos, rápidos, un lobo raído y flaco
abre la marcha y pasan, posiblemente felices,
destinados sin duda, perros, tal vez perros, sagaces perros,
y pasan, a comer, a devorar las sobras, acaso sin dolor,
tal vez contentos, las sobras que nos llegan, caídas, del amor
desde el festín diario de los hombres...

sábado, 11 de mayo de 2013

Organ Tune


La música es tan inseparable de la gente a la que quieres que a veces emana literalmente de ellos. Esta pieza instrumental, por ejemplo: el ritmo lo trajo esta mañana mi pequeño tocayo (un, dos; un, dos, tres), supongo que de la escuela —pero sin duda corresponde a alguna danza tradicional: me trae recuerdos de las piezas folkies y medievales que tocábamos hace tanto con Dani o Alfonso (y también de La Yenka). Por otra parte, oír el órgano, que se ha impuesto enseguida en el casting, es oír a Antonio, que tantas veces lo hacía sonar para nosotros, primero en Las Águilas y luego en Valdemanco. Allí me invadieron las cadencias barrocas —que con el maestro Aníbal hemos tenido ocasión luego de explorar y entender debidamente. Todos ellos dan vida a la pieza. Aunque ella, claro está, no aspire a hacerles justicia.


jueves, 2 de mayo de 2013

Necromancia


Los muertos no regresan porque alguien los invoque.
Ocultos en la arena del recuerdo
se siembran, se interrogan, se disuelven
y vuelven a la guerra por su cuenta.

martes, 30 de abril de 2013

La canción que cantábamos juntos


Para los que gustan de estas cosas: así sonó el otro día en el ensayo, y volverá a sonar ahora si les apetece, La canción que cantábamos juntos, del maestro Agustín, en la voz de la dama Fátima y con las guitarras de Paco y quien les escribe. ¡Momentazo!



La canción que cantábamos juntos
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando voy por las calles bullentes
y en un árbol de pronto
tres hojitas apuntan, entonces
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando estoy de discursos y parlas
asordado, y acaso
abre un breve silencio la tarde,
ella suena en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando, echado en la espesa mazmorra
de la ley, hasta el catre
entra un soplo de día, ella sola
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Y entonces voy yo a repetirla,
y la voz se me quiebra
de sentir que estoy solo y no suena
tu voz junta en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Y maldigo las plazas y el ruido
y el tiempo y su cárcel,
que de mí te han llevado y no dejan
que en el aire me suene,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Pero escucho tu voz del recuerdo,
juvenil para siempre,
que me dice que nunca se pierde
lo que suena en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor,

y que allá tras la última estrella
hay un río y un bosque
de Valorio, y tú estás a mi lado
y cantando conmigo,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

miércoles, 24 de abril de 2013

Contrarrembolso


La flecha que enviaste a por nosotros, 
altiva, insobornable
metal usurpador de su madera, 
ya cruza por los márgenes del tiempo, 
ya se detiene 
en un viejo motel de carretera, 
ya apura las caricias de la fiebre, 
ya duda si su ruta era certera. 
La flecha cuya punta entre mis dedos 
araña mis palabras, no Te ofendas, 
Señor, si de esta guisa a Ti regresa, 
si Te alcanza su beso traicionero, 
si mi sangre en la tuya Te envenena.

sábado, 20 de abril de 2013

Tema de flauta

No sé qué influye más para que a uno no paren de ocurrírsele melodías: si estos primeros días de sol y viento o el tener que corregir una tonelada de exámenes. Que siguen esperando su turno.

miércoles, 17 de abril de 2013

Y ya nadie moriría

 

De viva voz se llamó el homenaje que recibió ayer 16 de abril Agustín García Calvo en su querido Ateneo de Madrid, donde se celebraban y aún se celebran cada miércoles las sesiones de la Tertulia Política fundada por el maestro a finales de los 90 y que han sido su empeño público más longevo.

Gracias a la labor impagable de Teresa, quien lo desee puede seguir en su canal de YouTube todas las intervenciones, desde la apertura de Isabel Escudero hasta el canto final del Himno de Madrid, pasando por las canciones de Amancio Prada (que estuvo absolutamente arrebatador: pedazo de maestro) y una escena crucial de la Iliupersis, en la que Esther Bellver reiventó para todos los presentes la magia del teatro (con un texto que, precisamente, la cuestiona y confirma de un mismo golpe).

Tuvo Isabel Escudero (que ojalá se deje convencer pronto para venir por estas tierras, a recitar a nuestros muchachos) la infinita amabilidad de invitarnos a cantar un par de canciones. Para la ocasión, nos reunimos cinco almas, que aunque anunciados como Ciento Volando veníamos a ser en realidad Ciento y la Vida o la Bossa Volando: el maestro Juan Fran, Fátima, Luli, Dani y quien les escribe. Traigo aquí las dos piezas que hicimos, ambas de Valorio 42 veces (canciones XL y XIV), en el mismo orden en que sonaron. Mil gracias a Carlos César Álvarez por la foto.



domingo, 14 de abril de 2013

Que yo no sé cómo llamarte


A menudo me faltan
o me sobran palabras;
se acumulan, oscuras,
en la lengua gastada
o se ocultan, brillantes,
en las grietas del alma.
Busco un nombre  y es solo
su silueta quien pasa:
ni materia ni forma,
solo vaga añoranza
—quiero dar con la fecha
y su punta herbolada
va quebrando las cifras,
ajustando la nada.
Pienso en ti y en los días
en que al tiempo lejana
e inminente, vivías
donde acaba mi casa.
¿Eres hoy el pronombre
o este solo tu cáscara?
¿Queda solo lo poco
que de ti yo inventaba?
Y ese poco ¿me mira
como tú me mirabas?
¿Puedes verme? ¿Se mueve
por ti tanta palabra?
¿Eres tú quien se esconde
tras la rima apagada?

sábado, 13 de abril de 2013

Bourrée (revisited)

 

Another dance in the suite. Esta ya estaba, pero por sugerencia del maestro Aníbal le he criado una segunda voz, que aparece (muy propiamente) en la segunda exposición de cada tema.

viernes, 5 de abril de 2013

Bourrée


Seguimos el maestro Aníbal y yo con nuestra locura de hacer una suite al modo barroco. Esta vez le toca a la Bourrée. En tan solo un minuto, el autor dirime sus deudas con Asfalto, Bach, los Beatles y Bob Dylan.



martes, 2 de abril de 2013

Qué era lo que fue


(Agustín y Jose Luis García Rúa en Granada, 1984)

1994, más o menos. Empezábamos entonces a musicar los poemas de Valorio 42 veces, de Agustín García Calvo, publicado ocho años antes, y sin esfuerzo iba surgiendo no solo la música puntual de este o aquel texto, sino una música global, una atmósfera sonora ligada a ese libro y al bosque que abren sus páginas.

Esta canción lleva a un extremo esa exploración, con los acordes de cuarta suspendida de la estrofa y las modulaciones imprevistas del estribillo. Empieza sonando a rayos (qué horror de guitarra acústica tenía entonces, y qué mal la ecualizaba), pero pronto se entona, gracias a los coros de Dani y el bajo fibroso del maestro Rafa Herrera.

Recuerdo que tocamos poco después esta canción para el maestro y las buenas gentes en el Cuartel Viriato de Zamora, ocupado por entonces por la Escuela de Sabiduría Popular, y alguien me dijo esa noche que le recordaba a Tír na nÓg. Un honor, oiga.