lunes, 3 de abril de 2006

Las campanas del Infierno



Del gótico al Romancero, sin anestesia. He aquí una pieza que parece haber sido, desde antiguo, comunísima en las calles, aunque no tanto en los libros. En el siglo XVI encontramos citados los primeros versos en varios autores. La historia corría, pues, de boca en boca desde hace al menos cinco siglos, pero los doctos se mostraron renuentes a recogerla íntegra por escrito hasta bien entrado el XIX.

Por lo escabroso del tema, se puede entender tanta pudibundez, aunque la popularidad del cantar entre las niñas de todas las épocas sugiere su importancia educativa (y preventiva): a no ser en el cuento tradicional Piel de asno, pocas veces se trataba explícitamente el tema del incesto padre-hija, en términos fácilmente comprensibles.

Aquí van dos versiones, tan extremeñas como inéditas.


DELGADINA (á-a)
(Delgadina: IGR 0075)

Informante: Juliana Peraleda.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Fecha: 19-4-2005
Recopilador: Jorge González Baltasar.

Un rey tenía tres hijas
más hermosas que la plata,
de las tres, la más pequeña
Delgadina se llamaba.
Un día estaba comiendo,
su padre se la miraba.
—¿Qué miras, papaíto,
qué me miras a la cara?
—¿Qué te he de mirar, hija mía?
Que has de ser mi enamorada.
La encerraron en un cuarto
en lo más alto de la casa
y no le dan de comer,
sólo las yerbas amargas
y no le dan de beber,
sólo de aguas saladas.
Con el rosario en la mano
se asoma la Delgadina
tan triste y desconsolada,
con el rosario en la mano,
que a la Virgen le rezaba
por ése que hay en la cruz
y la Reina Soberana.
—Subidle a la Delgadina
unas gotitas de agua.
—Yo bien te las subiría,
pero el padre no los deja.
En cada fuente, un león
y en cada esquina, un guardia
y en cada gota que falte
la cabeza nos cortara.
Se quita la Delgadina,
tan triste y desconsolada
que a la Virgen le rezaba.
Cuando subía su padre,
Delgadina muerta estaba
y los ángeles del cielo
las campanas replicaban.

Segunda versión (á-a)
Informante: Isabel Medina Serrano.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Fecha: 19-4-2005
Recopilador: Jesús González Medina.

Rey moro tenía una hija
más hermosa que oro y plata,
rey moro tenía una hija
que Delgadina se llamaba.
Un día estando en la mesa
su padre la remiraba.
—Padre, ¿qué mira usted?
—Hija, no te miro nada,
es que bajas la cabeza
como una recién casada.
—Padre, no me mate usted,
que el conde me dio palabra
de tomarme por esposa
al volver de la cruzada.
—¡Alto, alto, caballeros,
a Delgadina, matarla;
si no la queríes matar,
encerradla en una sala
no me la deis de comer
si no es retama machada,
no me la deis de beber
si no es con agua salada.
Al cabo de unos tres meses
se ha asomado a la ventana,
ha visto a sus dos hermanas
que estaban bordando en plata.
—Hermanas, por ser hermanas,
por Dios, una gota de agua.
—Yo te la diera, mi vida,
yo te la diera, mi alma;
si padre, el rey, lo supiera,
la cabeza nos cortara.
Al cabo de otros tres meses
se ha asomado a otra ventana,
ha visto a sus dos hermanos
jugando al juego de espadas.
—Hermanos, por ser hermanos,
por Dios, una gota de agua;
más de sed que no de hambre
a Dios le entrego mi alma.
—Yo te la diera, mi vida,
yo te la diera, mi alma;
mas si padre lo supiera,
la cabeza nos cortara.
Se retiró Delgadina
tan triste y desconsolada,
con lágrimas en sus ojos
toda la sala regaba.
Al cabo de otros tres meses
se ha asomado a otra ventana
y vio a su madre, la reina,
peinando sus blancas canas.
—Mi madre, por ser mi madre,
por Dios, una gota de agua,
que se me acaba la vida
y a Dios le entrego mi alma.
—Esclavos, por ser esclavos,
dadme una jarrilla de agua,
que sea de plata y oro
adornada de esmeraldas
y en lo alto la torre
a Delgadina entregadla,
que más de sed que de hambre
a Dios le entrega su alma.
La que llegase primero
un gran premio se ganara,
si no se entera mi esposo,
ya que a todos nos matara.
Todas vienen a la par,
ninguna se ganó nada,
pues en medio de la sala
Delgadina muerta estaba,
los ángeles a los lados
haciéndole la mortaja,
la Virgen a la cabeza
en andas se la llevaba.
Las campanas de la gloria
por Delgadina tocaban,
las campanas del infierno
por su padre el rey doblaban.

Como fuente del poema se ha sugerido la leyenda de santa Difna, santa del siglo VII cuya historia pone por primera vez por escrito un canónigo llamado Pedro en su Vitae Sancta Dymphnae, de la primera mitad del siglo XIII. El padre de Difna es el rey pagano de Irlanda, casado con una bella cristiana cuya muerte súbita arroja a su marido al abismo. Enloquecido por el dolor, ordena buscar una mujer idéntica a la muerta. Tras los intentos fallidos de rigor, alguien cae en que la niña, de catorce años, es el vivo retrato de su madre. Difna recibe con horror la proposición paterna, y resiste el desprecio de sus propios hermanos, que le acusan de privar por egoísmo al rey de la única medicina que puede sanarlo. Finalmente, Difna huye de palacio, acompañada por un sacerdote que la ha educado en secreto en la verdadera fe. El rey localiza a los fugitivos y, ante su resistencia obstinada, manda matar al clérigo y decapita en persona a su hija y amada. El lugar donde reposan los restos de la adolescente y su maestro, Gheel o Geel (en Bélgica) se convierte después en refugio de dementes, que duermen junto a la tumba y amanecen misteriosamente sanos. En el lugar acaba construyéndose un templo, que aún sigue en pie. La iconografía tradicional presenta a santa Difna con una espada en la mano y un diablo vencido a sus pies, lo que concuerda con la apoteosis final de Delgadina en muchas versiones, como las aquí recogidas.

2 comentarios:

Al59 dijo...

¿Delgadina no tiene quien la escriba? Será eso de que los telediarios superan cualquier ficción, al menos en truculencia. ¿Será?

javi dijo...

Lo más enigmático e hipnótipo es el nombre: Delgadina. Da por si solo para imaginar su historia dibujada por Edward Gorey... (También por Ana Juan, tal vez más apropiadamente.)

Padres saturnales, los hay... También madres, que envenenan, debilitan, a sus hijos para hacerlos dependientes de ellas. Pero el padre siempre infunde mayor temor: la experiencia de conocer al de tu novia, la sospecha de que en cualquier momento, por razones que se te escapen, te puede estrujar...