jueves, 6 de noviembre de 2008

La Demonesa


ἐλθούσης δὲ αὐτῆς πρός με εἶπον * αὐτῇ· «λέγε μοι σὺ τίς εἶ.» 4 δὲ ἕφη· «ἐγὼ ᾿Ονοσκελὶς καλοῦμαι, πνεῦμα σεσωματοποιημένον * φωλεῦον ἐπὶ τῆς γῆς».

3 Habiendo comparecido ante mí, le dije:
— Dime quién eres tú.

4 Ella dijo:
— Me llamo Onoscélide, espíritu hecho cuerpo, que tiene su cubil sobre la tierra
.



(Maeror Tri, Onoskelis)


sábado, 1 de noviembre de 2008

Visión nocturna


(Foto de Ryan Davis)

Las gafas con las que miraba
cómo te morías
se han vuelto tan brillantes
que he tenido
que perderlas.



jueves, 30 de octubre de 2008

La puerta verde


Me gustan todas las iniciativas que invitan a crear tejido, a cruzar referencias, sin aditivos ideológicos ni comerciales, porque sí y por si acaso. Ésta de Comunactivo busca reunir un millón de enlaces a blogs. Se inició en febrero de este año y suma ya 265 enlaces.

*

No sé si entre los lectores del blog habrá alguien que quiera entrar en Tuenti (¿qué habrá / tras esa puerta verde?), pero si es así, dos de ellos están de suerte. Pedid y se os concederá.




martes, 28 de octubre de 2008

Volver a sitios donde no he estado jamás


Me falta aire. Vivo como un burgués (en los días mejores, casi un hobbit), con la consiguiente desazón (como cantan los Siniestro, sólo los estúpidos / tienen la conciencia tranquila), y, a decir verdad, me siento a menudo como un pirata abandonado por su tripulación en una isla superpoblada en la que nadie juega a mi juego. Evocando a través de la música y los textos los 60/70, que no viví, siento una viva añoranza por aquellos tiempos en que magia, juego y barricadas venían a ser tres nombres de la misma diosa. ¡Quién se atrevería hoy a exorcizar, como Allen Ginsgberg, el Pentágono! La izquierda actual es políticamente correcta, puritana y hasta ñoña, y su idea de lo espiritual no pasa de un manual de buenos modales y comercio justo. Por otra parte, la búsqueda de la tradición perenne ha degenerado en un engañabobos (la Nueva Era) totalmente ombliguista: incluso los consumidores de enteógenos que he conocido parecían, en su mayoría, totalmente ajenos a la majestad de la experiencia que cortejaban (para ellos, un modo más de cebollón). Es verdad que nunca hemos tenido mejores ediciones de los clásicos de la subversión, pero todo queda en una partitura intransitiva, sin público ni intérprete. Se diría que las pocas mentes realmente inquietas viven en un revival del positivismo, con los consabidos extravíos del gusto. Si es así, de todo esto acabará rescatándonos un nuevo Rubén Darío —pero hay que ver lo que se hace esperar.

En los cromos de los 60 suele venir Woodstock, pero yo me quedo con Monterey. Country Joe & The Fish: (Not So Sweet) Martha Lorraine.



domingo, 26 de octubre de 2008

Hágase la luz

Se oía venir: en los 70, época maravillosa, tuvo que haber algún acercamiento entre la música tradicional griega y el rock progresivo. Este solo prodigioso de Yannis Spathas, del grupo Socrates (Drank the Conium), se grabó anteayer, en el 2005, aunque el tema ("Mountains") apareció por primera vez en Phos (Luz), un Lp de 1974. Vale: la parte final, cantada, ha envejecido un tanto —pero se llega a ella tras un recorrido tan satisfactorio que no apetece poner muchas pegas.


viernes, 24 de octubre de 2008

El barco ebrio


El mundo eligió a Mikis Theodorakis, y no cabe decir que se equivocara. Sin embargo, hay en las obras de este gran músico un sonsonete griego que bordea (a menudo por el borde de dentro) el tipismo, lo previsible. Manos Hatzidakis es (me parece a mí) un musicazo de calibre similar, pero menos casticista. Me enamoré de esta canción mucho antes de descubrir que era cosa suya (del Lp Athanasía, «Inmortalidad», 1976; canta Manolis Mitsias). Todo aquí es griego (la instrumentación, la atmósfera), pero pertenece también a un universo poético particular (y cosmopolita) nada trillado, donde los buzukis conviven felizmente con la guitarra clásica y el harpa. La letra, de Nikos Gatsos, es un homenaje a mi tocayo (sic) Arturo y su célebre barco borracho:

Arturo Rimbaud,
de noche iré yo
a bordo de tu barco siempre ebrio
bien lejos a abrir
un orbe infernal
que el mundo no podría entender nunca.

Angélicos jazmines,
escorpinas en la mugre
son nuestra heredad
y en las encrucijadas
tenebrosas siempre tú
combates con Satanás.

Arturo Rimbaud,
bien tarde iré yo,
el portal del Edén está cerrado.
El mundo es mitad
de la ira y el mal
y de la mano van los condenados.

Arturo Rimbaud,
me subiré a tu barco siempre ebrio.
Arturo Rimbaud,
a ver qué chispa se salvó y asciende.






miércoles, 22 de octubre de 2008

Sala Sala

Grecia me vuelve a borbotones. La tengo olvidada durante meses, pero cuando está, manda. Hay canciones que escuché unas pocas veces, de las que sólo recuerdo retazos, pero me torturan hasta que localizo la fuente. Ésta, que conoce muchas versiones (selecciono la que más se parece a mi recuerdo), es una de las más lindas. (Pero no me animo con la letra. Auxílieme quien pueda, σας παρακαλώ.)


domingo, 19 de octubre de 2008

Color de Roza


Para Rafa, que nos la descubrió, bien rosadita.

Canta el pobre, su pena canta, / no canta el rico. Así es. Pero siempre hay plenitud, opulencia en el canto: una riqueza soñada, una redistribución de sueños que viene a poner, en otro orden, las cosas en su sitio. No son razones nuevas, pero siempre refrescan. Pocas veces ha cantado el vicio con tanta alegría como en esta canción underground griega de principios del XX, de eso que llaman su blues particular (la rebétika) y que es todo un baile de ascuas y aceros. La letra es tan comprometida que en los últimos tiempos, para poder cantarla en televisiones y sitios así, los músicos del género han cambiado la coca y el hachís del original por el ouzo, un licor cabezón que no es menos dañino, pero todavía no está satanizado. Aquí van dos versiones fieles: la de Roza Eskenazy antañazo (años 30) y otra de antesdeayer, de unos coleguis grecoturcofranceses.

Don't try this at home, folks. (De todas formas, pleasure is never there. Se lo dice un amigo.)





Del ocaso al amanecer
le doy al vicio con placer,
el mundo pasa a mi poder
cuando respiro el polvo blanco.
El mundo todo es de mi propiedad
si pillo merca y me la trago
—y si me ve por ahí la autoridad,
echo tinta y me abro.

Con el colocón,
vaya vacilón,
te vuelves un rey, un dictador, un dios, un déspota.
Pruébalo y verás:
alucinarás
y verás el mundo todo de color de rosa.

La patria a mi nombre está
y risa da su adversidad,
tan sólo un pie le queda ya
para jugárnoslo a los dados.
Si un día llego a dictador,
reduciré el mundo a cenizas:
uno que sepa prender el narguilé
y otro que apague la cachimba.

Con el colocón,
vaya vacilón,
te vuelves un rey, un dictador, un dios, un déspota.
Pruébalo y verás:
alucinarás
y verás el mundo todo de color de rosa.


viernes, 17 de octubre de 2008

Danza de cortar cabezas


Cabezas de ajo, por ejemplo. Breve e intensa (43 segundos), esta danza podría ser obra de mi buen amigo Alfonso, cuyo estilo recuerda —y quizá fue él quien la tituló así. Por entonces (los primeros 90) andábamos todo el día tocando música modal, que tiene entre otras virtudes la de llevarte, por un rato, lejos de la modernidad y sus fastidios. Alfonso tenía tan interiorizada esa música que nunca sabías si lo que tocaba era invento del siglo XII o de esa misma mañana. Yo me inclinaba más por hacer pop (puro pop) con sabor modal, pero hice algunas incursiones en ese estilo atemporal. En nuestro particular concurso por sonar tan arcaico y anónimo como fuera posible, creo que ésta la gota que llegó más lejos (casi hasta el Epiro). Hace dos años tuve la suerte de tocar la pieza con Roshaim Abou-Assaei Rodríguez, una violinista extraordinaria, que captó a la perfección el aire de la pieza. Por desgracia, no grabamos su interpretación. Esta versión es la partitura misma (Monsieur Midí, pianista mecánico) —pero suena con nervio. ¿Me acompañan?



jueves, 16 de octubre de 2008

Mi Yanis, tu pañuelo


Uno escucha la música y es como si subiera la fiebre. No hay melodías, ritmos ni timbres como éstos del Epiro, una suerte de dub o trance ancestral que, si bien pertenece a este mundo, se diría antesala de cualquier otro. Dudaba si habría en la Red muestras de este virus, pero lo difícil es elegir. Que lo disfruten. ¡Opa!




martes, 14 de octubre de 2008

Vals


Una de las ventajas de estudiar solfeo es que uno se anima (con más voluntad que otra cosa) a intentar escribir lo que inventa. Del teclado a la partitura y viceversa, aquí va este Vals de Midi:




(Penúltimos pensamientos: desde que compuse el tema no hago más que darle vueltas a la partitura, razonando los bajos e introduciendo trinos donde procede. La pieza, modal ella, me suena de lo más cientovolandera y/o alexandrina, aunque (o porque) tiene ecos de She's Leaving Home —y acaso de Albéniz. Sinestesia mediante, yo escucho percusión: en la primera parte, mixolidia, un arpa de boca; en la segunda, frigia, unas racialísimas castañuelas.)



*

Versión resurrecta (13/11/2008).

lunes, 13 de octubre de 2008

Ayuntamiento


Leo en el periódico uno de esos chistes guarros de nacionalistas. En el ayuntamiento navarro de Villava, gobiernan los vasquistas de Nafarroa Bai, en coalición con ANV, y hacen notar su supremacía erigiendo una ikurriña máxima en la fachada del ayuntamiento. Insatisfechos con tal erección, colocan otra bandera bien adentro, desplegada frente a los miembros del partido contrario en la mesa de plenos. Los del PSOE entran al trapo colgando, justo enfrente, un póster to guapo de Iron Maiden, con Eddie abriendo boca en plan vagina dentata. El alcalde, quizá lector de Ferlosio, se siente vejado con el paralelismo: «Comparar a Iron Maiden con la ikurriña es una falta de respeto [de decoro, habrían dicho los neoclásicos], algo grotesco y patético. Ha muerto mucha gente por defender la ikurriña.» Tiene razón: aunque la jeta de Eddie recuerda más de cerca la cabeza cortada del enemigo (de la que ambas banderas, al fin, descienden), la ikurriña desprende un pestazo a carroña mucho más pronunciado. El concejal del PSOE ha estado ocurrente, pero sigue enredado en un concurso de gárgolas, a ver quién la tiene más homicida. Pero la guerra de verdad no es ésa. Ante un símbolo de Thánatos, habría que blandir uno de Eros. En vez de los dentazos de Eddie, los labios entrebiertos, hospitalarios, de alguna doncella en flor, dando amor y pidiendo guerra. A ver si cunde la idea y tanto baile de símbolos verdes acaba en un ayuntamiento de veras. Carnal, se entiende.

domingo, 12 de octubre de 2008

Al pasar la barca (II)


Al pasar la barca
me dijo el barquero:
Obsidiana blanca
y asfódelos negros.

Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de mí.

jueves, 9 de octubre de 2008

Un mundo sin LSD


Se propusieron borrar la LSD de la faz de la tierra. Un propósito baldío, como intentar llevarnos de vuelta a un mundo sin Marx ni Freud (en lo que también andan); pero en la superficie, al menos, no les va mal. En parte, porque muchas de las funciones que ejercía este fármaco (señal de identidad de una tribu urbana, agente desinhibidor en las relaciones entre miembros de la misma) han pasado a otras sustancias sintéticas. Muchas, pero entre ellas ninguna de las que sedujeron a intelectuales carentes de criterio ni prestigio como Albert Hofmann, Ernst Jünger o Aldous Huxley, o a terapeutas de probada ineficiencia, como Humphry Osmond. Este documental del canal Historia (tan objetivo y documentado que sólo cabe pensar que algún realizador independiente se lo ha colado a los responsables del canal) explora la conexión canadiense, que para mí, al menos, era casi desconocida. Muchos años antes de que Leary iniciara su peculiar cruzada (sobre cuyas luces y sombras aún no cabe hacer una valoración justa, me parece), durante los 50, Osmond y sus colegas trabajaron con rigor y apertura de miras las posibilidades de la mescalina y la LSD como psicomiméticos y agentes terapeuticos. Algunos de los logros (un 50% de éxitos en la terapia de alcohólicos, por ejemplo) son tan impresionantes que la reacción adversa de la psicoterapia convencional y el moralismo al uso (Alcohólicos Anónimos) se entiende demasiado bien. Los políticos conservadores (de prejuicios y desigualdades) se apuntaron sin vacilación a la demonización del fármaco, al que culparon, con los trazos gruesos de causalidad que les son propios, de la contestación juvenil contra la guerra del Vietnam y otras barbaries subvencionadas con dinero público. Con una mano (la de hierro) el poder procedió a la prohibición (incluso de la experimentación clínica), penando la elaboración, el tráfico, la tenencia y hasta el consumo; con la otra, de seda, más sibilina, se impulsó el componente trivial y autodestructivo de la cultura juvenil, promocionando el uso de la cocaína, la heroína y otros fármacos conformistas. Convertida en moda, de la psicodelia no queda mucho más que un conjunto de clichés banales e inofensivos: disfraces de jipi, pedales de wah-wah y delay y un par de minucias armónicas. Y sin embargo. Dejémoslo ahí. Y sin embargo.


www.Tu.tv

miércoles, 8 de octubre de 2008

Es tarde (el sol se va)


(Ciento Volando o Assahar, primeros 90.
De izquierda a derecha, Daniel, Caifás, Rafa y el que suscribe.)

Si pudiera localizarlo, pediría con gusto permiso al autor de estas canciones, Rafa o Rafalín (por diferenciarlo de Rafa Herrera), para publicarlas aquí, siendo sólo maquetas un tanto rudas; pero la vida nos ha mandado a parajes muy lejanos entre sí, sin contacto fácil. Invocando a san Google, introduzco el título de la última canción suya que recuerdo («Lexatinical D.G.») y bingo: de una tacada, resuelvo las iniciales (Donut Girl), averiguo el apellido que nunca supe (Rafael Nievas) y descubro que aquel camarada, con el que coincidí en alguna de las formaciones de Ciento Volando (o Assahar; ya no me acuerdo qué nombre usábamos entonces, cuando aún tocábamos con bajo y batería), tiene ahora un grupo indie profesional de lo más sabroso, Mardi Grass, madrileños de los que cantan en inglés, como el toledano Alfonso X solía hacerlo en gallego.

En los primeros 90, Rafa ya componía temas en inglés, con ritmos y melodías bien enraizados en los Kinks, los Who y Nirvana; pero no le hacía ascos al español. No he conseguido olvidar una canción de la que no conozco grabación alguna: «El Inglés», inverosímil como la vida misma, cuenta la historia de un coleguilla de barrio, graduado en Underground, al que le tocaron juntos, en una fiesta, todos los tripis que escondía su tarta de cumpleaños. Desde aquella ingesta brutal, dio en recorrer con su perra Luna el Parque Sur, embutido en sus vaqueros agujereados, y en versionar a los Stones desde el sótano de una carnicería. «En sus ojos claros / puedo ver que la vida le entusiasma. / Merece la pena / ver su rostro de satisfacción» (y aquí yo me empeñaba en citar el riff pertinente).

Rafa puso el punto final a La luna es un cofre que canta con dos canciones suyas en español, que bien podrían considerarse un single: «Sueños» y «Es tarde (el sol se va)». Aunque lo suyo siempre ha sido más el bajo, aquí se apañó con la guitarra acústica, doblándola en dos pistas, y ocupando las otras dos con la voz principal y los coros. Para no liar la cosa, lo llamaremos Ciento Volando, pero entiéndase que es él mismo en su mismidad solista, compositor, arreglista e intérprete. Teniendo en cuenta que (a decir verdad) Rafa y yo sólo nos entendíamos a ratos, me alegra que el empeño nos reuniera en torno a la mesa de mezclas, fijando aquel instante, estas canciones —y que ahora, mal que bien, se abra la oportunidad de volver a cambiar cromos.






martes, 7 de octubre de 2008

Caravana española (próxima parada, Asturias)


Llevo más de veinte años tocando la guitarra, y los últimos cinco o seis fantaseando con la idea de aprender en una academia de música algo, al menos, de lo mucho que ignoro. Al fin, este año ha sido. En las primeras clases, viejos amigos: Inés, Inés, Inesita, Inés y el tema inicial de Asturias, de Albéniz. Mientras negocio con mis dedos torpes, imagino al joven Robby Krieger, de The Doors, con el equivalente yanqui de mi manual para principiantes, desenredando las notas y adivinando en ellas la canción escondida.




lunes, 6 de octubre de 2008

Yo no sé cuál es mi nombre


Con razón no lo sabía. «Esto es Triana», dijo Rafa, y vive Dios (y su cuñao Lorenzo) que dio en el clavo, aunque en el momento me costó verlo. Otro caso de canción compuesta a tiempo para La luna es un cofre que canta, arreglada (sobre la marcha) sin los demás cientovolanderos y grabada en tiempo récord, para luego desaparecer sin rastro. El caso es que, oyéndola ahora, me gusta ese punteo medio flamenco que no se calla ni bajo el agua (punteo hormiguita) y me hace gracia el triángulo que trajo Luli y al que intenté desesperadamente sacar algún provecho sonoro (diré, en mi defensa, que no es el instrumento más versátil de la orquesta). Hay una parte de la letra que tampoco está mal. Adivinen.




domingo, 5 de octubre de 2008

Remember A Day


Cambio de tercio (no sólo de la luna vive el hombre). Escribí algunas cosas sobre Rick Wright, teclista de Pink Floyd, cuando estaba vivo, y no supe (quizá ni siquiera quise) añadir nada inteligente cuando falleció.

Ahora, he encontrado algo sobre lo que sí me apetece hablar: un vídeo grabado pocos días después (23/9/08) en el que su compañero Dave Gilmour toca en directo «Remember a Day», una de las pocas canciones que Wright compuso para el grupo, incluida en el segundo elepé de Pink Floyd, A Saucerful of Secrets (1967).

Miguel Ángel Velasco escribió versos memorables en La vida desatada sobre los supervivientes y el legado agridulce que arrastran. Habitados por los muertos cercanos, su presencia nos produce una sensación extraña: uno no sabe si eso es ya parte de uno o si se trata de un territorio anexo donde siempre estaremos de paso, en condición de invitados (o intrusos). Las 'creaciones' de los amigos perdidos son criaturas que nos han dejado en custodia, huérfanos que uno no puede resistirse a proteger y mimar, aunque nunca vaya a tratarlas con el acierto del autor.

Los grupos de los 60 son ya sesentones, y la situación se repite con frecuencia. Los artistas más concienciados no quieren saber nada del pasado, salvo en clave de Tzara: para descartar lo que ya se logró y elegir nuevos retos. Otros músicos, como Gilmour y McCartney, han asumido como legado la música de los amigos que ya no pueden tocarla (Wright, Lennon, Harrison) y la interpretan, pienso, no tanto como homenaje conmemorativo, sino como celebración de lo mucho que sigue vivo en aquellas propuestas.

No quiero caer en un juicio, que me llevaría por ejemplo a hablar mal de la búsqueda implacable emprendida por Robert Fripp, uno de mis artistas favoritos, enemigo feroz de la nostalgia; pero confieso mi simpatía por los segundos, los artistas que se saben supervivientes y beben sin reparo de esa experiencia propia y apropiada. En un artista menos dotado que Gilmour o McCartney (pienso en Álvaro Urquijo, que mantiene activos Los Secretos, con un repertorio basado en los hallazgos de su hermano muerto, Enrique), la fidelidad al patrimonio resulta una jugada obligada (la otra opción sería, verosímilmente, dejar la música, o al menos pasar al underground). A falta de otras opciones viables, la fidelidad al pasado no resulta per se objetable, pero tampoco emociona. Lo grande es que Gilmour, citado para presentar su ultimísimo disco, se pase la promoción por el forro y elija en cambio tocar una cara B de Wright de hace 41 años, simplemente porque lo amaba y le apetece darnos el gusto. (Y que lo haga tan bien, encima.)



sábado, 4 de octubre de 2008

Chuletón atonal


Como él mismo recordaba aquí hace unos días, a Carlos, no-músico, le tocó el honor de perpetrar ésta, la pieza más extrema de La luna es un cofre que canta. Si en otros momentos de la serie la superposición de textos y músicas sugiere la confusión paulatina de los tesoros escondidos en el cofre en un magma mixto (y algo hay de eso, también, al comienzo de este oratorio descreído), aquí la atonalidad y el pulso errático del teclado, que acelera y decelera a la Soft Machine, pintan un paisaje sin formas reconocibles, donde sólo sobrevive un elemento humano: la voz que recorre, hambrienta, el vacío.

A su modo, esto es música de vanguardia: vanguardia pop, claro, de la escuela de Revolution 9, What a Shame Mary Jane y Several species of small furry animals gathered together in a cave and grooving with a pict. No creo que Carlos me corrija si escribo que la huella pinkfloydiana es la más evidente: el lamento quebrado, como de fiera agonizante, recuerda los rugidos de Waters en Careful with that axe; otros devaneos de la voz son parientes próximos de las voces grabadas que pueblan ciertos momentos de The Dark Side of the Moon.

(Un detalle curioso: al principio del tema aparece la voz de Alfonso cantando uno de sus poemas. Digamos, quedándonos muy cortos, que cuando escuchó el invento —quise que fuera una sorpresa— sólo le faltó rebanarme el pescuezo. Sin embargo, yo creo que la superposición de los estilos de ambos, que se da también en la pieza inmediatamente anterior, funciona. De hecho, meses antes Alfonso había grabado con gusto una melodía de las suyas, modal y medievalizante, sobre otra improvisación ruidista de Carlos. Quizá, con la ira, olvidó el precedente.)




viernes, 3 de octubre de 2008

Ponme en tu ropa (y llévame a cualquier lugar)


Saber es recordar, dijo Platón. Inventar una canción y sacar de oído una que ya había son dos procesos tan semejantes que entre lo nuevo y lo viejo caben todo tipo de complicidades. Descartando los plagios deliberados, la casuística es amplia y sabrosa. Algunas canciones (demasiadas) no pasan de variaciones con repetición de clichés barajados hasta el asco: autor, la inercia (que no la tradición). Otras (Barrett: Interstellar Overdrive) se parecen tan vagamente al original en que se inspiran que no lo sabríamos sin la confesión de los implicados. Hay canciones memorables (Mc Cartney: Yesterday) que el autor-auditor recompone tras haberlas oído en sueños; y otras, en fin, (Harrison: My Sweet Lord) en las que una melodía ajena se presenta de incógnito y el autor la acepta como propia sin pedirle antecedentes penales.

El error de Harrison, muy disculpable, nos recuerda algo importante —no hay nada tan ajeno como la 'creación propia' cuando ésta se produce en condiciones óptimas: una Venus Atenea (sic) que se hace presente, armada o a punto de armarla, donde segundos antes no había más que una vaga sensación de inminencia.

Sé de qué hablo: I've had my share. A los quince años, aquella chica se rió lo suyo cuando me hizo notar que mi canción de amor, tan sentida, era en realidad la Marcha fúnebre de Chopin; más tarde, he tomado con mayor o menor conciencia melodías y acordes de Duncan Dhu, Bach, King Crimson y Caravan, y, de forma más general, he reconocido en lo que hacía manierismos de los Beatles, Antonio Vega y Enrique Urquijo.

Quitando el caso de Chopin, el préstamo nunca ha sido tan significativo que no pudiera entenderse como un homenaje, un punto de partida. Dani, que siempre llega más lejos, dio en componer una vez por su cuenta, casi nota por nota, Hotel California —y en esta canción, su segunda y última aportación a La luna es un cofre que canta, reinventó una de las canciones más conocidas de los Secretos.

(Se admiten apuestas. Por cierto que me sucede como con My Sweet Harrison: por un margen bastante amplio, prefiero la recreación al original. Ya me dirán si también es su caso.)




jueves, 2 de octubre de 2008

Corazón de agua pasada


Corazón de agua pasada,
nunca te conté esta historia:
los pañuelos que juntaban,
corazón de agua pasada,
mi garganta y tu memoria.

Las caricias preparadas,
sacapuntas y cejillas.
Ya estamos donde no hay nada;
las caricias preparadas,
atardezco en una silla.

¿A cuánto están hoy las noches?
Los pañuelos que te olvidas
ondean hoy por las esquinas
y enloquecen en tu nombre,
los pañuelos que te olvidas.

Qué jardín fuera tu abrazo.
Me despierto sin mis ojos
y el cansancio que recojo
me florece por las manos.

Se me acaban las palabras,
anochezco tan deprisa.
Cuídame bien la sonrisa,
hazte lluvia por mi espalda,
hazte lluvia por mi espalda.

(Al fondo de tu boca llueven piedras.
Tus ojos son, lo sé, bebida fría
del mismo material que la tormenta.
Nos amaron y nos aman los muertos,
es sólo una penumbra de la inercia.
Amémonos o no, rápido o lento,
un solo golpe mata la inocencia.
Y nada pasa y viene a nuestro lado,
y nadie viene a vernos ni a buscarnos.
Amor, amada, ya nos ha olvidado.
La noria de la muerte está girando.)


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Songfacts

1. El lenguaje del amor tiene muchos dialectos. Los actos fallidos son uno de ellos: objetos olvidados para que alguien nos encuentre.
2. Pañuelos, sacapuntas. Y aquellas cejillas caseras, hechas con lápices y gomas para recogerse el pelo.
3. Por aquellos años, Luli llegó y lo cambió todo. Por fortuna, sigue alterado.
4. Después de explicarle la idea de La luna es un cofre que canta, Daniel llegó a casa, grabó la canción (una de sus mejores) y nunca volvió, que yo recuerde, a tocarla. Nunca ha tenido arreglos ni se ha asomado a los conciertos.
5. Los versos del final formaban parte de las grabaciones 'deconstruidas'. Alfonso los grabó meses antes, sin que pudiéramos saber que acabarían en este contexto.
6. Aunque Alfonso grabó bastantes versos de su cosecha, éstos son de la mía, del inédito Retorno a los columpios (Un libro de cerveza y caramelos). Ya no recuerdo si yo le pedí que grabara algunos poemas de aquel libro (me encantaba cómo los recreaba) o fue idea suya.
7. Tercetos de un viejo soneto (posterior a Retorno, anterior a la canción): Rebosa el corazón de agua pasada / por esa piedra vasta de los años. / Destruye la verdad a quien la nombra. / La fuente del olvido por sus caños / derrama sólo sangre congelada. / Sal tú, mi niña roja, de la sombra.


martes, 30 de septiembre de 2008

La luna es un cofre que canta (#18)


Constató Félix de Azúa que hay cosas, como el sexo oral, que cada generación cree descubrir por primera vez en la historia. La cápsula del tiempo es, sin duda, una de ellas. Sin ir más lejos, pudo estar en la mente de aquellos desconocidos que, hace siglos, enterraron en Nag Hammadi los textos gnósticos, para que sobrevivieran (o no) a la estupidez fundamentalista del momento.

Como los 'cofres temáticos' enviados al espacio exterior, las cápsulas del tiempo, enviadas a un futuro lejano, suelen contener una muestra entre anecdótica y significativa de la sensibilidad e inteligencia de un grupo humano.

Retrospectivamente, miro la idea que tuvimos un grupo de amigos a mitad de los 90 (enterrar en un cofre, en un parque, un tesoro consistente en diarios personales, escritos, grabaciones) y reconozco que sólo la impaciencia nos singulariza un poco. No quisimos esperar a generaciones futuras: como buenos veinteañeros que éramos, un plazo de 20 años nos pareció más que suficiente para que lo enterrado resultara prehistórico.

Por desgracia, también dio tiempo y ocasión para que la alcaldía de Madrid, esa hormiguita incansable, metiera los dedos en la tierra y, en lo que trazaba vías subterráneas de riego, se llevara por delante nuestro cofre, para probable alborozo y jolgorio de los obreros que descubrieron el pastel. Quizás sí, quizás (por centímetros) no, pero muy probablemente. Ay.

No obstante, con ello descubrimos otro aspecto esencial de este tipo de rituales (en el fondo, como todos, religioso). La defenestración física del tesoro no pudo con el status del lugar como santuario del grupo, punto de celebración anual de lo mucho o poco que nos quede en común a aquellos conjurados.

Otro aspecto interesante del ritual es que la desaparición temporal de los tesoros enterrados entraba en conflicto con la era de la reproducción exacta en número indefinido (como canta Dylan, what cannot be imitated perfect must die). Para sacrificar debidamente las grabaciones de audio que enterré, comprendí que debía eliminar cualquier copia, asumiendo el riesgo de que veinte años después no hubiera nada que escuchar.

Durante unos días lidié con aquella autoexigencia, que a ratos me parecía absurda. Se trataba de grabaciones muy queridas, recitados de textos de casi todos nosotros y también algunas canciones. ¿Merecía la pena enterrar una única copia y renunciar por 20 años (quizá para siempre) a volver a oír todo aquello?

Por entonces, ignoraba que la muerte de uno de los amigos implicados poco tiempo después volvería la cuestión mucho más cenagosa. La Parca se lo llevó sin haber grabado sino una mínima parte de sus creaciones. De muchas de ellas, no hay otra copia que la que me disponía a entregar al azar.

Por fortuna, tertium datur. Podía destruir o conservar aquellas grabaciones, pero también deconstruirlas, alterarlas hasta convertirlas en otra cosa: una larga grabación que contendría pedazos de todo aquello, combinados con otras ocurrencias.

Encendí la mesa de mezclas Foster (cintas de cromo, cuatro pistas) y comencé a grabar sobre el material del sacrificio. Unas pistas desaparecieron sin más. Otras quedaron como fondo, o lo recibieron. A medida que los amigos músicos iban apareciendo por casa, el hechizo iba tejiéndose solo: la obra resultante no iría en la cápsula del tiempo, pero sería análoga a ella, ella misma un cofre cantarín donde materiales diversos, como si hubieran sido sujetos a una larga convivencia, habían acabado solapándose hasta formar un magma mágico.

Escuchando ahora todo el invento (acabo de pasarlo, CoolEdit mediante, a la era digital), lo encuentro desesperadamente privado, problemático para quienes no formen parte de la tribu. Pero es, al menos, una obra peculiar. Por limitaciones de tiempo, prácticas poco escrupulosas (regrabado, a veces múltiple, de las pistas) y el peculiar abandono que rigió el proceso, el sonido es decididamente oscuro: una epopeya en baja fidelidad. El micro, bien lo recuerdo, era pariente cercano de los que se usan en las tómbolas —pero las voces tienen, por eso mismo, un tono algo espectral que encaja bien con el propósito (sobrevenido) y la naturaleza de la música y los textos.

Creo que voy a traer estos días algunos de los cortes de la obra. Nunca mejor dicho lo de cortes, porque en muchos casos se trata de secuencias que se solapan: una música continúa sobre varios textos, o un texto recibe sucesivas capas sonoras.

Los dos instrumentales que he seleccionado en primer lugar son, en cierto modo, estudios, exploraciones amateur de técnicas clásicas: la variación y el juego de voces que se responden.

La pieza de hoy parte de un arpegio de guitarra, al que se le van adhiriendo un órgano, un piano y una segunda guitarra que puntea. El tono menor, fatalista, la extrañeza de la escala oriental y el dibujo repetitivo, hipnótico, crean una atmósfera opresiva y, sin embargo, juguetona: una muerte para piano de juguete.

(Ustedes dirán si la serie, lo mismo que el blog en general, tiene sentido. Los espero.)



jueves, 25 de septiembre de 2008

Viejo mundo


Va por Talín:
Omar Khayyam meets Camarón de la Isla.

Viejo mundo,
el caballo blanco y negro
del día y de la noche
atraviesa al galope
este triste palacio
donde cien príncipes soñaron con la gloria,
donde cien reyes soñaron con el amor
y se despertaron llorando.

Poquito de pan,
poquito de agua fresca,
la sombra de un árbol y tus ojos:
no hay sultán más feliz que yo
ni mendigo más probe.

Y el mundo, un grano de polvo en el espacio,
la ciencia de los hombres, palabras;
los pueblos,los animales
y las flores de los siete climas
son sombras de la mañana

Quiero al amante que gime de felicidad
y desprecio al hipócrita que reza una plegaria.



miércoles, 24 de septiembre de 2008

Soledades


Hundídose ha la luna;
también las Pléyades; media
la noche, y pasa la hora:
pero yo duermo sola .
(Safo de Mitilene)

Porque duerme sola el agua
amanece helada
(versos populares españoles).

Que non dormiré sola, non,
sola y sin amor
(Cancionero).

La niña que los amores ha
sola ¿cómo dormirá?
(Espejo de enamorados).

¡Si viniese ahora,
ahora que estoy sola!
(Luis de Góngora).

Amor,
¿por qué no has venido amor
esta noche y la pasada
estando la noche clara
y el caminito andador?
Sabiendo que te esperaba.
(Fandango).



domingo, 21 de septiembre de 2008

Despedidas


La música es la luz de los ciegos.
(Juan Manuel Roca)

Bebe, serranillo, bebe
agua de esta calavera,
que puede ser que algún día
otro de la tuya beba.
(Romance de la Serrana de la Vera)


En la Grecia arcaica era costumbre acompañar el canto con la lira (de ahí que hablemos de lírica). Por su parte, los egipcios utilizaban a menudo el arpa para entonar sus versos —tejiendo así los cantos de arpista, cuya música, por desgracia, sólo podemos suponer.

En las pinturas y esculturas egipcias se representa a menudo a los arpistas como personas ciegas. La imagen nos recuerda que los invidentes han tenido un papel muy importante en el desarrollo del arte poética y musical: según la tradición, Homero era ciego. Santa Cecilia, patrona de la música, lo es también de los ciegos. Su propio nombre significa cieguita (diminutivo del latín caeca, «ciega» —raíz también del nombre Sheila). En España fue tradición hasta bien entrado el siglo XX que algunos ciegos se ganaran la vida recorriendo los pueblos e interpretando romances o coplas de ciego, historias truculentas o divertidas, con profusión de asesinatos y pasiones violentas. Joaquín Rodrigo, Ray Charles y el reverendo Gary Davis, entre otros, bailaron también a ciegas.

A los arpistas egipcios se les llamaba para que cantasen cuando moría una persona importante y sus familiares y amigos querían honrar su recuerdo con un banquete funerario. Sus canciones contenían, como es lógico, un lamento por el difunto y por la fugacidad de la vida en general; pero también servían para animar a disfrutar de la vida a los que seguían en este mundo.

Según parece, los cantos de arpista se interpretaban también en fiestas profanas. En este caso no había familiares de luto a los que consolar, pero el mensaje venía a ser el mismo: hermano, bebe, / que la vida es breve. Vive duro y a lo loco, / que la vida dura muy poco. Heródoto nos describe una de estas fiestas:

En los banquetes de gente pudiente, cuando se levantan de la mesa, un hombre hace circular por el comedor un ataúd con un muerto de madera dentro, que es la reproducción exacta, en pintura y en trabajo de talla, de un hombre vivo: su estatura es de uno o dos codos. Lo va mostrando a cada uno de los comensales y le dice: «Míralo, y come y bebe y diviértete, pues cuando hayas muerto serás como éste». Sí, esto es lo que hacen en sus banquetes. (Historia 4. 78)

La canción de arpista que sigue es la más antigua que conocemos. Se la conoce como Canto de Intef o Antef, porque se compuso con ocasión de la muerte de un rey así llamado. Probablemente es una obra del Primer Período Intermedio (2263-2160), una época de transición entre el Imperio Antiguo y el Imperio Medio, durante la cual no hubo un faraón que gobernara todo Egipto, sino que éste quedó dividido en múltiples territorios gobernados por reyes o caciques. Fue un periodo incierto de hambre, enfermedades y violencia en que se disparó la mortalidad: nadie estaba seguro de llegar vivo a la puesta de sol.

Todo fue bien con este noble príncipe.
Su día terminó,
cumplido queda su feliz destino.
Perece una generación y pasa
mientras las otras siguen, como antaño.
Los dioses de otro tiempo
duermen en sus pirámides,
sus momias y sus almas
reposan en sus tumbas.
Se hicieron edificios,
mas no quedan ni sus emplazamientos.
¿Qué vino a ser de ellos?
He oído las razones de Imhotep y Hordyedef
cabalmente expresadas
en sus exposiciones,
mas ¿y sus edificios?
Arruinados yacen hoy sus muros,
sus lugares no existen,
igual que los que nunca han existido.
De allí nadie regresa
que cuente cómo son y qué les pasa
para dar fin a nuestras inquietudes
antes de que partamos
adonde ya se fueron.
Alivia ya tu corazón,
no pienses más en eso,
pues eso es lo que vuelve
los corazones débiles.
Busca tu propio bien.
Sigue a tu corazón, pues estás vivo,
pon mirra en tu cabeza, viste de fino lino
ungido con la ofrenda de los divinos óleos.
Haz que tu bienestar vaya a mejor
y deja que tu corazón se canse
en pos de tu deseo y de tu dicha.
Actúa en este mundo según tu voluntad
pues puede que te llegue el día del lamento,
cuando tu corazón, ya fatigado,
no escuchará a los que lloren por ti:
y no podrán salvarlo
sus llantos de la tumba.
Recuerda: pasa un día de fiesta sin fatiga.
A nadie le es posible
llevarse sus riquezas;
los que se fueron, nunca
podrán volver de nuevo.


jueves, 11 de septiembre de 2008

Vestido azul



Tu mano azul en préstamo fugaz.
Son normas del dolor. La biblioteca
redonda de tu amor cierra sus piernas:
las copas bajas de los cementerios,
los largos lagrimales del regreso.
No hay vino que beber que no nos mate.

*

De los hoy desconocidos, el grupo español de los 60 que más me gusta son Shelly y la Nueva Generación. Me da por pensar que a la chica de la Oreja de Van Gogh, que de voz anda sobrada, le hubiera encartado (y encantado) ser la venezolana Shelly y cantar esta canción plena de soul. Los temas son los mismos (qué mona estoy de azul, qué guay es mi chico), pero la música aporta un contrapunto emotivo, una profundidad efervescente, que lo cambia todo. Entre erupciones de órgano Hammond, flujos de guitarra y pulsos del bajo, no vemos a Shelly: nos sentimos, por un rato, esa chica que se siente la niña más feúcha de la avenida, hasta que el mar y la primavera invaden la calle.

De todos los colores, es el más lindo
y gracias al azul conocí a mi chico.
Vestido azul,
del color que tiene el mar.
Vestido azul
en un día primaveral.




*


El hechizo del azul es un clásico rocker. Desde la otra orilla (del sexo y el tiempo), lo cantaron, en los 80, Los Rebeldes:

El suelo tenía el color de la muerte.
Alguien dijo "esto es algo corriente".
Miraba perdido a mi alrededor
hasta que una voz llamó mi atención
y allí estabas tú,
vestida de azul.

En las canciones de Shelly y los Rebeldes, se toca la tela (hasta se huele la humedad del vestido). El clásico definitivo es más etéreo: el azul de regreso a su reino (próxima estación: la luna).

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Javier Bergia: 25 años


Casi 25 años llevo ya escuchando a Javier Bergia, desde los días de Media Naranja y este concierto en TVE. ¿Tiene Bergia 25 canciones inolvidables, que justifiquen cada uno de estos años de fan fatal? Yo diría que sí —pero 12, a lo olímpico, pueden bastar por ahora. Ateniéndonos a lo que la Red recoge:
  1. Media naranja
  2. La lluvia me gusta
  3. Ausencia
  4. Recoletos
  5. Nunca te dije (también en directo)
  6. De aquellos años verdes 
  7. Dos kilómetros de paciencia
  8. El colegio de Alvarito
  9. Noche infinita y breve
  10. La leyenda y el cuento
  11. Melancolía
  12. Dulces años (con Ismael Serrano, que no, pero vale)
(Más «25 años», claro:)



martes, 9 de septiembre de 2008

A Occidente le huelen los pies


Hasta 120 discos de música psicodélica y progresiva española nos ofrece (es un decir) Pepe García Lloret en este libro, coeditado por la revista Zona de Obras y la madre SGAE: Psicodelia, hippies y underground en España (1965-1980), 2006. Es un decir porque, precisamente, libros como éste ponen de manifiesto el desfase entre lo que realmente necesitamos y lo que la industria sigue ofreciéndonos. Es absurdo que uno vaya leyendo sobre las excelencias de tal o cual canción (desconocida en principio: en eso está la gracia) y no haya un CD anexo donde podamos ir escuchando el material correspondiente. No es, por supuesto, culpa del autor, que bastante hace con traernos este muestrario de rarezas; y se comprende la dificultad que supondría reunir material de múltiples casas de discos, muchas de las cuales ni siquiera existen ya. Pero lo cierto es que el libro pide ese CD (a falta del mismo, ¿qué nos sugiere la SGAE? ¿Recorrernos las tiendas de segunda mano hasta hallar un ejemplar audible de un single de 1971? ¿Esperar una década o dos a ver si algún avispado pone a la venta, con cuentagotas, parte del tesoro?)

En fin. Respecto a la música en sí, en la medida en que se deja encontrar en Youtube o Goear, o en las disquerías al uso, hay mucho material de saldo (Los Salvajes, Los Pasos y unos cuantos más son infumables, sin atenuantes), pero no faltan los hallazgos. La lista de discos, en orden cronológico, se abre en 1965 con The Canaries (de lo peor: cuánto músico para tan poco gusto) y acaba en 1980, con La Romántica Banda Local. Entre medias, además de la era dorada del rock progresivo español (Smash, Máquina!, Triana), adorable pero más o menos conocida, se ocultan gemas como el «Lamento de Gaitas» de los Archiduques (delirio soul-folk, con un jovencísimo Tino Casal) y la versión surf (para entendernos) de «La danza del fuego» de Falla perpetrada por Los Relámpagos.

De la Romántica apenas me acordaba, y es un descubrimiento que vale el libro. Por mi casa circuló su single «Los borrachos son gente inquebrantable», con una portada gloriosa (Los borrachos, de Velázquez). Descubro ahora que además de «Los borrachos» y «No me gusta el rock» compusieron también la banda sonora de Tú estás loco, Briones, una película totalmente marciana que estaría bien volver a ver, y que su cantante es Carlos Faraco, que solía (¿suele?) hacer miniaturas maravillosas (píldoras) en Radio 3.

La música de la Romántica, como la de Vainica Doble, remite a una época en que se podía ejercer el buen humor y ser un músico competente, y viceversa, sin la seriedad pretenciosa de algunos virtuosos setenteros ni la zafiedad instrumental de los punkarras y nuevaoleros que vinieron después.

Es una pena que no haya, de momento, ninguna actuación suya en Youtube. Goear, al menos, nos trae cuatro cortes: «Introducción», «Los borrachos son gente inquebrantable», «El bus» y «Esto es una farsa». Si se animan, cuéntenme que tal la experiencia.









miércoles, 3 de septiembre de 2008

OK Computer


Cortázar nos explicó el proceso. Con el tiempo, no sólo percibimos menos, sino que procesamos con mayor pereza lo que llega hasta nosotros. Todo nos suena a ya oído (no me fío de ti, ya oí / eso en algún lugar y no / te lo has aprendido bien). El desencanto nos arroja lejos de todo cuanto (también en nosotros) pudo alguna vez merecer la pena. Un punto más allá (disonancia cognitiva) nos espera el disfraz de la zorra vegana y sus uvas: resignarnos a nuestra enanez y renunciar, por si acaso, a dar saltos.

En mi caso, la tendencia a hallar insulsa la música pop posterior a 1975 no es, principalmente, nostalgia de la adolescencia (tenía 5 años cuando palmó el atiplado, y gran parte de la música que amo se publicó antes de mi nacimiento). No obstante, sí fue en los primeros 80 cuanto mi gusto se decantó contra el punk, el tecno y la nueva ola, y favor de todo cuanto sonara lisérgico y pagano. Sigo fiel a esa opción, pero, con la advertencia de don Julio muy presente, no he retirado la antena: muy de vez en cuando, encuentro canciones que no juegan al revival de los 60-70 y logran, sin embargo o por eso mismo, emocionarme.

La lista es breve, pero sigue abierta. Hay sitio para los 80 (The Cure, Radio Futura, diez canciones de Nacha Pop y Los Secretos; algunas hojas del árbol de Joshua) y los 90-00 (Nirvana, Beck, Radiohead, Los Planetas, Los Piratas, Sigur Ros, una muestra de Le Mans y La Buena Vida).

A Radiohead, en especial, he tardado en acercarme. Sólo ahora me adentro en OK Computer (que me llega combinado, en modo random, con la Orquesta de las Nubes de Suso Saiz; funciona). Hay algo de los Beatles aquí («Sexy Sadie» avanza, subrepticia, por «Karma Police»), aromas también de Pink Floyd (alta fidelidad: relojería y aire acondicionado) y King Crimson (esas melodías en letra gótica), pero todo tan trascendido y recolocado como pueda estar la música de los 40 y 50 en Sgt. Pepper's. Radiohead no se prueba ropa usada: partiendo del angst nirvanero, su música alcanza una complejidad similar al rock progresivo, pero cristaliza en un paisaje totalmente distinto. Su épica es despojada, fría: la sentimentalidad, que está, tiene un tono autoparódico, fatalista y un punto gay (quizá a lo que más recuerda OK Computer es a la enorme IA, de Spielberg-Kubrick; las fechas, grosso modo, coinciden).

Dicen que lo que sigue (Kid A) es mejor aún, y en lo anterior hay más de una joya, como «Creep». Veremos.


martes, 2 de septiembre de 2008

No quiero verte madre


Rubén fue Campoamor. Lo olvidamos, claro, porque llegó a ser Rubén (el autor de Azul y las maravillas que lo siguieron), pero Abrojos (1887), publicado a los 20, es una sucesión de apuntes prosaicos, voluntariamente fríos. Algún paladar estragado habrá que la prefiera (por cool) a la poesía posterior de Darío.

Entre la mala yerba, no falta la flor venenosa. Pienso que hoy nadie tendría el cuajo de escribir (y publicar) estos versos. De ahí su fuerza.

No quiero verte madre,
dulce morena.
Muy cerca de tu casa
tienes acequia,
y es bien sabido
que no nadan los hombres
recién nacidos.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Mas que nada


Tras Jobim y João Gilberto, cualquier músico parece pequeño. Sin embargo, Jorge Ben (Jor) es inmenso. Pocos acordes, pero qué bien elegidos y dispuestos. La música pop pocas veces ha alcanzado la perfección de este Mas que nada, que el primer Santana debió escuchar con devoción. Siguiendo el hilo que va del original (un tanto expresionista) a las versiones del Tamba Trio y Carlos Mendes se observa, además, el despegue del arreglo, que en la versión de Mendes y sus chicas es ya insuperable, puro acierto de principio a fin. No es extraño que el autor, obligado a convivir con su primer éxito, haya acabado dándole unas vueltas un tanto extrañas (sin llegar nunca a los aberros de Dylan, de los que habría que hablar otro día). En cualquier caso, reducida a voz y guitarra sigue siendo una maravilla. ¡Pensar que Ben, encima, se guardaba Pais Tropical y la Tabla de Esmeraldas! Palabras mayores. Un genio. A descubrirse.








lunes, 25 de agosto de 2008

Normalización lingüística


Entonces los bretones se trasladaron a Rennes, villa que tomaron sin esfuerzo alguno, pues no la encontraron ocupada más que por mujeres: los galos, que habían oído hablar de la crueldad de los bretones que habían acabado con la vida de su rey, no osaron quedarse y emprendieron la huida. De igual modo, los bretones tomaron la ciudad de Nantes, la de Vannes y la de Léon, así como todas las demás fortalezas, todos los burgos y todas las aldeas de Armórica. Dieron muerte a todos los hombres y a todos los jóvenes que se encontraban en la región. Sin embargo, perdonaron la vida a las mujeres y las niñas, pues querían casarse con ellas y repoblar Armórica con su linaje. Pero les cortaron la lengua a todas ellas de manera que sus hijos no pudieran hablar otra lengua que la de sus padres. Y es desde entonces que se habla la misma lengua en la isla de Bretaña y en Armórica.

(Jean Markale, El nacimiento del rey Arturo,
Barcelona: Ediciones de Bolsillo, 1999, pág. 81)


lunes, 18 de agosto de 2008

La flor de la noche (redux)


Esta semana tuve por fin noticia del estreno de Pasión, la obra de García Calvo que montaron unos amigos en el IES Dolores Ibarruri de Fuenlabrada. Parece que, a pesar de cierto apresuramiento, la cosa fue bien. Al final, no utilizaron nuestra versión de La flor de la noche. La sin par Ana Leal entonó en su lugar esta melodía de su invención, galana también y más apropiada al caso, con ecos de Alfonso (y de Chicho; y aun de Vainica Doble).

domingo, 17 de agosto de 2008

My Name is Death


Soy el amante
que nunca se muestra,
muda en cada instante
mi sombra siniestra.
(Valle)

And fairy-stories held me high, canta Syd Barrett. La música (aquella música milagrosa) cumple la misma función. El hallazgo de hoy es esta pieza de la Incredible String Band, reconstruida con gusto y acribía por Dulcimerea. Que la disfruten.


lunes, 11 de agosto de 2008

Se busca. (Nos buscan.)


Lo que nos espera: quien ha de encontrarnos,
ya se ha colocado en un lugar de nuestro camino.
(Mei)

Nos esconden algo. Lo esencial. No creo que esta sensación me haya dejado nunca. En cualquier caso, cuando está, posee tal viveza que, por contraste, cualquier tiempo empleado en otra guerra parece muerto, perdido.

Nos dicen, por ejemplo, que los años sesenta (que no vivimos) fueron una época de experimentación, de la que sólo importan sus logros y números rojos. La verdad es que en aquella quincena (que no década) se abrieron tantas puertas, tantas brechas, que a los especialistas en mantenimiento les resulta difícil desde entonces mantener estable, creíble, la imagen pública del mundo, eso que García Calvo suele llamar la Realidad.

Si en cualquier supermercado cultural se nos ofrece, mezclado con las obras de los más vendidos, material potencialmente subversivo, hay que pensar que no es sólo por confianza en la operación mágica (si puedo compra-venderlo, es mercancía: sus intenciones originales son irrelevantes), sino por disimulo. La censura es un mecanismo obsoleto, contraproducente. Al mercado sólo puede convenirle como generadora de una oferta y demanda ilegales, a la que no le faltan ventajas: beneficios sin impuestos, largas listas de infractores a los que, cuando resulte oportuno por otras razones, se podrá privar de sus derechos. Si lo que podría prohibirse no es un producto de atracción masiva, resulta más barato tolerarlo y limitarse a desincentivar su producción y consumo.

Es así, pienso, como puede estar a la venta un libro como éste, Las dos manos de Dios, de Alan Watts (Barcelona: Kairós, 2ª ed., 1995). En un mundo al que han regresado (inconcebiblemente) las dos plagas presesentiles (los cientificistas inmunes al numen y los creyentes del monótono-teísmo), estas palabras de Watts son revelación y, por tanto, blasfemia. Benditas sean.
Cuando el polvo desaparece ante nuestros ojos, vemos que los dioses y demonios somos los seres humanos mismos, no cuando actuamos en el asunto de poca monta de la vida mundana, sino en las grandes situaciones y dramas arquetípicos de los mitos. Los dioses son los arquetipos, pero existen perpetuamente encarnados en nosotros mismos. En la visión mítica, los hombres aparecen como encarnaciones de los dioses arquetípicos porque aparece el significado pleno y eterno de lo que están haciendo. No sólo están ganándose la vida y manteniendo a una familia o realizando sus aficiones, están desempeñando, con variaciones innumerables, el drama cósmico del escondite, de lo perdido y encontrado, que es, tal como intentaré demostrar más adelante, el argumento único detrás de todos los argumentos.