domingo, 5 de octubre de 2008

Remember A Day


Cambio de tercio (no sólo de la luna vive el hombre). Escribí algunas cosas sobre Rick Wright, teclista de Pink Floyd, cuando estaba vivo, y no supe (quizá ni siquiera quise) añadir nada inteligente cuando falleció.

Ahora, he encontrado algo sobre lo que sí me apetece hablar: un vídeo grabado pocos días después (23/9/08) en el que su compañero Dave Gilmour toca en directo «Remember a Day», una de las pocas canciones que Wright compuso para el grupo, incluida en el segundo elepé de Pink Floyd, A Saucerful of Secrets (1967).

Miguel Ángel Velasco escribió versos memorables en La vida desatada sobre los supervivientes y el legado agridulce que arrastran. Habitados por los muertos cercanos, su presencia nos produce una sensación extraña: uno no sabe si eso es ya parte de uno o si se trata de un territorio anexo donde siempre estaremos de paso, en condición de invitados (o intrusos). Las 'creaciones' de los amigos perdidos son criaturas que nos han dejado en custodia, huérfanos que uno no puede resistirse a proteger y mimar, aunque nunca vaya a tratarlas con el acierto del autor.

Los grupos de los 60 son ya sesentones, y la situación se repite con frecuencia. Los artistas más concienciados no quieren saber nada del pasado, salvo en clave de Tzara: para descartar lo que ya se logró y elegir nuevos retos. Otros músicos, como Gilmour y McCartney, han asumido como legado la música de los amigos que ya no pueden tocarla (Wright, Lennon, Harrison) y la interpretan, pienso, no tanto como homenaje conmemorativo, sino como celebración de lo mucho que sigue vivo en aquellas propuestas.

No quiero caer en un juicio, que me llevaría por ejemplo a hablar mal de la búsqueda implacable emprendida por Robert Fripp, uno de mis artistas favoritos, enemigo feroz de la nostalgia; pero confieso mi simpatía por los segundos, los artistas que se saben supervivientes y beben sin reparo de esa experiencia propia y apropiada. En un artista menos dotado que Gilmour o McCartney (pienso en Álvaro Urquijo, que mantiene activos Los Secretos, con un repertorio basado en los hallazgos de su hermano muerto, Enrique), la fidelidad al patrimonio resulta una jugada obligada (la otra opción sería, verosímilmente, dejar la música, o al menos pasar al underground). A falta de otras opciones viables, la fidelidad al pasado no resulta per se objetable, pero tampoco emociona. Lo grande es que Gilmour, citado para presentar su ultimísimo disco, se pase la promoción por el forro y elija en cambio tocar una cara B de Wright de hace 41 años, simplemente porque lo amaba y le apetece darnos el gusto. (Y que lo haga tan bien, encima.)



sábado, 4 de octubre de 2008

Chuletón atonal


Como él mismo recordaba aquí hace unos días, a Carlos, no-músico, le tocó el honor de perpetrar ésta, la pieza más extrema de La luna es un cofre que canta. Si en otros momentos de la serie la superposición de textos y músicas sugiere la confusión paulatina de los tesoros escondidos en el cofre en un magma mixto (y algo hay de eso, también, al comienzo de este oratorio descreído), aquí la atonalidad y el pulso errático del teclado, que acelera y decelera a la Soft Machine, pintan un paisaje sin formas reconocibles, donde sólo sobrevive un elemento humano: la voz que recorre, hambrienta, el vacío.

A su modo, esto es música de vanguardia: vanguardia pop, claro, de la escuela de Revolution 9, What a Shame Mary Jane y Several species of small furry animals gathered together in a cave and grooving with a pict. No creo que Carlos me corrija si escribo que la huella pinkfloydiana es la más evidente: el lamento quebrado, como de fiera agonizante, recuerda los rugidos de Waters en Careful with that axe; otros devaneos de la voz son parientes próximos de las voces grabadas que pueblan ciertos momentos de The Dark Side of the Moon.

(Un detalle curioso: al principio del tema aparece la voz de Alfonso cantando uno de sus poemas. Digamos, quedándonos muy cortos, que cuando escuchó el invento —quise que fuera una sorpresa— sólo le faltó rebanarme el pescuezo. Sin embargo, yo creo que la superposición de los estilos de ambos, que se da también en la pieza inmediatamente anterior, funciona. De hecho, meses antes Alfonso había grabado con gusto una melodía de las suyas, modal y medievalizante, sobre otra improvisación ruidista de Carlos. Quizá, con la ira, olvidó el precedente.)




viernes, 3 de octubre de 2008

Ponme en tu ropa (y llévame a cualquier lugar)


Saber es recordar, dijo Platón. Inventar una canción y sacar de oído una que ya había son dos procesos tan semejantes que entre lo nuevo y lo viejo caben todo tipo de complicidades. Descartando los plagios deliberados, la casuística es amplia y sabrosa. Algunas canciones (demasiadas) no pasan de variaciones con repetición de clichés barajados hasta el asco: autor, la inercia (que no la tradición). Otras (Barrett: Interstellar Overdrive) se parecen tan vagamente al original en que se inspiran que no lo sabríamos sin la confesión de los implicados. Hay canciones memorables (Mc Cartney: Yesterday) que el autor-auditor recompone tras haberlas oído en sueños; y otras, en fin, (Harrison: My Sweet Lord) en las que una melodía ajena se presenta de incógnito y el autor la acepta como propia sin pedirle antecedentes penales.

El error de Harrison, muy disculpable, nos recuerda algo importante —no hay nada tan ajeno como la 'creación propia' cuando ésta se produce en condiciones óptimas: una Venus Atenea (sic) que se hace presente, armada o a punto de armarla, donde segundos antes no había más que una vaga sensación de inminencia.

Sé de qué hablo: I've had my share. A los quince años, aquella chica se rió lo suyo cuando me hizo notar que mi canción de amor, tan sentida, era en realidad la Marcha fúnebre de Chopin; más tarde, he tomado con mayor o menor conciencia melodías y acordes de Duncan Dhu, Bach, King Crimson y Caravan, y, de forma más general, he reconocido en lo que hacía manierismos de los Beatles, Antonio Vega y Enrique Urquijo.

Quitando el caso de Chopin, el préstamo nunca ha sido tan significativo que no pudiera entenderse como un homenaje, un punto de partida. Dani, que siempre llega más lejos, dio en componer una vez por su cuenta, casi nota por nota, Hotel California —y en esta canción, su segunda y última aportación a La luna es un cofre que canta, reinventó una de las canciones más conocidas de los Secretos.

(Se admiten apuestas. Por cierto que me sucede como con My Sweet Harrison: por un margen bastante amplio, prefiero la recreación al original. Ya me dirán si también es su caso.)




jueves, 2 de octubre de 2008

Corazón de agua pasada


Corazón de agua pasada,
nunca te conté esta historia:
los pañuelos que juntaban,
corazón de agua pasada,
mi garganta y tu memoria.

Las caricias preparadas,
sacapuntas y cejillas.
Ya estamos donde no hay nada;
las caricias preparadas,
atardezco en una silla.

¿A cuánto están hoy las noches?
Los pañuelos que te olvidas
ondean hoy por las esquinas
y enloquecen en tu nombre,
los pañuelos que te olvidas.

Qué jardín fuera tu abrazo.
Me despierto sin mis ojos
y el cansancio que recojo
me florece por las manos.

Se me acaban las palabras,
anochezco tan deprisa.
Cuídame bien la sonrisa,
hazte lluvia por mi espalda,
hazte lluvia por mi espalda.

(Al fondo de tu boca llueven piedras.
Tus ojos son, lo sé, bebida fría
del mismo material que la tormenta.
Nos amaron y nos aman los muertos,
es sólo una penumbra de la inercia.
Amémonos o no, rápido o lento,
un solo golpe mata la inocencia.
Y nada pasa y viene a nuestro lado,
y nadie viene a vernos ni a buscarnos.
Amor, amada, ya nos ha olvidado.
La noria de la muerte está girando.)


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Songfacts

1. El lenguaje del amor tiene muchos dialectos. Los actos fallidos son uno de ellos: objetos olvidados para que alguien nos encuentre.
2. Pañuelos, sacapuntas. Y aquellas cejillas caseras, hechas con lápices y gomas para recogerse el pelo.
3. Por aquellos años, Luli llegó y lo cambió todo. Por fortuna, sigue alterado.
4. Después de explicarle la idea de La luna es un cofre que canta, Daniel llegó a casa, grabó la canción (una de sus mejores) y nunca volvió, que yo recuerde, a tocarla. Nunca ha tenido arreglos ni se ha asomado a los conciertos.
5. Los versos del final formaban parte de las grabaciones 'deconstruidas'. Alfonso los grabó meses antes, sin que pudiéramos saber que acabarían en este contexto.
6. Aunque Alfonso grabó bastantes versos de su cosecha, éstos son de la mía, del inédito Retorno a los columpios (Un libro de cerveza y caramelos). Ya no recuerdo si yo le pedí que grabara algunos poemas de aquel libro (me encantaba cómo los recreaba) o fue idea suya.
7. Tercetos de un viejo soneto (posterior a Retorno, anterior a la canción): Rebosa el corazón de agua pasada / por esa piedra vasta de los años. / Destruye la verdad a quien la nombra. / La fuente del olvido por sus caños / derrama sólo sangre congelada. / Sal tú, mi niña roja, de la sombra.


martes, 30 de septiembre de 2008

La luna es un cofre que canta (#18)


Constató Félix de Azúa que hay cosas, como el sexo oral, que cada generación cree descubrir por primera vez en la historia. La cápsula del tiempo es, sin duda, una de ellas. Sin ir más lejos, pudo estar en la mente de aquellos desconocidos que, hace siglos, enterraron en Nag Hammadi los textos gnósticos, para que sobrevivieran (o no) a la estupidez fundamentalista del momento.

Como los 'cofres temáticos' enviados al espacio exterior, las cápsulas del tiempo, enviadas a un futuro lejano, suelen contener una muestra entre anecdótica y significativa de la sensibilidad e inteligencia de un grupo humano.

Retrospectivamente, miro la idea que tuvimos un grupo de amigos a mitad de los 90 (enterrar en un cofre, en un parque, un tesoro consistente en diarios personales, escritos, grabaciones) y reconozco que sólo la impaciencia nos singulariza un poco. No quisimos esperar a generaciones futuras: como buenos veinteañeros que éramos, un plazo de 20 años nos pareció más que suficiente para que lo enterrado resultara prehistórico.

Por desgracia, también dio tiempo y ocasión para que la alcaldía de Madrid, esa hormiguita incansable, metiera los dedos en la tierra y, en lo que trazaba vías subterráneas de riego, se llevara por delante nuestro cofre, para probable alborozo y jolgorio de los obreros que descubrieron el pastel. Quizás sí, quizás (por centímetros) no, pero muy probablemente. Ay.

No obstante, con ello descubrimos otro aspecto esencial de este tipo de rituales (en el fondo, como todos, religioso). La defenestración física del tesoro no pudo con el status del lugar como santuario del grupo, punto de celebración anual de lo mucho o poco que nos quede en común a aquellos conjurados.

Otro aspecto interesante del ritual es que la desaparición temporal de los tesoros enterrados entraba en conflicto con la era de la reproducción exacta en número indefinido (como canta Dylan, what cannot be imitated perfect must die). Para sacrificar debidamente las grabaciones de audio que enterré, comprendí que debía eliminar cualquier copia, asumiendo el riesgo de que veinte años después no hubiera nada que escuchar.

Durante unos días lidié con aquella autoexigencia, que a ratos me parecía absurda. Se trataba de grabaciones muy queridas, recitados de textos de casi todos nosotros y también algunas canciones. ¿Merecía la pena enterrar una única copia y renunciar por 20 años (quizá para siempre) a volver a oír todo aquello?

Por entonces, ignoraba que la muerte de uno de los amigos implicados poco tiempo después volvería la cuestión mucho más cenagosa. La Parca se lo llevó sin haber grabado sino una mínima parte de sus creaciones. De muchas de ellas, no hay otra copia que la que me disponía a entregar al azar.

Por fortuna, tertium datur. Podía destruir o conservar aquellas grabaciones, pero también deconstruirlas, alterarlas hasta convertirlas en otra cosa: una larga grabación que contendría pedazos de todo aquello, combinados con otras ocurrencias.

Encendí la mesa de mezclas Foster (cintas de cromo, cuatro pistas) y comencé a grabar sobre el material del sacrificio. Unas pistas desaparecieron sin más. Otras quedaron como fondo, o lo recibieron. A medida que los amigos músicos iban apareciendo por casa, el hechizo iba tejiéndose solo: la obra resultante no iría en la cápsula del tiempo, pero sería análoga a ella, ella misma un cofre cantarín donde materiales diversos, como si hubieran sido sujetos a una larga convivencia, habían acabado solapándose hasta formar un magma mágico.

Escuchando ahora todo el invento (acabo de pasarlo, CoolEdit mediante, a la era digital), lo encuentro desesperadamente privado, problemático para quienes no formen parte de la tribu. Pero es, al menos, una obra peculiar. Por limitaciones de tiempo, prácticas poco escrupulosas (regrabado, a veces múltiple, de las pistas) y el peculiar abandono que rigió el proceso, el sonido es decididamente oscuro: una epopeya en baja fidelidad. El micro, bien lo recuerdo, era pariente cercano de los que se usan en las tómbolas —pero las voces tienen, por eso mismo, un tono algo espectral que encaja bien con el propósito (sobrevenido) y la naturaleza de la música y los textos.

Creo que voy a traer estos días algunos de los cortes de la obra. Nunca mejor dicho lo de cortes, porque en muchos casos se trata de secuencias que se solapan: una música continúa sobre varios textos, o un texto recibe sucesivas capas sonoras.

Los dos instrumentales que he seleccionado en primer lugar son, en cierto modo, estudios, exploraciones amateur de técnicas clásicas: la variación y el juego de voces que se responden.

La pieza de hoy parte de un arpegio de guitarra, al que se le van adhiriendo un órgano, un piano y una segunda guitarra que puntea. El tono menor, fatalista, la extrañeza de la escala oriental y el dibujo repetitivo, hipnótico, crean una atmósfera opresiva y, sin embargo, juguetona: una muerte para piano de juguete.

(Ustedes dirán si la serie, lo mismo que el blog en general, tiene sentido. Los espero.)



jueves, 25 de septiembre de 2008

Viejo mundo


Va por Talín:
Omar Khayyam meets Camarón de la Isla.

Viejo mundo,
el caballo blanco y negro
del día y de la noche
atraviesa al galope
este triste palacio
donde cien príncipes soñaron con la gloria,
donde cien reyes soñaron con el amor
y se despertaron llorando.

Poquito de pan,
poquito de agua fresca,
la sombra de un árbol y tus ojos:
no hay sultán más feliz que yo
ni mendigo más probe.

Y el mundo, un grano de polvo en el espacio,
la ciencia de los hombres, palabras;
los pueblos,los animales
y las flores de los siete climas
son sombras de la mañana

Quiero al amante que gime de felicidad
y desprecio al hipócrita que reza una plegaria.



miércoles, 24 de septiembre de 2008

Soledades


Hundídose ha la luna;
también las Pléyades; media
la noche, y pasa la hora:
pero yo duermo sola .
(Safo de Mitilene)

Porque duerme sola el agua
amanece helada
(versos populares españoles).

Que non dormiré sola, non,
sola y sin amor
(Cancionero).

La niña que los amores ha
sola ¿cómo dormirá?
(Espejo de enamorados).

¡Si viniese ahora,
ahora que estoy sola!
(Luis de Góngora).

Amor,
¿por qué no has venido amor
esta noche y la pasada
estando la noche clara
y el caminito andador?
Sabiendo que te esperaba.
(Fandango).



domingo, 21 de septiembre de 2008

Despedidas


La música es la luz de los ciegos.
(Juan Manuel Roca)

Bebe, serranillo, bebe
agua de esta calavera,
que puede ser que algún día
otro de la tuya beba.
(Romance de la Serrana de la Vera)


En la Grecia arcaica era costumbre acompañar el canto con la lira (de ahí que hablemos de lírica). Por su parte, los egipcios utilizaban a menudo el arpa para entonar sus versos —tejiendo así los cantos de arpista, cuya música, por desgracia, sólo podemos suponer.

En las pinturas y esculturas egipcias se representa a menudo a los arpistas como personas ciegas. La imagen nos recuerda que los invidentes han tenido un papel muy importante en el desarrollo del arte poética y musical: según la tradición, Homero era ciego. Santa Cecilia, patrona de la música, lo es también de los ciegos. Su propio nombre significa cieguita (diminutivo del latín caeca, «ciega» —raíz también del nombre Sheila). En España fue tradición hasta bien entrado el siglo XX que algunos ciegos se ganaran la vida recorriendo los pueblos e interpretando romances o coplas de ciego, historias truculentas o divertidas, con profusión de asesinatos y pasiones violentas. Joaquín Rodrigo, Ray Charles y el reverendo Gary Davis, entre otros, bailaron también a ciegas.

A los arpistas egipcios se les llamaba para que cantasen cuando moría una persona importante y sus familiares y amigos querían honrar su recuerdo con un banquete funerario. Sus canciones contenían, como es lógico, un lamento por el difunto y por la fugacidad de la vida en general; pero también servían para animar a disfrutar de la vida a los que seguían en este mundo.

Según parece, los cantos de arpista se interpretaban también en fiestas profanas. En este caso no había familiares de luto a los que consolar, pero el mensaje venía a ser el mismo: hermano, bebe, / que la vida es breve. Vive duro y a lo loco, / que la vida dura muy poco. Heródoto nos describe una de estas fiestas:

En los banquetes de gente pudiente, cuando se levantan de la mesa, un hombre hace circular por el comedor un ataúd con un muerto de madera dentro, que es la reproducción exacta, en pintura y en trabajo de talla, de un hombre vivo: su estatura es de uno o dos codos. Lo va mostrando a cada uno de los comensales y le dice: «Míralo, y come y bebe y diviértete, pues cuando hayas muerto serás como éste». Sí, esto es lo que hacen en sus banquetes. (Historia 4. 78)

La canción de arpista que sigue es la más antigua que conocemos. Se la conoce como Canto de Intef o Antef, porque se compuso con ocasión de la muerte de un rey así llamado. Probablemente es una obra del Primer Período Intermedio (2263-2160), una época de transición entre el Imperio Antiguo y el Imperio Medio, durante la cual no hubo un faraón que gobernara todo Egipto, sino que éste quedó dividido en múltiples territorios gobernados por reyes o caciques. Fue un periodo incierto de hambre, enfermedades y violencia en que se disparó la mortalidad: nadie estaba seguro de llegar vivo a la puesta de sol.

Todo fue bien con este noble príncipe.
Su día terminó,
cumplido queda su feliz destino.
Perece una generación y pasa
mientras las otras siguen, como antaño.
Los dioses de otro tiempo
duermen en sus pirámides,
sus momias y sus almas
reposan en sus tumbas.
Se hicieron edificios,
mas no quedan ni sus emplazamientos.
¿Qué vino a ser de ellos?
He oído las razones de Imhotep y Hordyedef
cabalmente expresadas
en sus exposiciones,
mas ¿y sus edificios?
Arruinados yacen hoy sus muros,
sus lugares no existen,
igual que los que nunca han existido.
De allí nadie regresa
que cuente cómo son y qué les pasa
para dar fin a nuestras inquietudes
antes de que partamos
adonde ya se fueron.
Alivia ya tu corazón,
no pienses más en eso,
pues eso es lo que vuelve
los corazones débiles.
Busca tu propio bien.
Sigue a tu corazón, pues estás vivo,
pon mirra en tu cabeza, viste de fino lino
ungido con la ofrenda de los divinos óleos.
Haz que tu bienestar vaya a mejor
y deja que tu corazón se canse
en pos de tu deseo y de tu dicha.
Actúa en este mundo según tu voluntad
pues puede que te llegue el día del lamento,
cuando tu corazón, ya fatigado,
no escuchará a los que lloren por ti:
y no podrán salvarlo
sus llantos de la tumba.
Recuerda: pasa un día de fiesta sin fatiga.
A nadie le es posible
llevarse sus riquezas;
los que se fueron, nunca
podrán volver de nuevo.


jueves, 11 de septiembre de 2008

Vestido azul



Tu mano azul en préstamo fugaz.
Son normas del dolor. La biblioteca
redonda de tu amor cierra sus piernas:
las copas bajas de los cementerios,
los largos lagrimales del regreso.
No hay vino que beber que no nos mate.

*

De los hoy desconocidos, el grupo español de los 60 que más me gusta son Shelly y la Nueva Generación. Me da por pensar que a la chica de la Oreja de Van Gogh, que de voz anda sobrada, le hubiera encartado (y encantado) ser la venezolana Shelly y cantar esta canción plena de soul. Los temas son los mismos (qué mona estoy de azul, qué guay es mi chico), pero la música aporta un contrapunto emotivo, una profundidad efervescente, que lo cambia todo. Entre erupciones de órgano Hammond, flujos de guitarra y pulsos del bajo, no vemos a Shelly: nos sentimos, por un rato, esa chica que se siente la niña más feúcha de la avenida, hasta que el mar y la primavera invaden la calle.

De todos los colores, es el más lindo
y gracias al azul conocí a mi chico.
Vestido azul,
del color que tiene el mar.
Vestido azul
en un día primaveral.




*


El hechizo del azul es un clásico rocker. Desde la otra orilla (del sexo y el tiempo), lo cantaron, en los 80, Los Rebeldes:

El suelo tenía el color de la muerte.
Alguien dijo "esto es algo corriente".
Miraba perdido a mi alrededor
hasta que una voz llamó mi atención
y allí estabas tú,
vestida de azul.

En las canciones de Shelly y los Rebeldes, se toca la tela (hasta se huele la humedad del vestido). El clásico definitivo es más etéreo: el azul de regreso a su reino (próxima estación: la luna).

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Javier Bergia: 25 años


Casi 25 años llevo ya escuchando a Javier Bergia, desde los días de Media Naranja y este concierto en TVE. ¿Tiene Bergia 25 canciones inolvidables, que justifiquen cada uno de estos años de fan fatal? Yo diría que sí —pero 12, a lo olímpico, pueden bastar por ahora. Ateniéndonos a lo que la Red recoge:
  1. Media naranja
  2. La lluvia me gusta
  3. Ausencia
  4. Recoletos
  5. Nunca te dije (también en directo)
  6. De aquellos años verdes 
  7. Dos kilómetros de paciencia
  8. El colegio de Alvarito
  9. Noche infinita y breve
  10. La leyenda y el cuento
  11. Melancolía
  12. Dulces años (con Ismael Serrano, que no, pero vale)
(Más «25 años», claro:)



martes, 9 de septiembre de 2008

A Occidente le huelen los pies


Hasta 120 discos de música psicodélica y progresiva española nos ofrece (es un decir) Pepe García Lloret en este libro, coeditado por la revista Zona de Obras y la madre SGAE: Psicodelia, hippies y underground en España (1965-1980), 2006. Es un decir porque, precisamente, libros como éste ponen de manifiesto el desfase entre lo que realmente necesitamos y lo que la industria sigue ofreciéndonos. Es absurdo que uno vaya leyendo sobre las excelencias de tal o cual canción (desconocida en principio: en eso está la gracia) y no haya un CD anexo donde podamos ir escuchando el material correspondiente. No es, por supuesto, culpa del autor, que bastante hace con traernos este muestrario de rarezas; y se comprende la dificultad que supondría reunir material de múltiples casas de discos, muchas de las cuales ni siquiera existen ya. Pero lo cierto es que el libro pide ese CD (a falta del mismo, ¿qué nos sugiere la SGAE? ¿Recorrernos las tiendas de segunda mano hasta hallar un ejemplar audible de un single de 1971? ¿Esperar una década o dos a ver si algún avispado pone a la venta, con cuentagotas, parte del tesoro?)

En fin. Respecto a la música en sí, en la medida en que se deja encontrar en Youtube o Goear, o en las disquerías al uso, hay mucho material de saldo (Los Salvajes, Los Pasos y unos cuantos más son infumables, sin atenuantes), pero no faltan los hallazgos. La lista de discos, en orden cronológico, se abre en 1965 con The Canaries (de lo peor: cuánto músico para tan poco gusto) y acaba en 1980, con La Romántica Banda Local. Entre medias, además de la era dorada del rock progresivo español (Smash, Máquina!, Triana), adorable pero más o menos conocida, se ocultan gemas como el «Lamento de Gaitas» de los Archiduques (delirio soul-folk, con un jovencísimo Tino Casal) y la versión surf (para entendernos) de «La danza del fuego» de Falla perpetrada por Los Relámpagos.

De la Romántica apenas me acordaba, y es un descubrimiento que vale el libro. Por mi casa circuló su single «Los borrachos son gente inquebrantable», con una portada gloriosa (Los borrachos, de Velázquez). Descubro ahora que además de «Los borrachos» y «No me gusta el rock» compusieron también la banda sonora de Tú estás loco, Briones, una película totalmente marciana que estaría bien volver a ver, y que su cantante es Carlos Faraco, que solía (¿suele?) hacer miniaturas maravillosas (píldoras) en Radio 3.

La música de la Romántica, como la de Vainica Doble, remite a una época en que se podía ejercer el buen humor y ser un músico competente, y viceversa, sin la seriedad pretenciosa de algunos virtuosos setenteros ni la zafiedad instrumental de los punkarras y nuevaoleros que vinieron después.

Es una pena que no haya, de momento, ninguna actuación suya en Youtube. Goear, al menos, nos trae cuatro cortes: «Introducción», «Los borrachos son gente inquebrantable», «El bus» y «Esto es una farsa». Si se animan, cuéntenme que tal la experiencia.









miércoles, 3 de septiembre de 2008

OK Computer


Cortázar nos explicó el proceso. Con el tiempo, no sólo percibimos menos, sino que procesamos con mayor pereza lo que llega hasta nosotros. Todo nos suena a ya oído (no me fío de ti, ya oí / eso en algún lugar y no / te lo has aprendido bien). El desencanto nos arroja lejos de todo cuanto (también en nosotros) pudo alguna vez merecer la pena. Un punto más allá (disonancia cognitiva) nos espera el disfraz de la zorra vegana y sus uvas: resignarnos a nuestra enanez y renunciar, por si acaso, a dar saltos.

En mi caso, la tendencia a hallar insulsa la música pop posterior a 1975 no es, principalmente, nostalgia de la adolescencia (tenía 5 años cuando palmó el atiplado, y gran parte de la música que amo se publicó antes de mi nacimiento). No obstante, sí fue en los primeros 80 cuanto mi gusto se decantó contra el punk, el tecno y la nueva ola, y favor de todo cuanto sonara lisérgico y pagano. Sigo fiel a esa opción, pero, con la advertencia de don Julio muy presente, no he retirado la antena: muy de vez en cuando, encuentro canciones que no juegan al revival de los 60-70 y logran, sin embargo o por eso mismo, emocionarme.

La lista es breve, pero sigue abierta. Hay sitio para los 80 (The Cure, Radio Futura, diez canciones de Nacha Pop y Los Secretos; algunas hojas del árbol de Joshua) y los 90-00 (Nirvana, Beck, Radiohead, Los Planetas, Los Piratas, Sigur Ros, una muestra de Le Mans y La Buena Vida).

A Radiohead, en especial, he tardado en acercarme. Sólo ahora me adentro en OK Computer (que me llega combinado, en modo random, con la Orquesta de las Nubes de Suso Saiz; funciona). Hay algo de los Beatles aquí («Sexy Sadie» avanza, subrepticia, por «Karma Police»), aromas también de Pink Floyd (alta fidelidad: relojería y aire acondicionado) y King Crimson (esas melodías en letra gótica), pero todo tan trascendido y recolocado como pueda estar la música de los 40 y 50 en Sgt. Pepper's. Radiohead no se prueba ropa usada: partiendo del angst nirvanero, su música alcanza una complejidad similar al rock progresivo, pero cristaliza en un paisaje totalmente distinto. Su épica es despojada, fría: la sentimentalidad, que está, tiene un tono autoparódico, fatalista y un punto gay (quizá a lo que más recuerda OK Computer es a la enorme IA, de Spielberg-Kubrick; las fechas, grosso modo, coinciden).

Dicen que lo que sigue (Kid A) es mejor aún, y en lo anterior hay más de una joya, como «Creep». Veremos.


martes, 2 de septiembre de 2008

No quiero verte madre


Rubén fue Campoamor. Lo olvidamos, claro, porque llegó a ser Rubén (el autor de Azul y las maravillas que lo siguieron), pero Abrojos (1887), publicado a los 20, es una sucesión de apuntes prosaicos, voluntariamente fríos. Algún paladar estragado habrá que la prefiera (por cool) a la poesía posterior de Darío.

Entre la mala yerba, no falta la flor venenosa. Pienso que hoy nadie tendría el cuajo de escribir (y publicar) estos versos. De ahí su fuerza.

No quiero verte madre,
dulce morena.
Muy cerca de tu casa
tienes acequia,
y es bien sabido
que no nadan los hombres
recién nacidos.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Mas que nada


Tras Jobim y João Gilberto, cualquier músico parece pequeño. Sin embargo, Jorge Ben (Jor) es inmenso. Pocos acordes, pero qué bien elegidos y dispuestos. La música pop pocas veces ha alcanzado la perfección de este Mas que nada, que el primer Santana debió escuchar con devoción. Siguiendo el hilo que va del original (un tanto expresionista) a las versiones del Tamba Trio y Carlos Mendes se observa, además, el despegue del arreglo, que en la versión de Mendes y sus chicas es ya insuperable, puro acierto de principio a fin. No es extraño que el autor, obligado a convivir con su primer éxito, haya acabado dándole unas vueltas un tanto extrañas (sin llegar nunca a los aberros de Dylan, de los que habría que hablar otro día). En cualquier caso, reducida a voz y guitarra sigue siendo una maravilla. ¡Pensar que Ben, encima, se guardaba Pais Tropical y la Tabla de Esmeraldas! Palabras mayores. Un genio. A descubrirse.








lunes, 25 de agosto de 2008

Normalización lingüística


Entonces los bretones se trasladaron a Rennes, villa que tomaron sin esfuerzo alguno, pues no la encontraron ocupada más que por mujeres: los galos, que habían oído hablar de la crueldad de los bretones que habían acabado con la vida de su rey, no osaron quedarse y emprendieron la huida. De igual modo, los bretones tomaron la ciudad de Nantes, la de Vannes y la de Léon, así como todas las demás fortalezas, todos los burgos y todas las aldeas de Armórica. Dieron muerte a todos los hombres y a todos los jóvenes que se encontraban en la región. Sin embargo, perdonaron la vida a las mujeres y las niñas, pues querían casarse con ellas y repoblar Armórica con su linaje. Pero les cortaron la lengua a todas ellas de manera que sus hijos no pudieran hablar otra lengua que la de sus padres. Y es desde entonces que se habla la misma lengua en la isla de Bretaña y en Armórica.

(Jean Markale, El nacimiento del rey Arturo,
Barcelona: Ediciones de Bolsillo, 1999, pág. 81)


lunes, 18 de agosto de 2008

La flor de la noche (redux)


Esta semana tuve por fin noticia del estreno de Pasión, la obra de García Calvo que montaron unos amigos en el IES Dolores Ibarruri de Fuenlabrada. Parece que, a pesar de cierto apresuramiento, la cosa fue bien. Al final, no utilizaron nuestra versión de La flor de la noche. La sin par Ana Leal entonó en su lugar esta melodía de su invención, galana también y más apropiada al caso, con ecos de Alfonso (y de Chicho; y aun de Vainica Doble).

domingo, 17 de agosto de 2008

My Name is Death


Soy el amante
que nunca se muestra,
muda en cada instante
mi sombra siniestra.
(Valle)

And fairy-stories held me high, canta Syd Barrett. La música (aquella música milagrosa) cumple la misma función. El hallazgo de hoy es esta pieza de la Incredible String Band, reconstruida con gusto y acribía por Dulcimerea. Que la disfruten.


lunes, 11 de agosto de 2008

Se busca. (Nos buscan.)


Lo que nos espera: quien ha de encontrarnos,
ya se ha colocado en un lugar de nuestro camino.
(Mei)

Nos esconden algo. Lo esencial. No creo que esta sensación me haya dejado nunca. En cualquier caso, cuando está, posee tal viveza que, por contraste, cualquier tiempo empleado en otra guerra parece muerto, perdido.

Nos dicen, por ejemplo, que los años sesenta (que no vivimos) fueron una época de experimentación, de la que sólo importan sus logros y números rojos. La verdad es que en aquella quincena (que no década) se abrieron tantas puertas, tantas brechas, que a los especialistas en mantenimiento les resulta difícil desde entonces mantener estable, creíble, la imagen pública del mundo, eso que García Calvo suele llamar la Realidad.

Si en cualquier supermercado cultural se nos ofrece, mezclado con las obras de los más vendidos, material potencialmente subversivo, hay que pensar que no es sólo por confianza en la operación mágica (si puedo compra-venderlo, es mercancía: sus intenciones originales son irrelevantes), sino por disimulo. La censura es un mecanismo obsoleto, contraproducente. Al mercado sólo puede convenirle como generadora de una oferta y demanda ilegales, a la que no le faltan ventajas: beneficios sin impuestos, largas listas de infractores a los que, cuando resulte oportuno por otras razones, se podrá privar de sus derechos. Si lo que podría prohibirse no es un producto de atracción masiva, resulta más barato tolerarlo y limitarse a desincentivar su producción y consumo.

Es así, pienso, como puede estar a la venta un libro como éste, Las dos manos de Dios, de Alan Watts (Barcelona: Kairós, 2ª ed., 1995). En un mundo al que han regresado (inconcebiblemente) las dos plagas presesentiles (los cientificistas inmunes al numen y los creyentes del monótono-teísmo), estas palabras de Watts son revelación y, por tanto, blasfemia. Benditas sean.
Cuando el polvo desaparece ante nuestros ojos, vemos que los dioses y demonios somos los seres humanos mismos, no cuando actuamos en el asunto de poca monta de la vida mundana, sino en las grandes situaciones y dramas arquetípicos de los mitos. Los dioses son los arquetipos, pero existen perpetuamente encarnados en nosotros mismos. En la visión mítica, los hombres aparecen como encarnaciones de los dioses arquetípicos porque aparece el significado pleno y eterno de lo que están haciendo. No sólo están ganándose la vida y manteniendo a una familia o realizando sus aficiones, están desempeñando, con variaciones innumerables, el drama cósmico del escondite, de lo perdido y encontrado, que es, tal como intentaré demostrar más adelante, el argumento único detrás de todos los argumentos.

viernes, 25 de julio de 2008

Golden Brown


El Egipto islámico y el faraónico se parecen tan poco que, a los enamorados del segundo, el primero les parece inevitablemente un decorado, una pantalla que transpasar. Con todo, no hay camino al hipogeo que no pase por el zoco, con sus mercados de antigüedades y (acaso) sus cultos secretos, de estética (si no raigambre) ancestral.

El vídeo de Golden Brown, de los Stranglers, resume ese Egipto fachada y puerta secreta, algo indianajuanesco: hoteles asfixiantes, con cocodrilos en la bañera, y arqueólogos que buscan el corazón de las postales. Como si hubieran leído a Bachelard, la letra renuncia a nombrar dios alguno, pero hace sentir su presencia:

Barro dorado, fina hechicera,
marcha al oeste a través de los tiempos.
Desde tan lejos, viene a quedarse
un día sólo. (Nunca un mal gesto.)



miércoles, 23 de julio de 2008

Isis & Club de egipcios


Como H. P. Lovecraft, Carlos Berlanga fue un descreído con un agudo sentido de lo numinoso. En Isis, una de sus canciones para Dinarama (± Alaska), anima de forma convincente hasta los espantajos más quiosqueros (Las caras de Bélmez / quisieron hablar. / La prensa amarilla / las hizo callar / sin más.). Su erudición llega sin problemas hasta Roso de Luna y Blavatsky (Isis con velo, Doctrina Inmortal), tratados con la misma ironía simpática que Valle les depara en Luces de bohemia:

DON FILIBERTO: Amigo Dorio, tengo alguna costumbre de estas cañas y lanzas del ingenio. Son las justas del periodismo. (...) El Congreso es una gran redacción, y cada redacción, un pequeño Congreso. El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios. Teosóficamente podría explicarselo a ustedes, si estuviesen ustedes iniciados en la noble Doctrina del Karma.

DORIO DE GADEX: Nosotros no estamos iniciados, pero quien chanela algo es Don Latino.

DON LATINO: ¡Más que algo, niño, más que algo! Ustedes no conocen la cábala trina de mi seudónimo: Soy Latino por las aguas del bautismo, soy Latino por mi nacimiento en la bética Hispalis, y Latino por dar mis murgas en el Barrio Latino de París. Latino, en lectura cabalística, se resuelve en una de las palabras mágicas: Onital. Usted, Don Filiberto, también toca algo en el magismo y la cábala.

DON FILIBERTO: No confundamos. Eso es muy serio, Don Latino. ¡Yo soy teósofo!

DON LATINO: ¡Yo no sé lo que soy!

DON FILIBERTO: Lo creo.

DORIO DE GADEX: Un golfo madrileño.

DON LATINO: Dorio, no malgastes el ingenio, que todo se acaba. Entre amigos basta con sacar la petaca, se queda mejor. ¡Vaya, dame un pito!

Aunque Isis es más exuberante, tengo debilidad por otra de las canciones de Dinarama, Club de egipcios. Berlanga ejerció de artista minimal en esta ocasión: con breves toques, crea un universo de tijeras y bisturíes que sugiere asesinatos y quizá momificaciones o ritos sangrientos. La rutina o la muerte: un clásico.






martes, 22 de julio de 2008

La marca de Anubis


Somos griegos (o ni siquiera), pero nos soñamos egipcios, fauna viviente del Doble País. La momia que cobra vida, la maldición de Tuntankhamon, las fuerzas alienígenas o lovecraftianas que se esconden tras Pirámides y Esfinge, son los gérmenes más evidentes de este contagio, que no hace sino agravarse si uno logra desprenderse del Egipto de quiosco y accede a las maravillas realmente esotéricas (por ocultas) de aquel universo: el relato de Sinuhé, el diálogo de un desesperado y su alma, los cantos de arpista, Osiris desde el corazón del pájaro, los recovecos de la Duat (ese espacio soterraño que el Sol recorre en las horas nocturnas, arquetipo de todos los descensos al Averno, e inspiración más o menos oculta de tanto videojuego).

El Egipto pop limita con el esoterismo de quiosco, pero tiene una capacidad de ironía muy saludable, que lo rescata, al menos en parte, de tales enredos. Ambas cosas (el enlace y las tijeras) se aprecian bien en esta canción (y vídeo) de Los Iniciados, un grupo madrileño de los primeros 80, familiar evidente del Aviador Dro. Uno hubiera creído a Servando Carballar y los suyos, futuristas de opereta, incapaces de introducirse en la iconografía casi prehistórica de Anubis. De hecho, lo son, pero ahí está la gracia del intento: los sintetizadores, con sus secuencias y generadores de ruido blanco, logran sonar adecuadamente primitivos, rugosos, con una eficacia que costaría arrancarle a los instrumentos acústicos convencionales. La letra tiene algo de letanía versolibrista, aunque en realidad no se aleja del pulso octosílabo, almendra romance de las Españas.

El vídeo, muy casero, trasmite bien la idea de un ritual clandestino y precario, montado a vuelapluma. Tiene un saludable aire de época (ochentil, no faraónica) y predice, en cierto modo, las orgías atonales de Eyes wide shut.

En arte, lo vivo importa más que lo perfecto. Hay en esta creación, tan kitsch, una intuición de las posibilidades que da el matrimonio de contrarios. Retrospectivamente, parece que cualquiera podía hacerlo —pero de hecho nadie más lo hizo, ni se han dado más pasos en esa dirección.


viernes, 18 de julio de 2008

Autoreverse



El hombre minuciosamente triste
ultima sus contactos con el agua
donde tal vez le dejen disolverse.




miércoles, 16 de julio de 2008

Dulce niña del pasado


No olvidaré a Claudia Lars. Ayer, día nefasto, envié a Ultraversal, foro de poesía, uno de los primeros sonetos que escribí, por el año 90, más o menos. A los pocos minutos, alguien me preguntó a quién quería engañar enviando como cosa mía un soneto de esta famosa poetisa salvadoreña. Lo peor es que había pruebas, y prestigiosas, del plagio: una antología de sonetos cobijada por el Instituto Cervantes. Aún estoy digiriendo cómo un poema de uno puede acabar adjudicado a una autora ya difunta y antologado en página tan respetable. Peor aún: la antología en cuestión recoge, en realidad, dos sonetos míos a nombre de Lars y otros cinco como 'anónimos' (no sé si habrá por ahí alguno más, asignado a Benedetti o a Núñez de Arce).

El caso es que de tan extraña manera la señora Lars y yo hemos trabado amistad. Ha merecido el susto. Leyendo sus versos, encuentro este soneto, que yo no sabría escribir, pero me maravilla. Va por ti, Claudia.

Miré a la dulce niña del pasado
con piel ansiosa y con el ojo puro,
dibujando su forma contra el muro
donde el amor la había equivocado.

Era yo misma... cuerpo ya olvidado,
gesto de ayer y corazón seguro;
simple inocencia en el afán oscuro
y secreto del canto inaugurado.

Estaba allí, casual y sensitiva,
dueña del dardo y la manzana viva
en trémula quietud y extraño aliento.

Toqué su falda de vergel y danza,
entré en el corazón de la esperanza,
y recogí el engaño del momento.

(Para más inri, en otro de mis sonetos, no antologado por el Cervantes, aparece el sintagma 'dulce niña'. Al final tendrán, borgianamente, razón...)

martes, 15 de julio de 2008

Conclusiones


He explorado esta mano que solía tener.
La he hallado dispuesta a agarrarte de nuevo.
Lo que soy es un sitio, sólo un modo de andar.
No me importa morir cuando cierres los ojos.


sábado, 12 de julio de 2008

Bossa Nova. La historia y las historias


Más un mundo que un libro, los que frecuentamos el Nickjournal no podemos leer Bossa Nova. La historia y las historias, de Ruy Castro (Madrid: Turner, 2008), sin sentirnos conducidos por su traductor, José Antonio Montano. A su modo, todo Montano está aquí: desde la fobia a los acordeones —no siendo el de João Donato— hasta el fluir de la prosa, no siempre idiomática (un disco de oír para creer, p. 65), pero siempre achispada.

El héroe del libro, João Gilberto, mantiene una lucha enconada contra el mal gusto, una hidra cuyas cabezas (folclorismo, demagogia, chunda chunda) acaban seducidas por la canción del vate, moviéndose al compás de El Pato y la Garota de Ipanema. Inevitablemente, el triunfo de la Bossa Nova supone su trivialización —pero pocos movimientos han llegado a esa prueba tan bien protegidos por la autoironía y el as en la manga.

Aunque Ruy Castro promete objetividad (Los seres humanos, al igual que los vinilos, tenemos cara A y cara B, y se ha puesto el mayor empeño en mostrar las dos), hay protagonistas a los que se les perdona todo (Gilberto, Donato, Vinicius) y otras (pues suelen ser damas) que, tras la lectura del libro, uno preferiría mantener a prudente distancia (Elis Regina, Nara Leão). (Aunque nadie sale peor parado que Roberto Carlos: un ye-yé que intenta emular a Gilberto, no da el pego y se tranforma en un pastelón sin paliativos.)

La ambigüedad que mejor se trasmite es la de Jobim, genial, acomodaticio, consentidor, oportunista. Al final, la impresión que uno tenía antes de leer la obra (que Jobim es el gran compositor de esta música —y, de hecho, la trasciende) sale corroborada cum laude.

Por lo demás, el libro no tiene una hoja seca. Hay destellos a cada paso, como el descubrimiento de que, tantos años antes que el rock progresivo, hubo ya un Stan Kenton, paladín del progressive (jazz), injertando las audacias de la música 'clásica' en la música de masas, e irritando por igual a patricios y pebleyos.

Sin querer discutir la definición que el autor da del libro (la historia de una felicidad), el hecho de extender la crónica a las horas negras del género (al menos en Brasil) y no hurtar (aunque no entre en detalles) el declive de sus estrellas, muchas ya extintas, le da también un aire crepuscular y hasta enrabietado (¿Alguien recuerda cuándo la gente empezó a avergonzarse de la expresión «bossa nova» y se puso a sustituirla por «MPB» [Música popular brasileña]?). Sin embargo, la obra se cierra con una discografía que, además de parecer muy completa, celebra su propia victoria: las reediciones en CD indican que el interés por el género es cada vez mayor, y el libro (publicado por primera vez en 1990, pero revisado en el 2001) se atribuye, sin duda con razón, mérito en ello.

La cosecha de buenas canciones es tan amplia que cualquiera puede servir. De las muchas que no conocía, las que más me sorprendo tarareando son Chega de Saudade (que da título a la versión original del libro), compuesta por Jobim y Vinicius pero elevada a su máxima potencia por Gilberto, e Influência do Jazz, de Carlos Lyra. Opto por la menor (y menos conocida).




viernes, 11 de julio de 2008

Llegando hasta el final


Hay algo vivaz y malsano en esta canción. La música es perfecta, como sólo Carlos Berlanga sabía hacerla: melódica y cool, una suerte de Here, there and everywhere pasado por B52s. La letra es elusiva, un puzzle extraño. Comienza con una vibración numinosa que parece, retrospectivamente, propia de los primeros 80: Oigo los tambores sonando en el pueblo vecino. / Hablan de tiempos paganos, de ritos divinos. / Quiero que me lleves al río... (cf. Radio Futura: Hay / tribus ocultas cerca del río). Alaska da voz a una muchacha que (como aquella Christiane F., tan de la época, que acude a ver a Bowie y, bajo su hechizo, prueba por primera vez la heroína) se deja arrastrar por su amante a la autodestrucción: Quiero que me saques de quicio, / meterme de lleno en el mundo del vicio. / Vamos a pasarlo muy mal / llegando hasta el final. No falta un poco de color paranormal, inyectado en el escenario más cotidiano: Tú y yo / sentados de nuevo en un bar. / Me hablaste de cosas que nadie puede comprobar. Sexo, drogas, magia (negra): como en The End, de The Doors, el mensaje es a un tiempo ambiguo e inequívoco. El último juego de la infancia consiste en darle carpetazo, ir demasiado lejos, cruzar al otro lado de la puerta. Está en el Génesis: el prólogo de la historia es siempre el fin del Paraíso.

miércoles, 9 de julio de 2008

Heaven (Psychedelic Furs)


No me suelen gustar las neo-cosas. Como decía Paul McCartney, no se puede recalentar un soufflé. Pero no soy de piedra: cuando a medidados de los 80 se empezó a hablar de neopsicodelia no pude evitar afilar la oreja, gatunamente, y esperar, si no lo mejor, algo de bueno.

De entre aquellos grupos post-punk, uno llevaba el adjetivo psicodélico en el nombre. Por supuesto, en broma (los tiempos no hubieran aceptado otra cosa).

No he seguido la trayectoria de Las Pieles Psicodélicas (Psychedelic Furs), pero esta canción de 1984 justifica el nombre, el género y esa vaga esperanza mía de encontrar a Rumpelstiltskin.

Fiel a la experiencia psicodélica, el Cielo de estos versos no parece ultramundano. La letra lo sitúa en el Más Acá: el corazón al completo. Los reyes que rabian, incapaces de someter a sus súbditos, recuerdan a aquellos de Espronceda:

Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Por evitar la censura (o la obviedad) no hay pistas sobre la llave que abre este reino de lo instantáneo. De hecho, cabe una chufla sobre los bobos que intentan subirse al tren, que también tiene sus precedentes:

Silly people run around ,
they worry me and never ask me
why they don't get past my door.

Musicalmente, se vuelve a demostrar (como En los Días de En Medio) que dos acordes (de hecho, siempre los mismos: la subdominante, que nos lleva al otro lado del espejo, y la tónica, perfecto aquí y ahora) bastan para contener y sugerir contrastes y tránsitos.

Como en toda la buena música ochentil, no falta la conexión con los 60 y 70. Esta entrevista a Richard Butler, líder del grupo:

El Punk era como Pol Pot pretendiendo empezar desde el Año Cero, pero yo desde luego llevaba conmigo todo este otro bagaje. Como muchos ingleses, he sido fan de Bowie, Roxy Music, los New York Dolls y ese tipo de cosas. Y también Bob Dylan, desde que era crío.



martes, 8 de julio de 2008

En los Días de en Medio


The Cure fueron la primera banda ochentera que amé locamente, sin reservas. Esta canción en concreto valdría para convertir el agua en vino. Trasmuta los materiales más comunes (dos acordes obvios: tónica-subdominante; cuatro, si contamos el puente) en un perpetuum mobile arrasador, que sólo puede compararse, con ventaja, con el final de Hey Jude o la Escuela de Calor radiofutura.

Robert Smith no tenía un pasado progresivo detrás, como The Korgis, pero se ha ocupado de dejar clara su devoción por John Lennon, Nick Drake, David Bowie, The Doors y Jimi Hendrix a través de oportunos homenajes y colaboraciones. Con esas credenciales, es imposible negarle la entrada.


lunes, 7 de julio de 2008

Más antes que después, aprendes algo


Éstos eran de los míos. Lo supe porque lo supe, nada más oír las primeras notas de la canción (1980: ¡diez añitos!), pero lo comprobé años más tarde: detrás de los ochenteros The Korgis estaban los setenteros Stackridge, una banda de rock progresivo convenientemente alquimiada. Por lo que cuenta Michel Gondry, el director de Olvídate de mí (Eternal Sunshine of the Spotless Mind), a él le pasó lo que a mí: años y años intentando hablar de esta canción memorable con alguien y topándose con el silencio, como si nunca hubiera sucedido. Para la película (recomendada; ¡imprescindible!), Beck hizo una versión simpática, pero hoy toca rescatar el original, dotado (esta vez sí) de un clasicismo intemporal, cristalino.

(Más versiones y observaciones muy interesantes sobre el aire incompleto, suspendido, de la canción.)

domingo, 6 de julio de 2008

Pásame un ángel


Un mensajero, o sea. Árboles del espacio los llamó el poeta (de Ory, creo, aunque pudo ser Juan Larrea), trocando ramas por alas. Los nombres cambian (Hermes, Iris, démones, ángeles, extralurtarras —y hasta Yog-Sothoth, la Puerta, y Nyarlathothep, el Caos Reptante) pero la misión y las alas (en los pies o la espalda) permanecen.

Psicopompos, psicótropos, los ángeles entregan órdenes y avisos desconcertantes. Siempre yendo y viniendo, son las fuerzas de la excepción, el rostro amable (y terrible) del milagro. Se quedarían a tomar algo, pero desde aquella ocasión en Sodoma no beben si están de servicio —y toda su vida es un servicio, un hacer entre dos órbitas que los torna, quieran o no, agentes dobles, polinizadores, trasmisores de esporas. Aquella idea de Terence McKenna de que los hongos psilocibios son un visitante extraterrestre, gentil y paciente, es tal vez su penúltimo rostro.

Llaves emplumadas, cerrojos alados, son el camino que recorren y vedan (Iris, su arco), senda heraclítea arriba y abajo, una y la misma. Lo que tiene ángel (esa niña Virginia) no vence las dificultades: las obvia. Es aquel Grial de peso insoportable que, en la mano adecuada, cobra peso pluma, o ese otro andén 9 y ¾, que conduce a los niños a Hogwarts. Esporas, dije, y compruébese: plenos de sex-appeal, no sólo son asexuados, sino que difunden la fecundación asexual, la inmaculada concepción, el parto virgen.

Si en Homero las palabras son aladas, no nos extrañaría comprobar en algún gnóstico que los ángeles son vocablos de resonancia eterna, no ya mensajeros sino mensajes de Dios, cratofanías del Verbo, armónicos de la Nota inaudible, ondas de la Piedra Inmóvil que el Tiempo (un niño) arrojó a la laguna. Mensajes, dije, pero tal vez fonemas, vocalizaciones (Om), vagidos, la gota más lejana de aquella gayola que (hágase la luz) encendió la Vía Láctea. (De Ory: Los pájaros son pensamientos perfectos.)

Entrevistos, traslúcidos, más imprevistos que invisibles, los ángeles juegan con nuestros niños (amigos imaginarios, imágenes amigas, migas, genes) y montan guardia ante el Paraíso (el parque) que las hormonas y los adultos destruirán sin derecho a réplica. (De Ory, de nuevo: Ángeles, ángulos, angustia.)

Aquella época sin alma soñó con ángeles de diseño, señas en cierto modo de aquella era anterior (la psicodélica) que se había esfumado sin dejarlas. Son ángeles de mofa o de peluche, pero vuelan y muerden, traicioneros. Eurythmics compuso la oda por excelencia, pero siempre he preferido esta otra. La perpetraron en 1983 unos australianos, Real Life, justamente condenados al accidente angélico: tocar una vez la gloria (Stella Matutina) y caer en el olvido —lo que es lo mismo, recaer sin pausa en su único éxito.


sábado, 5 de julio de 2008

El Capitán de sus Entretelas


Como he explicado alguna vez, aunque los 80 fueron los años de mi adolescencia, crecí contra ellos, juramentado en la defensa de todo lo sesentero y setentil que había caído en desgracia, desde Love Me Do hasta el primer disco (único potable) de Medina Azahara. Como no hay resistencia perfecta, algo de lo bueno que se hacía me gustaba ya entonces (aunque no me gustara que me gustase). Me apetece rescatar algunos de esos guilty pleasures. Por un último prurito de dignidad, obvio los obvios (Dance into the Groove y cosas así) y rescato los esquinados.

Double eran (pero sólo ahora me entero) un dúo suizo. En el 85 publicaron su primer LP, Blue, y en él esta maravilla. La estrofa está bien, sin más, pero el estribillo, con ese piano travieso, es memorable. (No faltará quien oyendo esto ya se hubiera dado cuenta de hasta qué punto me sublivella.)