miércoles, 25 de febrero de 2009

Otro Lorca


Me crié con los versos de Federico García Lorca (en la eficaz antología de Mauro Armiño, en EDAF), y sus Canciones, de 1927, son mi libro de poesía favorito. Confieso, pues, que siempre he seguido con interés cuanto de lorquiano caía en mis manos; sin embargo, nunca he encontrado un análisis convincente de su obra, al estilo del que Carlos Bousoño logró hacer con Machado y Aleixandre, que me parece (casi) definitivo.

He buscado en vano en los prólogos de las sucesivas ediciones que he podido consultar de los libros más importantes del autor, por interesantes que fueran desde un punto de vista biográfico; y también en bodrios como Símbolo y simbología en F. G. Lorca, de M. A. Arango, uno de los libros más lamentables que hayan caído en mis manos.

Como soy de natural optimista, no he desesperado de encontrar antes o después el análisis que echaba de menos. ¿Quizá en el ámbito universitario, en revistas especializadas?

Durante mi visita a la Casa del Libro he encontrado un pequeño volumen, Estudios sobre la poesía de Lorca (Istmo, 2005), que da una buena perspectiva del problema. El editor literario, Luis Fernández Cifuentes, ha reunido con buen criterio una veintena de los estudios más interesantes sobre Lorca publicados en revistas y libros colectivos (buena parte de ellos, en inglés) en los años 80 y 90. La selección no se guía sólo por criterios de excelencia, sino que ofrece una visión panorámica, completa, de las principales corrientes de análisis que se han ensayado sobre (o contra) Lorca.

Es interesante comprobar en las primeras páginas del libro que el editor tiene serios reparos sobre al menos una de ellas, la que podríamos llamar mitologizante, representada aquí por un estudio de Manuel Alvar sobre los cuatro elementos en Lorca. No sin razón, argumenta Cifuentes que localizar en la obra de Lorca ciertas continuidades con la cosmovisión, entre tradicional y esotérica, de un Cornelio Agrippa, sin ser inútil, supone en el mejor de los casos un paso previo a la verdadera tarea, que es examinar qué uso da Lorca a esos materiales y qué transformaciones experimentan en su nuevo contexto. El estudio de Alvar, muy alejado de otros intentos más burdos en el mismo sentido (como el citado de Arango), contiene suficientes reservas y observaciones sagaces para merecer una defensa inmediata: si es cierto que muestra sólo un aspecto de la poesía de Lorca, es injusto decir por ello que la simplifica (salvo en el sentido técnico, que Cifuentes le reprocha, de quedarse con los valores simbólicos más insistentes, que permiten una certeza mayor, y obviar los excepcionales: lo que parece sensato desde su acercamiento, aunque en otro sentido, como indica el editor, puedan ser las anomalías las más dignas de atención).

El libro ofrece en cierta dosis lo que yo echaba de menos, pero da testimonio también de la dificultad de la tarea. Con cierto sentido del humor, Roberta Ann Quance escribe (p. 103) que

Las Canciones de Lorca (1927) siempre han recibido elogios de la crítica, pero también, en la mayor parte de los casos, han escapado a todo lo que no sea un análisis general.


Aunque la autora sugiere como causa de esta escasez la heterogeneidad del libro, que habría desanimado a los analistas, ella misma se ocupa de deshacer la coartada destacando las líneas de fuerza del libro: el conflicto entre el deseo y la muerte, la construcción deliberada de enigmas (mediante narraciones llenas de lagunas, en las que se eluden conscientemente elementos esenciales de la trama) y (añadiríamos) un sentido general de 'lo menor' (poemas y versos breves, exploración del imaginario infantil, melancolía propia de la escala menor, tono engañosamente familiar, jovial e intrascendente).

Pienso que la naturaleza enigmática de muchos de estos poemas (no sólo de Canciones, sino de los libros emparentados con ellas: Primeras Canciones, Suites), y el correspondiente miedo al fracaso, tiene mucho que ver con la falta de voluntarios. Si malo es confesar que el sentido del poema se nos escapa, peor es arriesgar una interpretación que no acaba de convencernos.

Sobre uno de los poemas más enigmáticos, que abordan con diversa fortuna varios de los articulistas, volveré en extenso en la próxima entrada. Quisiera terminar ésta indicando que el Lorca que nos presentan los mejores analistas del volumen tiene poco que ver con el poeta mágico, profesor y dueño de los cinco sentidos, que mi lectura infantil me dejó grabado.

Este Lorca, para mí novedoso, es un poeta metafísico, cuya oscuridad (y 'magia') proviene sobre todo de una condensación autorreferencial cada vez mayor: imágenes y conceptos que aparecen expresados de manera convencional en sus primeros poemarios (sobre todo en el primero, el adolescente Libro de poemas), se dan por supuestos en los posteriores. Así, si en Canciones el valor simbólico del verde aparece expresado con bastante claridad (es el verde de la fruta verde, agria y fría, asociada a la Luna), en el Romance Sonámbulo es ya un puro mantra, 'verde que te quiero verde', que resulta imposible dilucidar sin recurrir a un contexto más amplio que el del poema o el propio Romancero Gitano.

Por otra parte, en la medida en que el enigma es resoluble, lo que se oculta en él, según estos analistas, es dolor y desasosiego: la muerte como límite y destino de las pasiones y el absurdo, el vacío, como sentido último de la actividad poética. Después de todo, ésta no es sino un intento baldío de construirse otro rostro, huir de la propia identidad sexual, que Lorca, traumatizado por su educación, nunca acaba de aceptar, acosado por el asco y el remordimiento.

Como lectores atentos de Lorca no faltarán, incluso en el petit comité de los lectores de este blog, me permito preguntarles (preguntaros) qué os parece esta visión del poeta: si coincide o no, y en qué medida, con lo que vosotros habéis sentido al leerlo. ¿Podría ser?

martes, 24 de febrero de 2009

De compras


La Casa del Libro de Gran Vía, en Madrid, no es lo que era. Sigue siendo impresionante, desde luego —pero en la sección de Filología e Idiomas del sótano se notan, por desgracia, los nuevos aires. De la sección de Filología Clásica, que aunque desordenada guardaba muchos tesoros, quedan cuatro gramáticas y libros de ejercicios. Los familiares tomos amarillos de la sección de Hispánicas de Gredos también son historia. Como siempre, el cambio se entiende demasiado bien: los libros de aprendizaje de idiomas ganan terreno porque se venden como churros; para mantener el fondo, como se solía, había que aceptar que de muchos libros, prestigiosos pero minoritarios, no se vendieran ejemplares durante días o semanas. No todo es malo: el sótano alberga ahora una sección de comics nada desdeñable. Batman contra Hjemslev. Supongo que no hay color.

*

A tres pasos de la Casa del Libro, la disquería Melocotón, tarro de las esencias del rock de los 60 y 70, la psicodelia y el rock progresivo. Un lugar donde la mera conversación de quienes te atienden, y de los clientes habituales, te ilustra más que cincuenta programas de Radio 3 en sus buenos tiempos. Como en un tebeo de la Marvel, desfilan superhéroes y villanos. Entre los primeros, Los Ángeles (de los que acabo comprando un disco), King Crimson, Deep Purple, los Stones —y en el debe, mentados con pinzas, los reyes de la Movida: Aviador Dro, Derribos Arias, los Pegamoides. Medito sobre el triunfo de estos últimos: aunque vilipendiados, okupan su espacio obligado en la conversación de los doctos. Tras repasar unos minutos, me pregunto: ¿habrá alguna joya que esta gente no conozca? Les pongo a prueba: ¿La Conferencia Secreta del Toto's Bar, de los Shakers? Salgo con una edición italiana que recoge en un solo CD el Sgt. Pepper's uruguayo y otro disco posterior del grupo, menor pero reconfortante. Todos los discos son carísimos, eso sí. Underground para gente solvente.

sábado, 21 de febrero de 2009

Cuando Sam encontró a Rosa


Tolkien tuvo alguna vez el sueño de que otros autores colaboraran con él en la exploración de la Tierra Media. No conozco nadie que se haya acercado más a ese ideal que el maestro Bungo Bolsón (Alejandro Murgia, en la saga Realidad), a quien debemos joyas como El troll de dos cabezas. Hoy, a través de la longeva lista Tolkien, ha hecho pública su última contribución medioterráquea: La aguja en el pajar.

jueves, 19 de febrero de 2009

martes, 17 de febrero de 2009

Pop modal


Leí hace tiempo una entrevista a Suzanne Vega en la que daba un consejo a los músicos que empiezan: insistid en lo peculiar. Buscad en vuestro repertorio aquellas canciones que resultan más originales, aunque sean las que la gente encuentra más difíciles de digerir, y avanzad en esa dirección, sin concesiones. Os aguarde el éxito o el fracaso, el viaje habrá merecido la pena.

Confieso que me molesta no haber hecho a Vega todo el caso que merecía. Cuando mi grupo, los Ciento Volando, tuvimos oportunidad de grabar en un estudio, en condiciones (semi)profesionales, no elegimos lo más esotérico, sino lo que nos pareció, sin dejar de ser propio, más accesible. Fuera quedaron casi todos los ejemplos de lo que a veces llamo pop modal (o, como dice el buen Rafa, canciones de arte y ensayo).

Oyendo ahora ésta me sorprende no haberla acercado antes. Creo saber por qué: precisamente por lo ambicioso del arreglo, se notan más las deficiencias de la interpretación, el ensayo y la grabación. Pero en fin. Si alguna vez hemos estado cerca de sonar como la Incredible String Band, habrá sido aquí.

La grabación es relativamente reciente, pero la canción es del siglo pasado. Quien haya paseado por el parque del Retiro una mañana de sábado o domingo, en busca de todo y nada, quizá reconozca el paisaje: las aguas sucias del lago, las lectoras de manos y cartas, la música modal que enmudece, maga, los relojes.




lunes, 16 de febrero de 2009

domingo, 15 de febrero de 2009

Como vivimos tiempos de crisis


¡Qué grandes los Leño! Número 1 en Radio Gabriel (y en la Comunidad de Madrid, esperemos), Que tire la toalla (en el Punto Limpio más próximo).




viernes, 13 de febrero de 2009

Estados alterados de inocencia


Una de las excentricidades de Robert Fripp, guitarrista de King Crimson y maestro, directo o no, de muchos guitarristas, es que desde hace años toca (y enseña a tocar) el instrumento con una afinación alternativa, en la que casi ninguna cuerda tiene la altura tonal que esperaríamos.

En realidad, con cambiar la altura de una sola cuerda (lo pienso ahora porque para tocar la música de vihuela de Luis de Milán hay que alterar la tercera, bajándola de sol a fa sostenido) basta para alterar de forma notable el horizonte de expectativas de instrumento e instrumentistas. No sólo los acordes habituales, que estamos hartos de oír, exigen posiciones distintas: lo esencial es que las posturas a las que estamos acostumbrados generan acordes distintos, más interesantes. Así, la que normalmente daría un soso mi menor se convierte en un acorde de novena, ni mayor ni menor, del que ha desaparecido la tercera. De un solo traspiés, hemos entrado en el reino de Debussy y los impresionistas.

Pienso que lo mismo tiene que ser aplicable a cualquier otro arte, y acaso a la vida misma. Lo primero que acude a mi memoria son esos experimentos de los vanguardistas franceses que escribían textos sin alguna de las vocales. Demasiado mecánico, pienso. El condicionante métrico (tanto el del ritmo en sí como el de la rima) se aproxima más al efecto que buscamos: una limitación de las posturas posibles que, sin embargo, introduce en ellas un efecto embriagador de eco y simetría, como si el lenguaje, por esa mera operación, hubiera cambiado de tono o de octava.

En la vida cotidiana, en las acciones que no consideramos artísticas, un leve toque también es suficiente para alterar la percepción. La opción más obvia son las sustancias psicoactivas, pero probablemente haya caminos más sutiles e igualmente válidos. La obligación de preparar cada día una entrada para el blog, por ejemplo, que respeté durante algo más de un año, cambia de manera significativa la relación con la escritura y con el mundo: te convierte en un fotógrafo o antólogo que permanece todo el día al acecho del elemento insólito (una reflexión, un verso, una canción, una imagen...) que merece la pena salvar y compartir con otras personas. Crea, de hecho, un lazo con las personas que siguen el blog, y muy especialmente con las que andan enredadas en la misma magia.

No he sido capaz de mantener esa disciplina (ni ninguna otra, bien es cierto) por mucho tiempo, pero atesoro la experiencia como una prueba más de que el camino hacia Otra Parte comienza por un simple paso, cualquier paso: desafinar una cuerda, templar un endecasílabo, aceptar el reto de una rima en -ol. Si Natura ama esconderse, como avisó Heráclito, es porque le gusta jugar al escondite: y retribuye siempre a quienes emprenden la búsqueda.




martes, 10 de febrero de 2009

Desencuentros


Veo a mis amigos tan satisfechos con su ateísmo militante, a lo Dawkins, que me resulta un tanto violento decirles lo que pienso (y ellos, buena gente, me lo perdonan fingiendo que no me han oído). No veo en su no-Dios otra cosa que la última depuración del Dios cada vez más uno y abstracto de la tradición judeocristiana: en sus pensamientos está firmemente instalado un Dios al que niegan jurisdicción, vigencia, pero que es en definitiva el mismo Dios de quienes rezan el rosario. Por mi parte, no recuerdo haber creído nunca en tal cosa. Educado en un entorno pagano, medio griego medio egipcio, los dioses nunca han sido para mí hipótesis incomprobables en las que creer, sino patrones útiles de interpretación de la experiencia. No tiene sentido creer (ni dejar de creer) en lo que, simplemente, está ahí. Por decirlo con Hillman, la mitología fue la psicología de nuestros antepasados; pero sólo en la misma medida en que la psicología es nuestra mitología. Hay una paradoja, que Jung parece haber entendido mejor que nadie, en nuestra relación con los dioses: quien se esfuerza en conocerlos, gana cierto margen de maniobra respecto a sus mandatos y caprichos, al volver éstos conscientes; por el contrario, a quien niega su presencia se le cuelan por la despensa, en forma de abstracciones y principios, y acaban siendo celosos creyentes en la Ciencia, la Objetividad o el Laicismo, a los que cualquier atisbo de lo sagrado como experiencia (de lo pagano, en fin: una religiosidad ni abstracta ni reaccionaria) les displace enormemente. Para ellos (vuelta al positivismo y a Frazer), la religión es falsa ciencia, creencia y prejuicio: ven sólo el adocenamiento, fenómeno indudable pero secundario —se les escapa la experiencia visionaria, mística, que está en el origen de cuantos fenómenos religiosos podemos rastrear, y que en el mejor de los casos, si sale a colación, reducirán a patología: delirio y fantaseo. Citando a Krahe, hablamos otro idioma —o al menos, el que tenemos nos permite incomunicarnos con una perfección sorprendente.

jueves, 5 de febrero de 2009

Epílogo de un sueño


The dream is over, cantaba Lennon, precursor como siempre, en 1970. Tres años más tarde, Pink Floyd le hacían los coros: The time is gone, the song is overthought I'd something more to say. Tema quedaba, desde luego; pero la puerta empezaba a cerrarse. Para finales de los 70, el rock progresivo, el art rock y demás géneros soñadores se habían quedado sin aire. Por supuesto, en esas mismas fechas no eran dos ni tres los grupos interesantes de esta línea que llevaban años ensayando y empezaban a tocar el cielo. Muchos no llegaron a grabar, y otros lo hicieron a título testimonial. Ahora, la marea digital remueve algunos tesoros escondidos, y es inevitable maldecir a la historia del pop y sus modas. En este disco de 1979 de los holandeses Avalanche (que ha regalado al mundo este blog), no hay fórmula ni cliché: todo es frescura, aunque algo melancólica. En los temas largos, la guitarra eléctrica fluye y se encrespa; en esta miniatura folk es la flauta las que cuenta su historia sobre un tejido de guitarra española y batería (de la de cocina). Hay ecos de Julia Dream y, créanme, de Ciento Volando. O será al revés. Como sea.





miércoles, 4 de febrero de 2009

El pobre Jimmy Wilson


Una historia sin moraleja, gentileza de The Strawbs (1967):

Tenía Jimmy Wilson
un ojo de cristal,
tal lo veía yo,
y a veces, al hablar, se trabucaba
y echaba muy de menos por las noches
una novieta y no veía cómo
meterle mano al tema,
el pobre Jimmy Wilson.

Los chicos de la escuela, todos ellos
le solían chinchar —y yo el primero,
aunque fuera mi amigo; allí en el cole
siempre estábamos juntos.
Raro era el día que no lo veía
al pobre Jimmy Wilson.

Solía dar paseos por su cuenta
sin nadie a quien hablar,
paseaba por el parque
hasta que oscurecía
sintiéndose en extremo diminuto.

Un domingo que estaba allí sentado
en el parque, serían ya las cinco,
apareció una dama,
una completa desconocida
que quería llevarse al joven Jimmy,
al pobre Jimmy Wilson.

Lo cierto es que tenía mucha labia
y resultaba muy acogedora
así que allí se fue
y la dama, que se sentía sola,
le invitó a tomar té
y desde entonces fue su amiga fiel.
¡Ah, pobre Jimmy Wilson!





martes, 3 de febrero de 2009

Daisy Lady


La canción de Almendra que nos sugería Josepepe en su comentario a la entrada anterior me ha recordado otra joya de los 70. A finales de la década, Alan Stivell grabó un disco doble conceptual, de grato recuerdo, sobre la Isla por excelencia, Tir Na Nog (sin duda esa misma always island de la que hablaban la Incredible en El Círculo Intacto); pero en 1971 ya había un dúo irlandés que se había adelantado a explorar sus costas. Tir Na Nog, formado por Sonny Condell y Leo O'Kelly, publicaron ese año su primer LP, homónimo. Una de las canciones, bien linda, habla del reino del Más Allá; pero la gana en frescura esta joya acústica, urbana y más terrenal, que se diría compuesta por un McCartney apto para diabéticos. No encuentro la letra, pero se entiende bastante bien: no iba a ser el profesor Higgins el único en enamorarse de una florista. Como cantaban los goliardos, Oh, Oh, totus floreo! Iam amore virginali totus ardeo! (¡Oh, oh, florezco todo! Ya en amor virginal todo ardo.)

También en este caso podemos contrastar la versión original con la de unos Tir Na Nog ya talluditos (paciencia hasta que empiezan, en el 1:00) —con otra más, de Celine Carroll y Siobhan Lennon (buenos apellidos) como bonus track.

lunes, 2 de febrero de 2009

Más largo que el Ciruela (Los Shakers)


Como observó Carlos Bousoño, no hay razones para pensar que la proporción de personas con talento artístico varíe significativamente de una generación a otra; y sin embargo, eso es lo que parece cuando paramos la vista en determinadas épocas de esplendor, como la década de los 60. Bousoño explica la paradoja a partir de la estética: en determinadas coordenadas del gusto, el talento que podría florecer calla o da sólo vagas muestras de su potencial, sometido a las cortapisas de una normativa (o un mercado) de vía estrecha. Otras veces (pocas), todo es invitación al riesgo, y con él al acierto.

En los 60 (a eso iba) tuvimos por un tiempo lo mejor de dos mundos: la orfebrería puramente pop y la exploración underground. Canciones como Strawberry Fields Forever o White Rabbit sonaban en los clubs más soterraños (y aun emanaban directamente de ellos), pero no se encontraban tampoco a disgusto en la cima de las listas de éxitos.

Aquella apertura generalizada a lo desconocido no se detuvo en el Primer Mundo. En Uruguay, un grupo llamado Los Shakers se especializó en hacer todo lo contrario que, entre nosotros, Los Mustang. En vez de servirnos a los Beatles descafeinados, cebaron el mate con esencias beat y candombe y dieron forma a un repertorio propio que quita el sentido.

Buenos desde el principio, en su disco La Conferencia secreta del Toto's Bar, de 1968, alcanzan la excelencia: no tuvo el Sargento Pimienta mejor continuación, que yo sepa, en ningún disco del mundo.

La maravilla no fue bien entendida por la discográfica ni el público, y Los Shakers se disolvieron en su mejor momento. En España nunca he oído hablar de ellos, aunque imagino que Diego Manrique o Juan de Pablos, un suponer, les habrán dedicado más de un programa.

De las canciones del disco, todas buenas, ésta es mi favorita —y nos da pie a contrastar a Los Shakers del 68 con los del siglo XXI, ya abuelitos, reunidos hace nada (2005) para revivir lo logrado y estrenar nuevas canciones. El arreglo del bandoneón, entre otros detalles, es asombroso. Quien tuvo, retuvo. Benditos sean.







sábado, 31 de enero de 2009

El Círculo Intacto

Gracias a la tecnología y a cierta constancia, son días de felices reencuentros. Para los amigos que nunca dejaron de serlo, va esta canción de la Incredible String Band.





Cambian las estaciones
y llueve sangre helada.
Os he estado esperando
más allá de los años
y sobre el horizonte,
hermanos de lo eterno,
distingo vuestra estela
que acude a este reencuentro.

Es hora: construyamos
la nave del futuro
siguiendo el viejo plano
que sabe viajar lejos.
Partamos a la Isla
de Siempre, naveguemos
por mares de partida
y estrellas de verano.

Cambian las estaciones
y sigue la mirada.
Hermanas de ojos hondos,
¿qué veo? ¿Sois vosotras?
Semillas de belleza
lleváis en vuestro vientre
de niños no nacidos,
alegres y sin leyes.

Dentro de vuestros dedos
devanan ya las Parcas
el hilo siempre sacro
del amarillo grano.
Dispersos fuimos cuando
cayó la larga noche.
En la mañana blanca,
de nuevo conversamos.


viernes, 30 de enero de 2009

La Serrana de la Vera


El romance tradicional de la Serrana, que ya corría en tiempos de Lope, sigue muy vivo en la zona que lo vio nacer, entre Garganta y Piornal. Guadalupe Alegre, vecina y amiga, lo canta con una melodía simple pero preciosa —un hilo de oro que, con las libertades de costumbre, viene a sonar así.





*


Caramba. Como diría Espada, cortesías. Me agrada que Elena Medel me considere un factor de riesgo. Lo soy; para mí, al menos.

miércoles, 28 de enero de 2009

La Ciudad Sumergida (redux)


Vieja melodía, nuevo arreglo. La tesitura es para dos guitarras, aunque Monsieur Midi, pianista invitado, hace los honores.



martes, 27 de enero de 2009

Tarde de agosto (mi amiga mejor)


Otra pequeña canción (aquí, instrumental) a tiempo de vals. La letra, en tinta invisible, dice así:

Cuándo ha de ser,
dónde he de perder
lo que más quiera.
Carne de abril,
rosa sin fin,
dulce y traicionera.

Tarde de agosto,
mi amiga mejor,
baila conmigo
este buen rock'n roll.





viernes, 23 de enero de 2009

Patio Maravillas


Está a punto de caer el Patio Maravillas, en Madrid, uno de esos espacios muertos que la gente convierte en poco tiempo en útiles y entrañables. Acerco los enlaces de varios medios y el testimonio de Ricardo, buen amigo, que ha sido usuario del Patio y conoce bien cómo funciona.


Este cuento se acabó, el cuento que ha sido el Patio Maravillas durante año y medio.

De nido de ratas a centro social. Libreteca (préstamo/intercambio de libros + sala de lectura), Fotopatio (grupo de fotografía social), Chikiasamblea (ludoteca + apoyo escolar a niños), Hacklab, el restaurante vegeta con terracita nocturna para cenar al fresco en Madrid por 6 euros, BAH (bajo el asfalto está la huerta, unos piraos que compran terrenos rústicos y los cultivan en plan ecológico, son más de 300), taller de cuerda (música de cámara, si no tenías violín ellos te prestaban uno para que ensayaras en casa), asistencia legal a inmigrantes, taller de rap magrebí (toma ya), grupo de literatura horizontal (sea lo que sea eso) y, por supuesto, el coro. Y os hablo sólo de los grupos que conozco Directamente. Y, claro, todos gratuitos y todos formados por gente de todas las edades (creedme que todas) y pelaje social. Uno tiende a pensar en los okupas como chavales con cresta y chupa con clavos, pero yo he visto de todo, de rastas a pajaritas (y no es coña), de 6 años a unos 60. Parados, camareros, albañiles, doctores en biología, profesores de conservatorio que dan clases por la cara, editores de libros de texto, abogados y hasta un ingeniero de instrumentación espacial.

Ayer la gente terminaba de sacar las cosas (libros, ordenatas, pianos, lámparas de mesa, colchones...) y preparaba la resistencia. Cortaban travesaños aquí y allá y convertían lo que había sido su casa (vivían allí unas 20 personas, en unas aulas decoradas como hogares) en una sucesión de barricadas y vías de escape. No plantean una lucha numantina, tan sólo que el desalojo dure lo suficiente como para que llegue la prensa. Y entre martillazos y soldadores y maestros de la radial, los compañeros se despedían, macuto en mano (los hay ya con juicios pendientes por otras ocupaciones y no pueden arriesgarse más) y otros llegaban a echar un cable la última noche. No me dejéis ponerme muy sentimental, pero tenían todos un gesto de saber que las próximas horas serían muy largas, que aquel cuento se había acabado y que tan sólo quedaba la gran traca final. Alguien con pendientes por todas partes explicaba a un grupo que había que tener muy claro que la policía siempre entra a hostias, que lo de sacar a la gente por los sobacos y los tobillos sólo pasa en las pelis y que lo primero suele ser una patada en los riñones. "Hay que saber lo que se viene encima y aguantar... o apoyar desde la calle". Apoyar desde la calle, como he hecho yo y un montón más de gente del barrio, aplaudiendo, cantando y coreando consignas... y preguntándome por qué no estoy ahí dentro, defendiendo lo que ha sido la casa más mágica del barrio desde que llegué a la calle de la Palma hace un año.

Cuando me he venido aún no había llegado la policía (lo harán cuando se hayan ido todos los medios, por eso es importante resistir hasta que regresen... si regresan). En V. me espera una reunión, un seminario y unos bonitos chorros de telemetría en los que leer cosas fascinantes y maravillosas. Maravillosas. Como el Patio Maravillas.

Habrá otros patios, otras ocupaciones y más gente lista que sepa sacar de una escombrera cultura, sueños y libertad. Este cuento se ha acabado, pero no se vayan todavía, aún hay más.

Buena suerte.




miércoles, 21 de enero de 2009

La casa encantada


Vivimos, y eso es todo, siendo nada:
las llaves de una casa abandonada.

*

Los más escépticos de entre nosotros habitan una casa encantada.
(André Breton)





Charlotte sometimes

*

Teoría de las nueve



sábado, 17 de enero de 2009

Soluciones


—Ha sido horrible. Ayer murieron trece personas. Por suerte, hemos tomado medidas.

—Me alegro. ¿Han sido efectivas?
—Por supuesto. Hoy llevamos mil —y subiendo.

miércoles, 14 de enero de 2009

In Averno


Cuando la memoria me lo permite, retomo al despertarme los caminos del sueño. Es un momento difícil: todo tira en ese instante hacia la ducha, que arrastra consigo los restos de la noche y nos bautiza para la jornada laboral. El yo recién despierto es mal cómplice (por necesidad) del juego que acaba de abandonar: aunque desfilen ante él algunas briznas del sueño, suele descartarlas con fastidio. Un segundo después, ya no están.

Hoy, sin embargo, he recordado las imágenes y me he detenido unos minutos a dialogar con ellas. La historia venía de más lejos (siempre es el caso), pero se vuelve reconocible a partir de una alfombra roja en la que alguien acaba de morir, en algún país oriental. A muchos kilómetros de distancia, un grupo de policías dialogan en un bosque urbano de farolas. Hablan del crimen. A un costado, un hombre borroso sostiene en la mano un vaso de plástico con café. Es Peter Falk, Colombo, envejecido de forma extraña. Su cara no es particularmente decrépita, pero está descolorida, casi en blanco y negro. Mirándole, tienes la sensación de que se trata de una foto fija, estática: sin embargo, un segundo más tarde oyes su voz y compruebas que, sin que tú sorprendieras el giro, se ha movido. Falk interviene en la conversación para explicar que el rojo de la alfombra es una añagaza, que disimula el tóxico también rojo vertido en ella. En un momento determinado, tiende su vaso de café a uno de los policías más jóvenes, que se aparta del corro y muere abrasado, los dedos pegados al vaso, sin decidirse a llamar la atención sobre su agonía.

En el sueño soy el compañero de Falk, un policía más joven. A veces veo las cosas desde los ojos de este personaje; otras, le observo desde la nada, como si fuera su sombra. En la siguiente secuencia, Falk está en la barra de un bar, custodiando un vaso de ginebra. El bar es en realidad un chiringuito playero, o al menos callejero, abierto al tránsito, sin paredes. Afuera luce el sol, pero el local tiene la profundidad oscura de un chiringuito de madrugada. Miro a Falk y pienso lo que todo el mundo: tiene un problema serio con la bebida. Sin embargo, a diferencia de todo el mundo, yo sé que el problema es más y menos que eso, una fachada que permite a las ventanas menos visibles del edificio observar, sin ser vistas, las calles.

Oigo a Falk hablar con la camarera, aunque apenas sorprendo su movimiento. Hace un comentario salaz sobre una mujer (la camarera, pienso). Ésta ríe con soltura, sin ofenderse, pero Falk se dirige a mí, corrigiéndome:

—¿No es ésa tu ex-mujer, Benja?

Y lo es. A unos metros del bar (ya invisible) hay una plaza cuadrada, con dos edificios que se observan frente a frente, inmóviles. Uno podría ser un colegio, el otro un internado o residencia. De uno a otro, las colegialas fluyen en animado flujo. P. es una de ellas: el pelo largo y negro recogido con una goma, la falda de cuadros. Sé que no quiere saber nada de mí, pero desde alguna parte Falk me anima a insistir, y lo hago por dos veces. La primera, me acerco a ella cuando está a punto de entrar al internado. Enojada, se aparta (o me aparta con un gesto cuya fuerza, sin tocarme, me arroja a varios metros de distancia). Sin embargo, poco después está saliendo de nuevo del colegio, rumbo a la misma puerta. Yo ya no soy yo: me observo desde cierta distancia y veo cómo arrojo a P. una pelota. Aún enojada, ella se la pasa a la compañera con la que va hablando y ambas llegan hasta la puerta, pero ya dentro me tiran la bola, y al final acaban saliendo a jugar conmigo. No oigo la conversación pero siento la tensión que se va disolviendo, hasta que al final somos, como entonces, dos alegres compañeros de juegos y entramos juntos en la Residencia.

El portero no quiere dejarme entrar, pero P. aclara la situación: es cierto que yo no tengo derecho a pasar (me falta el carnet), pero ella sí lo tiene a llevarme. Cruzamos el Umbral y compruebo que la puerta conduce en realidad a la cabina de un ascensor, bastante amplia. No recuerdo que pulsemos ningún botón, pero el ascensor inicia el descenso, que no tarda mucho en volverse mareante. Parece que alguien ha cortado el cable y caemos a plomo, en caída libre. Sin embargo, poco antes de llegar el traqueteo desaparece, y el aterrizaje es plácido, como en un cojín mullido.

Hemos llegado. Estamos en el Averno, el Soterraño: el Metro. La estación se llama Chasey Lane, o Cytherea. Toda la línea tiene nombres de heteras o actrices porno. La estación tiene tres andenes: dos laterales y uno central. Por este último aparece Cytherea arrastrando, sin demasiado esfuerzo, una red cargada con bloques de piedra. Los va disponiendo de modo que formen (simbólicamente: como quien dibuja en una página unos puntos que hay que unir con la imaginación) una nave. Los galeotes de la misma son sus partenaires en el número sexual que van a montar: unos garañones con indumentaria sádica, terriblemente sumisos en realidad a su presunta víctima.

De uno de los extremos del andén central parte una escalera mecánica. En realidad, son varias: dos o tres que suben y otras tantas que bajan, pero mezcladas sin criterio discernible. Nuestra atención se desplaza del número de Cytherea a la obra de teatro callejero que va a tener lugar en las escaleras mecánicas, y de la cual oímos hablar, confusamente, a la gente. Se trata de un encuentro entre la señora número cinco (a la que todos llaman Carlota) y Don Muerte. Pronto somos espectadores tan próximos que nos hemos integrado en el reparto. Como no sabemos dónde empieza y acaba la obra, subimos escaleras arriba y volvemos a bajarlas en compañía de un grupo de jubilados aficionados a este tipo de funciones. Son vejetes típicos, de media sonrisa entre apacible y aviesa. Tardo en comprender que el más anodino de ellos, un tipo con aspecto de acomodador, es en realidad la Muerte (o más bien, pienso ya despierto, Caronte).

La obra que esperaba ver es en realidad un diálogo que debe tener lugar en el último tramo de la escalera, entre Carlota y Caronte. Los viejetes van hablando sobre ese famoso diálogo, que incluye preguntas y respuestas ya clásicas, pero ellos se libran muy mucho de contestarlas, y por eso llegan indemnes al final del viaje y desaparecen. Pronto estoy solo con Caronte, de nuevo escaleras arriba. Uno de los tramos laterales está en obras, y puedo ver la maquinaria: pese a la apariencia metálica, se trata en realidad de láminas de madera, agrupadas de tres en tres para formar rodillos, como aquellos que, según se cuenta, servían a los esclavos de las Pirámides para arrastrar enormes piedras.

Pregunto a Caronte si las demás entradas al Averno son también estaciones de Metro como éstas. La charla del vejete es interesante, pero escurridiza y fría, como un pescado. Me dice que sólo en Grecia había cien entradas conocidas al Hades, y que al menos diez de ellas tienen esta equipación, completa. En lo que charlamos, me conduce a una de las salidas (o entradas). Es un vestíbulo polvoriento, abandonado, cuyas puertas chirrían. Todo parece a punto de derrumbarse, o está derrumbándose de hecho, pero con un ritmo pausado. El derrumbe, siempre incompleto, está en los planos —forma parte de la estructura.

Salimos al exterior: la boca del Metro da a un gran espacio, un soportal bajo una enorme cúpula. Ya no voy solo con Caronte. Me acompaña otro viajero, un chico joven y fornido que podría bien ser algún amigo de aquéllos. La sensación de derrumbe y locura se intensifica, y de pronto Caronte, con una agilidad impensable, echa a correr y desaparece por una bocacalle. Se oye el ruido de un tranvía que se acerca (las vías atraviesan el suelo de aquella plaza). Aunque intento disuadirle, mi compañero se sube a una enorme moto roja que parte rugiente, rumbo a un accidente seguro. Yo salgo del espacio protegido por la cúpula y me acerco a un quiosco cercano. Lo llevan unas chicas muy agradables, con las que comparto mi aventura. Ellas han pasado también por ello, pero Muerte les dio un salvoconducto que aún conservan y que se ha convertido en herencia familiar. Para enseñármelo, a través de un cristal roto, sacan una de las revistas que están expuestas en los laterales del quiosco: en realidad, es una de esas carpetas que todos pudimos tener en el instituto, con frases llenas de sabiduría caduca y pegatinas del Superpop. Una de ellas, que parece más bien un cromo de un grupo heavy, con abundancia de calaveras piratas, es (eso dicen) el sello de Muerte.

No me da tiempo a pensar. Me atropellan —o despierto.




martes, 13 de enero de 2009

Light My Fire


Muchas ediciones comentadas no pasan del cinco. Pienso en la antología de Leopoldo María Panero en Cátedra, preparada por alguien que (por ejemplo) se encuentra con un poema llamado Shekinah y no se molesta en explicarnos (quizá porque lo ignora) a qué diantres se refiere el autor.

Hay otras, sin embargo, que son un verdadero festín. Cuento entre ellas la de Alma. Caprichos. El mal poema de Manuel Machado, en Castalia. En las notas, Rafael Alarcón Sierra nos trae, entre otras delicias, las anotaciones que Rubén Darío hizo a su ejemplar de Caprichos: apuntes en verso que a veces mantienen el pulso del original y otras elevan la apuesta.

He recordado este juego leyendo la respuesta que ha dado Rafa a una de las décimas de mi Devocionario Pop, respuesta publicada en un comentario, y que subo, junto al original, a portada. La canción de The Doors recuerda que siempre es posible trepar más arriba, con ayuda del amor o de otras yerbas. El juego, tan virguero (mismas rimas, distintas razones) bien lo demuestra. Mil gracias, tron.

Ligh my fire

El amor es un sabor
que se aprecia y no se aprende:
por su cuenta se desprende
del más tibio pormenor.
En el amargo dulzor
de la vida, él duerme y sueña
la fiebre que nos enseña
las llagas de su virtud.
Generosa esclavitud
que alza en lágrimas la leña.

*

ALTER AB (ALTERO) ILLO:

Light my fire

Es un saber el amor
susurrado por un duende:
la cuenta de lo que vende
falta del libro mayor.
Contra el cansino sopor
de la vida se despeña,
avivando –santo y seña–
el lar de la juventud.
Recobrada la salud,
la muerte se hace pequeña.


lunes, 12 de enero de 2009

La de Gaza


Acostumbrados al Jesucristo murió por ti (Murió por tus pecados, John Winston Lennon, le gritaban a aquél los carteles, antañazo), no debería sorprendernos el giro: Los matamos por ti. La coda es la misma: ¡Ingrato! ¡Imbécil!.

domingo, 11 de enero de 2009

Gymnopedie


A ver, mister. En 25 segundos, ¿cómo sonaría una Gimnopedia de Satie compuesta por Ciento Volando y arreglada para carrusel? Pues ea: ¡adelante!




sábado, 10 de enero de 2009

La copla que está en mi boca


Iba a dedicar esta entrada a Christina Rosenvinge (tiempo habrá), pero un recuerdo infantil se ha cruzado en mi camino. La lista de los primeros discos que recuerdo haber visto por casa incluye los recopilatorios rojo y azul de los Beatles, Lord of the Ages (de Magna Carta) y uno de los discos de Jarcha, que traía este estribillo indeleble:

La copla que está en mi boca
a punto de ser del viento,
¡qué lejos de aquella copla
que estaba en mi pensamiento!

Copla que imaginé un día
poder cantar de una vez
tal como yo la sentía,
tal como yo la soñé.

No sé si Rafa Herrera conocía esta canción de antes, pero al menos dos veces, en esas sesiones interminables de guitarreo, nos entretuvimos en sacar los acordes y maravillarnos con esa letra perfecta. Ahora que rescato la canción completa, veo que algunas de las estrofas no le van a la zaga, como ésta que recuerda el Cristo asado de Krahe:

Dios está en la cocina,
que hoy es mi santo.
Mi hermana Lola al horno
lo está (a)dorando.
Mi hermana Lola
siempre está en la cocina
con Dios, a solas.

Otras son de un conceptismo juguetón que también tiene su punto:

Esta pena que vive
aquí en mi pecho,
ya más que pena manda
como un deseo:
y es que desea
dejar de ser deseo
para ser pena.

Ninguna es banal, y por el acierto más de una se diría de Manuel Machado, o de aquéllas recogidas por su padre, Demófilo. No me paro ahora a comprobarlo. El conjunto, en cualquier caso, apabulla, a pesar de la distancia que pueda separarnos de esta estética solemne progre-setentil. ¡Qué tiempo el tiempo!




jueves, 8 de enero de 2009

Limbo Rock

La memoria engaña. Reveladoramente, a veces. Pienso en Sodoma y Gomorra, cuando YHWH asegura a Abraham que salvará la ciudad si consigue encontrar cierto número de inocentes. Pienso en los niños masacrados por el fuego divino, que no hicieron peso en la balanza. Ahí reside el engaño: no se trataba de inocentes, sino de justos. Un bebé, un niño, rigurosamente amorales, no son justos. Qué demonios. Desde el punto de vista cristiano, ni siquiera inocentes: marcados por el Pecado Original, ni los niños de Sodoma ni los muertos por orden de Herodes llevaban visado para el Paraíso. Durante siglos, habrán paseado por el Limbo (en latín Borde, Frontera: la misma metáfora que lleva a nuestros cronistas a hablar de daños colaterales). Las márgenes del mundo son su parte principal. Lo son, al menos, para los que no aceptamos que los adultos utilicen sus armas de destrucción masiva (¡pero precisa!, presumen algunos) para llevarse por delante, en plan bonus track, a los niños de la franja de Gaza —o a los de cualquiera de esas casas o plazas de Israel que codician, por fortuna sin mucho éxito, los cohetes de Hamás. (Luego, eso sí, los imaginarán durmiendo en paz. ¡Angelitos! Plan de Paz: muerto el perro, se acabó la rabia.)


domingo, 4 de enero de 2009

Cantar de las Dos Torres


La Fe levantó estas torres. La Fe las ha derribado. Con estas mayúsculas gemelas glosó Agustín García Calvo (por boca de Isabel Escudero, o viceversa) los atentados del 11 de septiembre, que parecían contradecir en cierta medida la explicación de la Realidad habitual en su tertulia. Si el Dinero y el Progreso son los nombres actuales de Dios, y la Democracia su Reino, ¿a qué venían los islamistas con sus versiones caducadas del Sistema a declararle la guerra al Ahora?

Con el Cantar de las dos torres, que acaba de publicarse (Lucina, diciembre del 2008), García Calvo insiste en la identidad entre tirios y troyanos. Como antaño el comunismo real, las versiones antañonas del Programa cumplen su función dialéctica: en algo hay que emplear el armamento, y el contraste con los muslimes medievalizantes sirve para que los súbditos del Progreso Progresado cierren filas: es esto o el Caos.

El tema bélico pide el hexámetro, y el maestro nos lo sirve en una depurada parodia de Homero que recuerda por momentos aquélla de la Lucha de los Ratones y las Ranas (Batracomiomaquia). La influencia de su propia versión de la Ilíada se aprecia en el verso elegido: hexamétrico, sí, pero arromanzado, con ecos del Poema de Mio Cid. Así comienza el libro:

Canta, diosa, la Fe de los hombres hijos de muerte,
Fe que alzaba a los cielos altivos torres a veces
y a veces las arrumbaba por tierra, y di de qué suerte,
siendo una y misma la Fe, guerreaban como si fuesen
una con otra.

Aunque el relato periodístico sirve de base, García Calvo se aparta de él con soltura, trocando personajes y sucesos de actualidad por otros arquetípicos, cual de tebeo. Los aviones que se estrellan no son de vuelo regular, ni están poblados por pasajeros secuestrados a punta de cutter: llegan del Oriente como pájaros de mal agüero. El Alto Estado de las dos fuerzas en guerra está compuesto por potestades sin nombre propio, herederas de los reyes y sotas de la baraja: del lado muslim, tres reyes (que son uno: el Rey de Rosas) y tres Imanes deciden sobre la suerte de los guerreros suicidas, también trinos: el Siete de Verdes, el Nueve de Moras y el Diez de Granates. Del lado occidental, el Uno de Gansos (vagamente Bush) pide consejo a los ministros del Sumo Conglomerado: el titular de Economía (Cinco de Grajos), el de Exteriores (Ocho de Loros, Nuncio de Tratos Interculturales), el de Defensa (Once de Cóndores, Fusta de Ejércitos) y el de Cultura (Cuatro de Buitres).

El libro se cierra, significativamente, con el llanto de las viudas de los tres suicidas y sus maldiciones contra los maridos muertos, cuya gesta es en realidad una huida del amor conyugal:

Dijo así Fátima, esposa del Nueve de Moras la última
y la primera en su amor: "Ah perro, ah, hijo de puta
por muerto te llamo. Ah, nada te importa: el caso es que huyas
de mí y de mi amor. ¿Tan triste era ya la casa, tan dura
la tierra te era?, que has ido a estallar como una burbuja
ni aun el consuelo dejar de cuidar de tu sepultura,
maldito consuelo, o lo mismo medallas de oro y ayudas
a viudas y a hijos que caigan de arriba: a mí eran tus mudas
manos sobando mis nalgas limosna y gracia la única,
y ésa me la has negado tú mismo. ¡Ah, vuela y triunfa
con tu gran muerte!".

Como otros libros de García Calvo publicados en este año (los dramas Diosas cosas y El otro hombre y el poemario, también contraépico, Suma del vuelo de los hombres), el Cantar se lee en un respiro, con más agrado que sorpresa. Siendo los mecanismos de la Realidad siempre los mismos, aburridos y deprimentes, su denuncia corre el riesgo de volverse ella misma cansina si no hay en ella un qué sé yo de descubrimiento ágil e imprevisible: como canta el poeta a la Muerte en una de sus mejores canciones, Hasta para cantar al abismo de la melancolía / hace falta un aliento de gozo, una sal de alegría.

Bien distinta, todo hay que decirlo, es la tercera entrega de la saga de canciones y soliloquios, que también acaba de publicarse: Y más aún canciones y otros juegos. En efecto, aquí se juega a muchas y variadas cosas, con predominio de los zarpazos del amor y el tiempo. Pues éste apremia, en otra les cuento sobre el libro, que me parece el mejor de este año próspero en alumbramientos.


sábado, 3 de enero de 2009

Moon River

Lo confieso. Pensé que podría ser Wynona Rider, pero al final siempre es Audrey Hepburn (y la reina de las piedras, ya sabe ella quién) quien se mueve a sus anchas por la parte más niña e insobornable de mis entretelas. No compusieron Lennon y McCartney nada más lindo y secreto que esta canción de Mercer y Mancini, vera Ofelia en el río de la memoria.


sábado, 27 de diciembre de 2008

Ana en ámbar


Pero sí, pero cómo, pero cuándo.
En ruïnas, al borde de la tarde,
soy vértigo y me asomo a tus zarpazos.
Me agarro en la caída a tus heridas
y escalo sin rencores mi fracaso.
Pero no, pero dónde, pero siempre
mis dedos ajustados a tus dudas,
mis pasos a la sombra de tus pasos.
Perdido, me he encontrado una sonrisa.
Con ella vengo a verte de la mano,
como un niño sediento de deberes,
un mar que saca a flote sus mil barcos
hundidos hace tanto para siempre,
porque sí, sin remedio,
por si acaso.



viernes, 19 de diciembre de 2008

Nahua


Un apunte etnográfico. Luego les cuento algo curioso sobre él, si procede.

El mundo de los chaneques es el estómago de la diosa Nahua, la serpiente emplumada que traga y digiere las almas de los muertos. En los meses siguientes al entierro, Nahua acude cada noche a las sepulturas a comer la carne de los muertos, y deja sólo los huesos; los cien hijos de Nahua, que tienen dientes pequeños y muy finos, se ocupan en rematar el banquete de su madre, rebañando sin prisa los huesos. Hasta que éstos no hayan sido totalmente destruidos, Nahua no termina de digerir al muerto, y su alma no puede volver a reencarnar, siempre en la misma comunidad donde ya vivió, y generalmente en la misma familia.

Hasta hace poco, los muertos eran enterrados, desnudos, en la boca de Nahua (una simple fosa abierta en la tierra). Pero ahora, con los ataúdes y la costumbre de vestir a los muertos, la diosa Nahua se ha roto las muelas y digiere con mucha más lentitud. Por eso las almas tardan tanto en reencarnar, y no nacen niños en Chinantla. Además, cuando Nahua tiene que masticar crucifijos, mortajas u otros objetos bendecidos por un sacerdote, sufre accesos de cólera y escupe baba que huele a mazamurra: por eso las tierras se han vuelto menos fructíferas y hay veces que la fruta sabe mala.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

A casa vuelve


He vuelto a ti. Eres tú
La que regresa
Como un soneto al mando de la brisa
O el lúcido entusiasmo de la fiebre.


domingo, 14 de diciembre de 2008

Crónica de sucesos (Devocionario Pop)

Gracias a todos los que se interesaron en algún momento por la presentación del Devocionario Pop. El evento de ayer fue bien, aunque la jornada empezó con mal pie (literal: casi me rompo un dedo bajando unas escaleras) e incluyó casi tres horas de autocar y una visita a Urgencias. Hizo un día de perros, lo que siempre es una alegría para los amantes de esta noble especie. Asistieron personas inesperadas y faltaron otras comprometidas. El sitio era una librería para élites, algo intimidatoria para bachilleres y profesorado de provincias. Jordi Doce, que habló el primero, bien e tan mesurado, demostró que la crítica literaria es ciencia razonablemente exacta, capaz de ahorrar al analizado muchas horas de diván. Jesús Munárriz fue cálido, halagador y expresivo cual no pensé encontrar jamás, y el autor (que alegó estar bajo los efectos de un fármaco) destapó unos cuantos chismes sobre el poemario y atendió con gusto las peticiones que él mismo pidió al respetable. Un joven bien parecido, que podría ser alguno de los Argonautas o el mismo Hermes, resultó ser M. P.. Aunque no había un capitán de barco que pudiera celebrar bodas alquímicas, no faltó un médico que examinara allí mismo mi pie con enorme tino, provocando las protestas (también mesuradas) de la empleada cuya mesa de trabajo convertimos en consulta eventual de podología. Tras el cónclave, partí a Urgencias, a un hospital de monjitas sito frente al Gregorio Marañón, donde un médico con poco trabajo y menor motivación decretó, placa mediante, que mi pie se regeneraría en breve, durando el síndrome de Byron a lo sumo dos o tres días. Hubo después cónclave de amigos de toda la vida, con abundante choque de jarras cerveciles y anécdotas varias. En conjunto, un día feliz, de eficacia publicitaria muy dudosa, pero capaz de reunir a los cómplices en recuerdo emocionado del crimen. Confieso que, si no la próxima presentación, preparo ya el próximo libro. Adicciones...

sábado, 13 de diciembre de 2008

viernes, 12 de diciembre de 2008

Devocionario: Bonus Track


Para Rafa. Quien manda, manda.

El tren

Si controlas tu viaje,
serás feliz.

El viaje comenzó donde termina,
exhausta, la memoria del viajero:
un abismo voraz que se ilumina
y un vértigo feliz que tiende a cero.

Desde la piedra en flor nos examina
quien siempre estuvo allí o llegó primero:
la calavera gris que vaticina,
burlona, nuestro rostro verdadero.

No hay límite en el alma; sí en los pasos
que vuelven sobre sí, como la noche
parte y cesa entre idénticos ocasos.

El ritmo no se agota; el instrumento,
tal vez. Abre la mano sin reproche
y déjalo volar. ¿Catorce? Ciento.




miércoles, 10 de diciembre de 2008

Devocionario Pop: la cuenta atrás


Devocionario Pop: sus primeros acordes en Aviones desplumados y La verdad del pajarito.

*

Nunca hablar de sí, aconseja Gracián, con motivo; pero a qué padre no se le perdonará que dedique unas líneas, nada objetivas y acaso objetables, a su primogénito.

Son muchos años componiendo versos, primero con el único modelo de las prosas de Rimbaud y aquella antología de Lorca que publicó en Edaf Mauro Armiño, y después, a medida que Antonio Hernández Marín y el maestro Agustín, por distintos caminos, fueron desasnándome, con pulso algo más cierto y verbosidad (espero) decreciente.

Cerrar poemarios siempre me ha costado más que hacer poemas (algo que, en realidad, si uno se presta, sucede casi solo). Retorno a los columpios se llamó el primero que tomó forma: un libro de cerveza y caramelos que tuvo sus lectores generosos (por lo que sea, debo nombrar dos: Alfonso, que tan bien solía recitar algunos de aquellos textos, y Ricardo, el león que come triskis). Libro sobre la infancia, más perdida que recuperada, no por eso dejó de envejecer debidamente —rest in peace.

De la producción posterior, torrencial en algunos años, fueron decantándose algunos poemarios más. Por uno de ellos, que presenté al Premio Hiperión, tuve la oportunidad de conocer al poeta y editor Jesús Munárriz, cuya amabilidad tiene todo que ver con mi decisión de no rendirme e intentarlo una vez más, en serio.

Devocionario Pop, en fin, me hace autor en público. Álvaro Díaz Huici, poeta y editor de Trea, le dio el visto bueno en la que fue, con diferencia, una de las tardes más sentidas de mi vida. ¡Va por vos!

Ahora el libro quiere dar sus primeros pasos en público: este sábado 13 de diciembre lo presentaremos en la Librería Central, dentro del Centro Reina Sofía, a las 18:30. Sé que es difícil sincronizar relojes y reunir proscritos; pero si ésta no es una ocasión perfecta para conocernos, oh lectores, y darnos el gusto de charlar en vivo, que venga Dios y (Él también) lo vea.

Si nada se tuerce, Jesús Munárriz y Jordi Doce (dos ases) estarán allí. ¿Cómo perdérselo? Pues eso. Les espero.

*

Hola, chaval.




lunes, 8 de diciembre de 2008

Nos vemos

Esta madrugada murió mi tío y tocayo. No nos veíamos desde hace muchos años, pero cuando yo era niño, hasta los doce o trece quizá, no pasaba la semana sin que echáramos una partida al ajedrez (que siempre ganaba él) o charláramos de esto o lo otro. Era un hombre fornido, que parecía (o era) muchos años más joven que su DNI, y a la enfermedad le ha costado tiempo separarle de su mujer y sus hijas, a las que amaba entrañablemente. Me preparo para salir (el tanatorio, Madrid, esperan) y pasan por mi cabeza recuerdos agridulces e ideas siniestras (un día, nadie sabe cuán lejos, alguien también empacará sus cosas para acudir a despedirse de mi sombra). De todo lo que he escrito, que es mucho y demasiado, al final lo que realmente me emociona tiene que ver con los seres queridos que perdí prematuramente y aquellos años de mi infancia. Van por ti estos versos, tío, y esta extraña canción de despedida que solía cantar la Incredible. Nos vemos.

Retorno a los columpios

Pues no existe regreso, y sin embargo
en algún sitio queda todo aquello:
los parques y las anchas barandillas,
los gatos y la gente que nos quiso.
Aquellos que quisimos nos habitan.
Los que nunca nos dejan son eternos.






sábado, 6 de diciembre de 2008

Santa Verónica


Los amigos de lo desconocido son mis amigos. De la mano del azar (seguro azar, lo llamó el poeta) llegué hasta santa Verónica, sobre la que tuvieron la amable ocurrencia de pedirme una entrada los sabios alemanes de la Enciclopedia del Cuento. Se trata, en efecto, de una santa de cuento, igualmente desconocida del Evangelio (canónico) y la historiografía.

La hazaña por la que es más conocida (haber entregado a Cristo, de camino al Calvario, un paño para que el Redentor se limpiara el rostro) es una innovación bastante tardía (siglo XIII), que viene a mejorar una historia anterior. Por su ayuda al Redentor en este trance, Verónica se convierte en el negativo de Ahasvero o Asuero, el Judío Errante, condenado a vagar hasta el fin de los días por haberse negado a compartir con Cristo el peso de la Cruz.

La historia, tal como venía contándose desde el 500 d.C. (menos, más), era bastante distinta: una matrona de Jerusalén (aunque nacida quizá en Paneas), llamada Verónica, se convirtió en discípula de Cristo después de que éste le curara con un toque la hemorragia que venía sufriendo desde hace doce años. (El personaje, pues, se identifica con la Hemorroísa, personaje que sí aparece en los evangelios sinópticos: Mt. 9.20; Mc 5.25; Lc. 8.43). A partir de ese momento, quisiera estar con Él a todas horas, y sufre indeciblemente cuando lo ve partir a sus divinas labores. Por ello, decide encargar a un pintor (que a veces es el evangelista Lucas) un retrato de su Amado, que le sirva de consuelo en las tardes largas. Sin embargo, el pintor no puede cumplir el encargo (aunque, según algún narrador, lo intente sin éxito hasta tres veces). En la versión que parece más antigua, cuando Verónica se dirige a casa del pintor, Jesús se hace el encontradizo y le pide que le deje ver el lienzo. Llevándoselo al rostro, deja dibujadas en él sus facciones.

Semejante reliquia no podía quedar sin uso. Cuando Cristo ya ha muerto (y resucitado), el emperador Tiberio es víctima de una enfermedad que lo consume sin tregua. Llega a sus oídos la historia de un sanador maravilloso que sólo opera en provincias, y envía a un hombre de confianza, Volusiano, para encontrarlo. Una vez en Jerusalén, Volusiano descubre que Pilato ha dado muerte, dizque obligado, al Hombre Maravilla; pero (otra vez el azar) mientras camina cabizbajo viene a dar con Verónica, que le cuenta los pormenores de la Pasión y le muestra la Faz de Dios. Los tres (enviado, hallada y reliquia) viajan a Roma, y allí el emperador, literalmente encantado al conocer la Verdad, cura de su dolencia y dispone un castigo adecuado para Pilato. Verónica se queda a vivir en Roma, donde conoce al Papa Clemente, al que lega su divino tesoro. (Y, en efecto, desde el año 705 se exhibe en la Basílica de San Pedro un trofeo que pretende ser la imagen legada por la santa).

El cambio que se produce en el siglo XIII es profundo: ya no se trata de una imagen encargada por Verónica, un simulacro que venga a sustituir, tal premio de consolación, la ausencia del Amado, sino de un don de Cristo con el que éste retribuye la entrega desinteresada del paño. Aunque resulte más evidente en la versión actualizada, también en la primitiva hay demasía, bonus track: Verónica busca un retrato convincente, pero recibe mucho más que eso, una imagen verdadera (vera icon), que se opone a la meramente aproximada de cualquier obra de arte (artefacto).

La idea de que Verónica sea, precisamente, un anagrama de vera icon circula desde al menos comienzos del siglo XIII, en que Gervasio de Tilbury la puso en marcha. Puede ser uno de esos casos en que no, pero sí. Me explico: en los textos más antiguos que tenemos sobre el personaje (varios apócrifos griegos, que forman el llamado Ciclo de Pilato), éste recibe el nombre de Bernice o Berenice. El nombre se había puesto de moda a partir de la reina egipcia Berenice, y es en realidad una variante macedónica de Ferenice, «portadora de la victoria» (recordemos que los reyes de Egipto desde época helenística, los Lágidas, son de origen macedonio: el fundador de la dinastía, Ptolomeo, es uno de los generales de Alejandro, que a la muerte de éste se queda con la porción egipcia del Imperio).

Un cambio casi intrascendente del vocalismo (Berenice > Beronice) nos lleva al latín Veronica. O sea, que no —si no fuera porque el nombre propio convive con un sustantivo común, veronix, que según Corominas y Pascual es probablemente pariente del sánscrito varnika, «pintura», y ha dado el castellano barniz. Sin dejar de provenir de Berenice-Beronice, el nombre de la santa vendría, pues, a sonar como "Santa Pintura", "Santa Barniz" —lo que encaja admirablemente con la leyenda que protagoniza.

El carácter legendario de Verónica no impide su presencia en el santoral católico: su onomástica se celebra el 4 de febrero, y, en correspondencia con su historia, se la considera patrona de los moribundos y heridos, así como de las lavanderas y tejedoras de lino.

El camino que va de santa Verónica a la Verónica espiritista, fantasma de los espejos, está por explorar. La coincidencia (en ambos casos se trata de una imagen prodigiosa y sangrienta) no parece casual —a no ser que se trate de otro seguro azar, el último (por el momento) de una historia pródiga en ellos.

martes, 2 de diciembre de 2008

Placer (Cavafis)


Aroma y gracia de mi vida al recordar las horas
en que las que descubrí y gocé el placer como lo quise.
Aroma y gracia de mi vida a mí, que aborrecí
cada disfrute de amores de rutina.

(C.P. Cavafis, tr. de Anna Pothitou y Rafael Herrera)



*

Yo escuché de Cavafis la armonía
en voz del novillero Chico Herrera:
novedad esmerada y verdadera
que hace bailar sin miedo poesía
tan docta y singular. Así se ría
el poeta en su última morada
de los que, traduciendo en prosa rara,
tomaron su remedo contrahecho
por versión mejorada, con derecho
a borrarle su música preclara.

Si todas las tonadas con placer
transcurrieron, la homónima en concreto
encierra en sus acordes tal secreto
de dicha y buen hacer,
que apenas puedo yo sino volver
a escucharla, y aún no se ha acabado
cuando gira otra vez en el teclado
borroso pero fiel de mi memoria
su luna pentatónica, su gloria
de pulso vacilón y sincopado.

¡Ah, los Herrera, tronco fiel de Orfeo!
El mayor, de la Grecia enamorado,
con Grecia y con su gracia biencasado,
que do moran su fragua y su ajetreo
allí de diosas vivas un museo
tenemos los que amamos la belleza,
si la una ya en flor, otra que empieza
a regalar la tierra con sus pasos.
(Ni en Sunion hay ocasos
que destilen tan fresca sotileza. )

Historiador del arte, y arte él mismo,
alto como castillo, aquí el mediano
templando va las cuerdas con su mano
como el Diablo aquel que en el abismo
templara brujo las del mecanismo
del joven Robert Johnson. No hay moaxaja
ni jarcha que su púa, cual navaja,
no torne en blues mozárabe y pagano.

¿Y el menor? Sólo en años, como suele
suceder en los cuentos, aquí suena:
un duende a cuyo hechizo no habrá pena
que, contraria a sí misma, no alce y vuele.


lunes, 1 de diciembre de 2008