miércoles, 3 de septiembre de 2008

OK Computer


Cortázar nos explicó el proceso. Con el tiempo, no sólo percibimos menos, sino que procesamos con mayor pereza lo que llega hasta nosotros. Todo nos suena a ya oído (no me fío de ti, ya oí / eso en algún lugar y no / te lo has aprendido bien). El desencanto nos arroja lejos de todo cuanto (también en nosotros) pudo alguna vez merecer la pena. Un punto más allá (disonancia cognitiva) nos espera el disfraz de la zorra vegana y sus uvas: resignarnos a nuestra enanez y renunciar, por si acaso, a dar saltos.

En mi caso, la tendencia a hallar insulsa la música pop posterior a 1975 no es, principalmente, nostalgia de la adolescencia (tenía 5 años cuando palmó el atiplado, y gran parte de la música que amo se publicó antes de mi nacimiento). No obstante, sí fue en los primeros 80 cuanto mi gusto se decantó contra el punk, el tecno y la nueva ola, y favor de todo cuanto sonara lisérgico y pagano. Sigo fiel a esa opción, pero, con la advertencia de don Julio muy presente, no he retirado la antena: muy de vez en cuando, encuentro canciones que no juegan al revival de los 60-70 y logran, sin embargo o por eso mismo, emocionarme.

La lista es breve, pero sigue abierta. Hay sitio para los 80 (The Cure, Radio Futura, diez canciones de Nacha Pop y Los Secretos; algunas hojas del árbol de Joshua) y los 90-00 (Nirvana, Beck, Radiohead, Los Planetas, Los Piratas, Sigur Ros, una muestra de Le Mans y La Buena Vida).

A Radiohead, en especial, he tardado en acercarme. Sólo ahora me adentro en OK Computer (que me llega combinado, en modo random, con la Orquesta de las Nubes de Suso Saiz; funciona). Hay algo de los Beatles aquí («Sexy Sadie» avanza, subrepticia, por «Karma Police»), aromas también de Pink Floyd (alta fidelidad: relojería y aire acondicionado) y King Crimson (esas melodías en letra gótica), pero todo tan trascendido y recolocado como pueda estar la música de los 40 y 50 en Sgt. Pepper's. Radiohead no se prueba ropa usada: partiendo del angst nirvanero, su música alcanza una complejidad similar al rock progresivo, pero cristaliza en un paisaje totalmente distinto. Su épica es despojada, fría: la sentimentalidad, que está, tiene un tono autoparódico, fatalista y un punto gay (quizá a lo que más recuerda OK Computer es a la enorme IA, de Spielberg-Kubrick; las fechas, grosso modo, coinciden).

Dicen que lo que sigue (Kid A) es mejor aún, y en lo anterior hay más de una joya, como «Creep». Veremos.


martes, 2 de septiembre de 2008

No quiero verte madre


Rubén fue Campoamor. Lo olvidamos, claro, porque llegó a ser Rubén (el autor de Azul y las maravillas que lo siguieron), pero Abrojos (1887), publicado a los 20, es una sucesión de apuntes prosaicos, voluntariamente fríos. Algún paladar estragado habrá que la prefiera (por cool) a la poesía posterior de Darío.

Entre la mala yerba, no falta la flor venenosa. Pienso que hoy nadie tendría el cuajo de escribir (y publicar) estos versos. De ahí su fuerza.

No quiero verte madre,
dulce morena.
Muy cerca de tu casa
tienes acequia,
y es bien sabido
que no nadan los hombres
recién nacidos.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Mas que nada


Tras Jobim y João Gilberto, cualquier músico parece pequeño. Sin embargo, Jorge Ben (Jor) es inmenso. Pocos acordes, pero qué bien elegidos y dispuestos. La música pop pocas veces ha alcanzado la perfección de este Mas que nada, que el primer Santana debió escuchar con devoción. Siguiendo el hilo que va del original (un tanto expresionista) a las versiones del Tamba Trio y Carlos Mendes se observa, además, el despegue del arreglo, que en la versión de Mendes y sus chicas es ya insuperable, puro acierto de principio a fin. No es extraño que el autor, obligado a convivir con su primer éxito, haya acabado dándole unas vueltas un tanto extrañas (sin llegar nunca a los aberros de Dylan, de los que habría que hablar otro día). En cualquier caso, reducida a voz y guitarra sigue siendo una maravilla. ¡Pensar que Ben, encima, se guardaba Pais Tropical y la Tabla de Esmeraldas! Palabras mayores. Un genio. A descubrirse.








lunes, 25 de agosto de 2008

Normalización lingüística


Entonces los bretones se trasladaron a Rennes, villa que tomaron sin esfuerzo alguno, pues no la encontraron ocupada más que por mujeres: los galos, que habían oído hablar de la crueldad de los bretones que habían acabado con la vida de su rey, no osaron quedarse y emprendieron la huida. De igual modo, los bretones tomaron la ciudad de Nantes, la de Vannes y la de Léon, así como todas las demás fortalezas, todos los burgos y todas las aldeas de Armórica. Dieron muerte a todos los hombres y a todos los jóvenes que se encontraban en la región. Sin embargo, perdonaron la vida a las mujeres y las niñas, pues querían casarse con ellas y repoblar Armórica con su linaje. Pero les cortaron la lengua a todas ellas de manera que sus hijos no pudieran hablar otra lengua que la de sus padres. Y es desde entonces que se habla la misma lengua en la isla de Bretaña y en Armórica.

(Jean Markale, El nacimiento del rey Arturo,
Barcelona: Ediciones de Bolsillo, 1999, pág. 81)


lunes, 18 de agosto de 2008

La flor de la noche (redux)


Esta semana tuve por fin noticia del estreno de Pasión, la obra de García Calvo que montaron unos amigos en el IES Dolores Ibarruri de Fuenlabrada. Parece que, a pesar de cierto apresuramiento, la cosa fue bien. Al final, no utilizaron nuestra versión de La flor de la noche. La sin par Ana Leal entonó en su lugar esta melodía de su invención, galana también y más apropiada al caso, con ecos de Alfonso (y de Chicho; y aun de Vainica Doble).

domingo, 17 de agosto de 2008

My Name is Death


Soy el amante
que nunca se muestra,
muda en cada instante
mi sombra siniestra.
(Valle)

And fairy-stories held me high, canta Syd Barrett. La música (aquella música milagrosa) cumple la misma función. El hallazgo de hoy es esta pieza de la Incredible String Band, reconstruida con gusto y acribía por Dulcimerea. Que la disfruten.


lunes, 11 de agosto de 2008

Se busca. (Nos buscan.)


Lo que nos espera: quien ha de encontrarnos,
ya se ha colocado en un lugar de nuestro camino.
(Mei)

Nos esconden algo. Lo esencial. No creo que esta sensación me haya dejado nunca. En cualquier caso, cuando está, posee tal viveza que, por contraste, cualquier tiempo empleado en otra guerra parece muerto, perdido.

Nos dicen, por ejemplo, que los años sesenta (que no vivimos) fueron una época de experimentación, de la que sólo importan sus logros y números rojos. La verdad es que en aquella quincena (que no década) se abrieron tantas puertas, tantas brechas, que a los especialistas en mantenimiento les resulta difícil desde entonces mantener estable, creíble, la imagen pública del mundo, eso que García Calvo suele llamar la Realidad.

Si en cualquier supermercado cultural se nos ofrece, mezclado con las obras de los más vendidos, material potencialmente subversivo, hay que pensar que no es sólo por confianza en la operación mágica (si puedo compra-venderlo, es mercancía: sus intenciones originales son irrelevantes), sino por disimulo. La censura es un mecanismo obsoleto, contraproducente. Al mercado sólo puede convenirle como generadora de una oferta y demanda ilegales, a la que no le faltan ventajas: beneficios sin impuestos, largas listas de infractores a los que, cuando resulte oportuno por otras razones, se podrá privar de sus derechos. Si lo que podría prohibirse no es un producto de atracción masiva, resulta más barato tolerarlo y limitarse a desincentivar su producción y consumo.

Es así, pienso, como puede estar a la venta un libro como éste, Las dos manos de Dios, de Alan Watts (Barcelona: Kairós, 2ª ed., 1995). En un mundo al que han regresado (inconcebiblemente) las dos plagas presesentiles (los cientificistas inmunes al numen y los creyentes del monótono-teísmo), estas palabras de Watts son revelación y, por tanto, blasfemia. Benditas sean.
Cuando el polvo desaparece ante nuestros ojos, vemos que los dioses y demonios somos los seres humanos mismos, no cuando actuamos en el asunto de poca monta de la vida mundana, sino en las grandes situaciones y dramas arquetípicos de los mitos. Los dioses son los arquetipos, pero existen perpetuamente encarnados en nosotros mismos. En la visión mítica, los hombres aparecen como encarnaciones de los dioses arquetípicos porque aparece el significado pleno y eterno de lo que están haciendo. No sólo están ganándose la vida y manteniendo a una familia o realizando sus aficiones, están desempeñando, con variaciones innumerables, el drama cósmico del escondite, de lo perdido y encontrado, que es, tal como intentaré demostrar más adelante, el argumento único detrás de todos los argumentos.

viernes, 25 de julio de 2008

Golden Brown


El Egipto islámico y el faraónico se parecen tan poco que, a los enamorados del segundo, el primero les parece inevitablemente un decorado, una pantalla que transpasar. Con todo, no hay camino al hipogeo que no pase por el zoco, con sus mercados de antigüedades y (acaso) sus cultos secretos, de estética (si no raigambre) ancestral.

El vídeo de Golden Brown, de los Stranglers, resume ese Egipto fachada y puerta secreta, algo indianajuanesco: hoteles asfixiantes, con cocodrilos en la bañera, y arqueólogos que buscan el corazón de las postales. Como si hubieran leído a Bachelard, la letra renuncia a nombrar dios alguno, pero hace sentir su presencia:

Barro dorado, fina hechicera,
marcha al oeste a través de los tiempos.
Desde tan lejos, viene a quedarse
un día sólo. (Nunca un mal gesto.)



miércoles, 23 de julio de 2008

Isis & Club de egipcios


Como H. P. Lovecraft, Carlos Berlanga fue un descreído con un agudo sentido de lo numinoso. En Isis, una de sus canciones para Dinarama (± Alaska), anima de forma convincente hasta los espantajos más quiosqueros (Las caras de Bélmez / quisieron hablar. / La prensa amarilla / las hizo callar / sin más.). Su erudición llega sin problemas hasta Roso de Luna y Blavatsky (Isis con velo, Doctrina Inmortal), tratados con la misma ironía simpática que Valle les depara en Luces de bohemia:

DON FILIBERTO: Amigo Dorio, tengo alguna costumbre de estas cañas y lanzas del ingenio. Son las justas del periodismo. (...) El Congreso es una gran redacción, y cada redacción, un pequeño Congreso. El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios. Teosóficamente podría explicarselo a ustedes, si estuviesen ustedes iniciados en la noble Doctrina del Karma.

DORIO DE GADEX: Nosotros no estamos iniciados, pero quien chanela algo es Don Latino.

DON LATINO: ¡Más que algo, niño, más que algo! Ustedes no conocen la cábala trina de mi seudónimo: Soy Latino por las aguas del bautismo, soy Latino por mi nacimiento en la bética Hispalis, y Latino por dar mis murgas en el Barrio Latino de París. Latino, en lectura cabalística, se resuelve en una de las palabras mágicas: Onital. Usted, Don Filiberto, también toca algo en el magismo y la cábala.

DON FILIBERTO: No confundamos. Eso es muy serio, Don Latino. ¡Yo soy teósofo!

DON LATINO: ¡Yo no sé lo que soy!

DON FILIBERTO: Lo creo.

DORIO DE GADEX: Un golfo madrileño.

DON LATINO: Dorio, no malgastes el ingenio, que todo se acaba. Entre amigos basta con sacar la petaca, se queda mejor. ¡Vaya, dame un pito!

Aunque Isis es más exuberante, tengo debilidad por otra de las canciones de Dinarama, Club de egipcios. Berlanga ejerció de artista minimal en esta ocasión: con breves toques, crea un universo de tijeras y bisturíes que sugiere asesinatos y quizá momificaciones o ritos sangrientos. La rutina o la muerte: un clásico.






martes, 22 de julio de 2008

La marca de Anubis


Somos griegos (o ni siquiera), pero nos soñamos egipcios, fauna viviente del Doble País. La momia que cobra vida, la maldición de Tuntankhamon, las fuerzas alienígenas o lovecraftianas que se esconden tras Pirámides y Esfinge, son los gérmenes más evidentes de este contagio, que no hace sino agravarse si uno logra desprenderse del Egipto de quiosco y accede a las maravillas realmente esotéricas (por ocultas) de aquel universo: el relato de Sinuhé, el diálogo de un desesperado y su alma, los cantos de arpista, Osiris desde el corazón del pájaro, los recovecos de la Duat (ese espacio soterraño que el Sol recorre en las horas nocturnas, arquetipo de todos los descensos al Averno, e inspiración más o menos oculta de tanto videojuego).

El Egipto pop limita con el esoterismo de quiosco, pero tiene una capacidad de ironía muy saludable, que lo rescata, al menos en parte, de tales enredos. Ambas cosas (el enlace y las tijeras) se aprecian bien en esta canción (y vídeo) de Los Iniciados, un grupo madrileño de los primeros 80, familiar evidente del Aviador Dro. Uno hubiera creído a Servando Carballar y los suyos, futuristas de opereta, incapaces de introducirse en la iconografía casi prehistórica de Anubis. De hecho, lo son, pero ahí está la gracia del intento: los sintetizadores, con sus secuencias y generadores de ruido blanco, logran sonar adecuadamente primitivos, rugosos, con una eficacia que costaría arrancarle a los instrumentos acústicos convencionales. La letra tiene algo de letanía versolibrista, aunque en realidad no se aleja del pulso octosílabo, almendra romance de las Españas.

El vídeo, muy casero, trasmite bien la idea de un ritual clandestino y precario, montado a vuelapluma. Tiene un saludable aire de época (ochentil, no faraónica) y predice, en cierto modo, las orgías atonales de Eyes wide shut.

En arte, lo vivo importa más que lo perfecto. Hay en esta creación, tan kitsch, una intuición de las posibilidades que da el matrimonio de contrarios. Retrospectivamente, parece que cualquiera podía hacerlo —pero de hecho nadie más lo hizo, ni se han dado más pasos en esa dirección.


viernes, 18 de julio de 2008

Autoreverse



El hombre minuciosamente triste
ultima sus contactos con el agua
donde tal vez le dejen disolverse.




miércoles, 16 de julio de 2008

Dulce niña del pasado


No olvidaré a Claudia Lars. Ayer, día nefasto, envié a Ultraversal, foro de poesía, uno de los primeros sonetos que escribí, por el año 90, más o menos. A los pocos minutos, alguien me preguntó a quién quería engañar enviando como cosa mía un soneto de esta famosa poetisa salvadoreña. Lo peor es que había pruebas, y prestigiosas, del plagio: una antología de sonetos cobijada por el Instituto Cervantes. Aún estoy digiriendo cómo un poema de uno puede acabar adjudicado a una autora ya difunta y antologado en página tan respetable. Peor aún: la antología en cuestión recoge, en realidad, dos sonetos míos a nombre de Lars y otros cinco como 'anónimos' (no sé si habrá por ahí alguno más, asignado a Benedetti o a Núñez de Arce).

El caso es que de tan extraña manera la señora Lars y yo hemos trabado amistad. Ha merecido el susto. Leyendo sus versos, encuentro este soneto, que yo no sabría escribir, pero me maravilla. Va por ti, Claudia.

Miré a la dulce niña del pasado
con piel ansiosa y con el ojo puro,
dibujando su forma contra el muro
donde el amor la había equivocado.

Era yo misma... cuerpo ya olvidado,
gesto de ayer y corazón seguro;
simple inocencia en el afán oscuro
y secreto del canto inaugurado.

Estaba allí, casual y sensitiva,
dueña del dardo y la manzana viva
en trémula quietud y extraño aliento.

Toqué su falda de vergel y danza,
entré en el corazón de la esperanza,
y recogí el engaño del momento.

(Para más inri, en otro de mis sonetos, no antologado por el Cervantes, aparece el sintagma 'dulce niña'. Al final tendrán, borgianamente, razón...)

martes, 15 de julio de 2008

Conclusiones


He explorado esta mano que solía tener.
La he hallado dispuesta a agarrarte de nuevo.
Lo que soy es un sitio, sólo un modo de andar.
No me importa morir cuando cierres los ojos.


sábado, 12 de julio de 2008

Bossa Nova. La historia y las historias


Más un mundo que un libro, los que frecuentamos el Nickjournal no podemos leer Bossa Nova. La historia y las historias, de Ruy Castro (Madrid: Turner, 2008), sin sentirnos conducidos por su traductor, José Antonio Montano. A su modo, todo Montano está aquí: desde la fobia a los acordeones —no siendo el de João Donato— hasta el fluir de la prosa, no siempre idiomática (un disco de oír para creer, p. 65), pero siempre achispada.

El héroe del libro, João Gilberto, mantiene una lucha enconada contra el mal gusto, una hidra cuyas cabezas (folclorismo, demagogia, chunda chunda) acaban seducidas por la canción del vate, moviéndose al compás de El Pato y la Garota de Ipanema. Inevitablemente, el triunfo de la Bossa Nova supone su trivialización —pero pocos movimientos han llegado a esa prueba tan bien protegidos por la autoironía y el as en la manga.

Aunque Ruy Castro promete objetividad (Los seres humanos, al igual que los vinilos, tenemos cara A y cara B, y se ha puesto el mayor empeño en mostrar las dos), hay protagonistas a los que se les perdona todo (Gilberto, Donato, Vinicius) y otras (pues suelen ser damas) que, tras la lectura del libro, uno preferiría mantener a prudente distancia (Elis Regina, Nara Leão). (Aunque nadie sale peor parado que Roberto Carlos: un ye-yé que intenta emular a Gilberto, no da el pego y se tranforma en un pastelón sin paliativos.)

La ambigüedad que mejor se trasmite es la de Jobim, genial, acomodaticio, consentidor, oportunista. Al final, la impresión que uno tenía antes de leer la obra (que Jobim es el gran compositor de esta música —y, de hecho, la trasciende) sale corroborada cum laude.

Por lo demás, el libro no tiene una hoja seca. Hay destellos a cada paso, como el descubrimiento de que, tantos años antes que el rock progresivo, hubo ya un Stan Kenton, paladín del progressive (jazz), injertando las audacias de la música 'clásica' en la música de masas, e irritando por igual a patricios y pebleyos.

Sin querer discutir la definición que el autor da del libro (la historia de una felicidad), el hecho de extender la crónica a las horas negras del género (al menos en Brasil) y no hurtar (aunque no entre en detalles) el declive de sus estrellas, muchas ya extintas, le da también un aire crepuscular y hasta enrabietado (¿Alguien recuerda cuándo la gente empezó a avergonzarse de la expresión «bossa nova» y se puso a sustituirla por «MPB» [Música popular brasileña]?). Sin embargo, la obra se cierra con una discografía que, además de parecer muy completa, celebra su propia victoria: las reediciones en CD indican que el interés por el género es cada vez mayor, y el libro (publicado por primera vez en 1990, pero revisado en el 2001) se atribuye, sin duda con razón, mérito en ello.

La cosecha de buenas canciones es tan amplia que cualquiera puede servir. De las muchas que no conocía, las que más me sorprendo tarareando son Chega de Saudade (que da título a la versión original del libro), compuesta por Jobim y Vinicius pero elevada a su máxima potencia por Gilberto, e Influência do Jazz, de Carlos Lyra. Opto por la menor (y menos conocida).




viernes, 11 de julio de 2008

Llegando hasta el final


Hay algo vivaz y malsano en esta canción. La música es perfecta, como sólo Carlos Berlanga sabía hacerla: melódica y cool, una suerte de Here, there and everywhere pasado por B52s. La letra es elusiva, un puzzle extraño. Comienza con una vibración numinosa que parece, retrospectivamente, propia de los primeros 80: Oigo los tambores sonando en el pueblo vecino. / Hablan de tiempos paganos, de ritos divinos. / Quiero que me lleves al río... (cf. Radio Futura: Hay / tribus ocultas cerca del río). Alaska da voz a una muchacha que (como aquella Christiane F., tan de la época, que acude a ver a Bowie y, bajo su hechizo, prueba por primera vez la heroína) se deja arrastrar por su amante a la autodestrucción: Quiero que me saques de quicio, / meterme de lleno en el mundo del vicio. / Vamos a pasarlo muy mal / llegando hasta el final. No falta un poco de color paranormal, inyectado en el escenario más cotidiano: Tú y yo / sentados de nuevo en un bar. / Me hablaste de cosas que nadie puede comprobar. Sexo, drogas, magia (negra): como en The End, de The Doors, el mensaje es a un tiempo ambiguo e inequívoco. El último juego de la infancia consiste en darle carpetazo, ir demasiado lejos, cruzar al otro lado de la puerta. Está en el Génesis: el prólogo de la historia es siempre el fin del Paraíso.

miércoles, 9 de julio de 2008

Heaven (Psychedelic Furs)


No me suelen gustar las neo-cosas. Como decía Paul McCartney, no se puede recalentar un soufflé. Pero no soy de piedra: cuando a medidados de los 80 se empezó a hablar de neopsicodelia no pude evitar afilar la oreja, gatunamente, y esperar, si no lo mejor, algo de bueno.

De entre aquellos grupos post-punk, uno llevaba el adjetivo psicodélico en el nombre. Por supuesto, en broma (los tiempos no hubieran aceptado otra cosa).

No he seguido la trayectoria de Las Pieles Psicodélicas (Psychedelic Furs), pero esta canción de 1984 justifica el nombre, el género y esa vaga esperanza mía de encontrar a Rumpelstiltskin.

Fiel a la experiencia psicodélica, el Cielo de estos versos no parece ultramundano. La letra lo sitúa en el Más Acá: el corazón al completo. Los reyes que rabian, incapaces de someter a sus súbditos, recuerdan a aquellos de Espronceda:

Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Por evitar la censura (o la obviedad) no hay pistas sobre la llave que abre este reino de lo instantáneo. De hecho, cabe una chufla sobre los bobos que intentan subirse al tren, que también tiene sus precedentes:

Silly people run around ,
they worry me and never ask me
why they don't get past my door.

Musicalmente, se vuelve a demostrar (como En los Días de En Medio) que dos acordes (de hecho, siempre los mismos: la subdominante, que nos lleva al otro lado del espejo, y la tónica, perfecto aquí y ahora) bastan para contener y sugerir contrastes y tránsitos.

Como en toda la buena música ochentil, no falta la conexión con los 60 y 70. Esta entrevista a Richard Butler, líder del grupo:

El Punk era como Pol Pot pretendiendo empezar desde el Año Cero, pero yo desde luego llevaba conmigo todo este otro bagaje. Como muchos ingleses, he sido fan de Bowie, Roxy Music, los New York Dolls y ese tipo de cosas. Y también Bob Dylan, desde que era crío.



martes, 8 de julio de 2008

En los Días de en Medio


The Cure fueron la primera banda ochentera que amé locamente, sin reservas. Esta canción en concreto valdría para convertir el agua en vino. Trasmuta los materiales más comunes (dos acordes obvios: tónica-subdominante; cuatro, si contamos el puente) en un perpetuum mobile arrasador, que sólo puede compararse, con ventaja, con el final de Hey Jude o la Escuela de Calor radiofutura.

Robert Smith no tenía un pasado progresivo detrás, como The Korgis, pero se ha ocupado de dejar clara su devoción por John Lennon, Nick Drake, David Bowie, The Doors y Jimi Hendrix a través de oportunos homenajes y colaboraciones. Con esas credenciales, es imposible negarle la entrada.


lunes, 7 de julio de 2008

Más antes que después, aprendes algo


Éstos eran de los míos. Lo supe porque lo supe, nada más oír las primeras notas de la canción (1980: ¡diez añitos!), pero lo comprobé años más tarde: detrás de los ochenteros The Korgis estaban los setenteros Stackridge, una banda de rock progresivo convenientemente alquimiada. Por lo que cuenta Michel Gondry, el director de Olvídate de mí (Eternal Sunshine of the Spotless Mind), a él le pasó lo que a mí: años y años intentando hablar de esta canción memorable con alguien y topándose con el silencio, como si nunca hubiera sucedido. Para la película (recomendada; ¡imprescindible!), Beck hizo una versión simpática, pero hoy toca rescatar el original, dotado (esta vez sí) de un clasicismo intemporal, cristalino.

(Más versiones y observaciones muy interesantes sobre el aire incompleto, suspendido, de la canción.)

domingo, 6 de julio de 2008

Pásame un ángel


Un mensajero, o sea. Árboles del espacio los llamó el poeta (de Ory, creo, aunque pudo ser Juan Larrea), trocando ramas por alas. Los nombres cambian (Hermes, Iris, démones, ángeles, extralurtarras —y hasta Yog-Sothoth, la Puerta, y Nyarlathothep, el Caos Reptante) pero la misión y las alas (en los pies o la espalda) permanecen.

Psicopompos, psicótropos, los ángeles entregan órdenes y avisos desconcertantes. Siempre yendo y viniendo, son las fuerzas de la excepción, el rostro amable (y terrible) del milagro. Se quedarían a tomar algo, pero desde aquella ocasión en Sodoma no beben si están de servicio —y toda su vida es un servicio, un hacer entre dos órbitas que los torna, quieran o no, agentes dobles, polinizadores, trasmisores de esporas. Aquella idea de Terence McKenna de que los hongos psilocibios son un visitante extraterrestre, gentil y paciente, es tal vez su penúltimo rostro.

Llaves emplumadas, cerrojos alados, son el camino que recorren y vedan (Iris, su arco), senda heraclítea arriba y abajo, una y la misma. Lo que tiene ángel (esa niña Virginia) no vence las dificultades: las obvia. Es aquel Grial de peso insoportable que, en la mano adecuada, cobra peso pluma, o ese otro andén 9 y ¾, que conduce a los niños a Hogwarts. Esporas, dije, y compruébese: plenos de sex-appeal, no sólo son asexuados, sino que difunden la fecundación asexual, la inmaculada concepción, el parto virgen.

Si en Homero las palabras son aladas, no nos extrañaría comprobar en algún gnóstico que los ángeles son vocablos de resonancia eterna, no ya mensajeros sino mensajes de Dios, cratofanías del Verbo, armónicos de la Nota inaudible, ondas de la Piedra Inmóvil que el Tiempo (un niño) arrojó a la laguna. Mensajes, dije, pero tal vez fonemas, vocalizaciones (Om), vagidos, la gota más lejana de aquella gayola que (hágase la luz) encendió la Vía Láctea. (De Ory: Los pájaros son pensamientos perfectos.)

Entrevistos, traslúcidos, más imprevistos que invisibles, los ángeles juegan con nuestros niños (amigos imaginarios, imágenes amigas, migas, genes) y montan guardia ante el Paraíso (el parque) que las hormonas y los adultos destruirán sin derecho a réplica. (De Ory, de nuevo: Ángeles, ángulos, angustia.)

Aquella época sin alma soñó con ángeles de diseño, señas en cierto modo de aquella era anterior (la psicodélica) que se había esfumado sin dejarlas. Son ángeles de mofa o de peluche, pero vuelan y muerden, traicioneros. Eurythmics compuso la oda por excelencia, pero siempre he preferido esta otra. La perpetraron en 1983 unos australianos, Real Life, justamente condenados al accidente angélico: tocar una vez la gloria (Stella Matutina) y caer en el olvido —lo que es lo mismo, recaer sin pausa en su único éxito.


sábado, 5 de julio de 2008

El Capitán de sus Entretelas


Como he explicado alguna vez, aunque los 80 fueron los años de mi adolescencia, crecí contra ellos, juramentado en la defensa de todo lo sesentero y setentil que había caído en desgracia, desde Love Me Do hasta el primer disco (único potable) de Medina Azahara. Como no hay resistencia perfecta, algo de lo bueno que se hacía me gustaba ya entonces (aunque no me gustara que me gustase). Me apetece rescatar algunos de esos guilty pleasures. Por un último prurito de dignidad, obvio los obvios (Dance into the Groove y cosas así) y rescato los esquinados.

Double eran (pero sólo ahora me entero) un dúo suizo. En el 85 publicaron su primer LP, Blue, y en él esta maravilla. La estrofa está bien, sin más, pero el estribillo, con ese piano travieso, es memorable. (No faltará quien oyendo esto ya se hubiera dado cuenta de hasta qué punto me sublivella.)